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Análisis

15M, diez años después

De las medidas que Unidas Podemos sea capaz de arrancar al PSOE en el Gobierno y de cómo sea capaz de comunicárselo a la sociedad dependerá una gran parte del futuro.

15M, diez años después
Imagen de una asamblea del 15M

Corría el 15 de mayo de 2011 cuando un puñado de participantes en una manifestación que había recorrido varias calles del centro de Madrid decidió prolongar la protesta acampando en la Puerta del Sol, un gesto que acabaría marcando un antes y un después en el régimen del 78. Tirando del título del libro ‘¡Indignaos!’ –escrito apenas medio año antes por el francés Stéphane Hessel, superviviente de los campos de concentración nazis de Buchenwald y Dora-Mittelbau y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos–, pronto se les puso nombre: los indignados.

La Puerta del Sol es simbólica por varias razones. El 14 de abril de 1931 fue testigo de las celebraciones populares por la proclamación de la II República. Uno de sus adoquines contiene la placa del Kilómetro Cero, origen de las carreteras radiales de todo el Estado. En lo alto de la Casa de Correos, su edificio más antiguo y emblemático, se ubica el reloj de torre cuyas campanadas marcan el paso de un año a otro en la mayoría de los hogares, retransmitidas por las principales cadenas de televisión. En los bajos de esa misma Casa de Correos se ubicaron las mazmorras de la Dirección General de Seguridad, la siniestra DGS franquista en la que tantos antifascistas permanecieron detenidos y fueron brutalmente torturados.

Nada más escuchar la algarabía desde su propia casa, el director de cine Basilio Martín Patino –autor del inquietante y demoledor documental de 1973 ‘Queridísimos verdugos’, sobre los tres últimos “ejecutores de sentencias” del franquismo– bajó a la Puerta del Sol y aquel 15 de mayo empezó a rodar ‘Libre te quiero’, documental que muestra lo allí vivido desde la instalación de las primeras tiendas de campaña hasta el desmantelamiento de Acampada Sol tres semanas después. Martín Patino supo desde el primer momento que aquella no era una protesta más de las muchas que venían celebrándose tras la crisis de 2008, como poco después evidenciaron también las portadas de la prensa internacional.

Al grito de “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es” –frases hasta entonces reservadas a sectores bastante minoritarios–, las acampadas del 15M se extendieron por las plazas de las principales ciudades del Estado y derivaron en asambleas populares diseminadas por barrios y pueblos, muchas de las cuales acabaron confluyendo con sectores de la izquierda tradicional en las Mareas en defensa de la sanidad pública o la educación pública.

Mientras tanto, la politización –o repolitización– de una sociedad aletargada por el relato oficial sobre la “modélica Transición” y la “ejemplar democracia” españolas y también por el bipartidismo turnista que marcó el reinado del sucesor del general Franco, Juan Carlos I, era ya imparable y un nuevo sentido común, hasta entonces demasiado poco común, empezaba a ponerlo casi todo en cuestión, desde el sistema financiero hasta los políticos del régimen, pasando por los principales medios de comunicación.

Pero, diez años después, ¿qué queda del 15M? Unos, con mucho eco precisamente en los principales medios de comunicación, dicen que nada. Otros, por supuesto con mucho menos eco en los principales medios de comunicación, dicen que una comprensión más generalizada del papel de esos medios de comunicación, importantes subidas del salario mínimo, la asunción de conceptos como el de renta básica universal, la implementación de un ingreso mínimo vital, las primarias en casi todos los partidos, un nuevo jefe del Estado porque el anterior –su padre, el rey sucesor de Franco– se vio obligado a abdicar o que formaciones a la izquierda del PSOE hayan llegado al gobierno de algunas de las principales ciudades e incluso al Gobierno central, algo inédito desde la II República e impensable aquel 15 de mayo de 2011.

Del recelo al Gobierno

Al menos en un primer momento al 15M –producto en general del régimen del 78 y en particular de la crisis de 2008 y de la gestión neoliberal de esta por parte de PSOE y PP, las dos patas del bipartidismo turnista y sumiso al poder económico– lo miraron con recelo hasta las formaciones de izquierdas que habían formado parte del pacto del 78, que al menos en un primer momento también miraron con recelo al partido político, fundado en 2014, que acabó canalizando el movimiento de los indignados: Podemos.

Sólo cuatro meses después del 15M –septiembre de 2011–, PSOE y PP reformaron juntos el artículo 135 de la Constitución para blindar el pago de la deuda a costa de los servicios públicos. A pesar de ello, en las elecciones generales de sólo dos meses después –noviembre de 2011– sumaron 296 de los 350 diputados del Congreso –el PP 186, mayoría absoluta, y el PSOE 110– e Izquierda Unida tuvo que conformarse con ocho diputados que no obstante celebró con esa “alegría en la casa de los pobres” tan característica. Si el 15M fue una consecuencia lógica del régimen del 78, Podemos fue una consecuencia lógica del 15M, y tras su irrupción resultados como esos de 2011, coartada perfecta del turnismo bipartidista, nunca han vuelto a repetirse. Diez años después de ellos, el PCE, IU y el propio Podemos están en el Gobierno y lo están dentro de una misma coalición: Unidas Podemos.

De las medidas que Unidas Podemos sea capaz de arrancar al PSOE en el Gobierno y de cómo sea capaz de comunicárselo a la sociedad dependerá una gran parte del futuro. El descontento y la indignación del 15M llegaron por la izquierda, pero, con el régimen del 78 parcialmente rearmado –la sustitución de Juan Carlos I por Felipe VI y la irrupción primero de Ciudadanos y después de Vox no son casuales– y con los principales medios de comunicación volcados en la tergiversación y resignificación del 15M –otra vez, el relato– para intentar acabar con lo mejor de su legado, el próximo descontento y la próxima indignación podrían llegar –si es que no están empezando a hacerlo ya– por la derecha, y más concretamente a través de ese neofascismo trumpista que no es sino la versión actualizada del que encerró a tantos antifascistas en las mazmorras de la DGS o a Hessel en Buchenwald y Dora-Mittelbau.

El propio Hessel recuerda en su ‘¡Indignaos!’ que el nazismo fue vencido en la II Guerra Mundial “gracias al sacrificio de nuestros hermanos y hermanas de la Resistencia y de las Naciones Unidas contra la barbarie fascista”, pero también advierte de que esa “amenaza no ha desaparecido totalmente y nuestra cólera respecto a la injusticia sigue intacta”. “No, esta amenaza no ha desaparecido del todo. De la misma manera, apelemos todavía a una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen otro horizonte para nuestra juventud que el del consumo de masas, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos”, añade.

Hessel –que murió en 2013– finaliza su libro dejando “a aquellos que harán el siglo XXI” el mensaje “crear es resistir, resistir es crear”. Un mensaje que acabaría convirtiéndose en uno de los lemas del 15M, junto a los de “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es” y sobre todo al que diez años después sigue siendo el más recordado de todos: “Sí se puede”.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Luis Felipe Sellera Ramos

    15 de mayo de 2021 10:31 at 10:31

    «De las medidas que Unidas Podemos sea capaz de arrancar al PSOE en el Gobierno y de cómo sea capaz de comunicárselo a la sociedad dependerá una gran parte del futuro.» Es la mejor síntesis.
    No pudiendo estar más de acuerdo, esta síntesis si no va acompañada de una auténtica revolución organizativa dentro de PODEMOS y la consolidación del espacio de Unidas Podemos en los territorios, lo va a tener muy difícil.
    Confiarlo TODO a Yolanda Díaz e Ione Belarra, por acertado que sea, es un error.

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