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Política

|35 años después| Sobre el leit-motiv de Manuel Sacristán

Salvador López Arnal

En las páginas iniciales de El Orden y el Tiempo, su introducción interrumpida, inicialmente desechada, a la obra de Antonio Gramsci editada por Albert Domingo Curto en Trotta en 1998, Manuel Sacristán (1925-1985) señalaba que Gramsci era un pensador político que había tenido que construir su pensamiento y su práctica de un modo nada tranquilo, “sobre la crítica de sus propios presupuestos”, particularmente en las tres épocas en que su vida experimentó inflexiones decisivas: 1. Al incorporarse al movimiento obrero revolucionario (1915-1917). 2. Al asumir una función destacada de dirección en el movimiento (1922) y 3. Al verse, ya preso, “obligado a reconsiderar la orientación de su vida, de sus ideas y de su obra práctica (1926)”, el año en que fue detenido y encarcelado (en este punto se interrumpe el escrito del autor).

La mejor manera de evitar las parcialidades monográficas o polémicas en la consideración de la vida y la obra del autor italiano, apuntaba su traductor, consistía en satisfacer respecto de ellas el criterio que el propio Gramsci había declarado obligado para la comprensión de un hombre y de su obra: “la búsqueda del leit-motiv, del ritmo del pensamiento en desarrollo, tiene que ser más importante que las afirmaciones casuales y los aforismos sueltos”.

Las varias dificultades que se oponían a esa tarea no impedían ver como motivo rector del pensamiento y la práctica del fundador de L’Ordine Nuovo, “el problema del orden de la vida de los hombres, el tema de la caducidad del orden viejo, y el de los tiempos con y en que puede aparecer el orden nuevo”. El orden y el tiempo.

Lo que ocurría, proseguía Sacristán, era que no se podía esperar de una persona cuyo método de pensar y de hacer había sido la autocrítica perenne (“y expresa, además, en un escribir entrecortado y disperso por la brutalidad de las cosas, por el desorden del “orden” capitalista en su dilatada crisis”) ninguna exposición inmutada y sistemática de “los logros intelectuales y prácticos que ha arrancado al leit-motiv de su vida, sino más bien los sucesivos frutos, a veces orgánicamente contradictorios, de su forcejeo con aquella problemática”.

Esa contradictoriedad de Gramsci a la que aludía llegaba a ser tan patética como en el siguiente ejemplo (cuya contradictoriedad el autor de esta nota no logra captar del todo): 1. Gramsci, 27 años, en la primera de sus fases de maduración: “[…] el pensamiento revolucionario niega el tiempo como factor de progreso”. 2. Gramsci, 43 años, dirigiéndose a “la persona que más cerca estuvo de él al otro lado de los muros (Tatiana Schucht): “Pero si alguna otra vez te ocurre en al vida el tener experiencias como las que has tenido conmigo, créeme, el tiempo es la cosa más importante: es un simple pseudónimo de la misma vida”.

Esas y otras contradicciones en la obra y hacer del autor de los Quaderni, proseguía el traductor de El Capital, se resolvían orgánicamente en la totalización de la una y la otra en su vida, no en el sentido de que la biografía fuera el método adecuado para su comprensión, aparte de que probablemente no lo fuera “para el pleno entendimiento de ninguna obra”. Parecía, además, que la biografía en sentido tradicional tenía escaso interés para la comprensión de la obra y la acción de Gramsci y hasta, paradójicamente, de su vida. ¿Por qué? Porque se trataba de la vida de un pensador y práctico de la lucha política, de alguien que había fundado el sentido de su vida y las motivaciones de su consciencia en realidades extraindividuales, “con lo cual, por cierto, no hacía más que aplicarse a sí mismo su propia concepción histórico-social y política de la persona.”

La clave de la comprensión de los escritos y el hacer de Gramsci, en su variedad y en sus contradicciones, no era la biografía individual pero sí “la totalización cuasi biográfica de numerosos momentos objetivos y subjetivos en el fragmento de la historia de Italia, historia de Europa e historia del movimiento obrero cuyo “anudamiento” bajo una consciencia esforzada fundaría el “centro” que fue Antonio Gramsci”. En la organicidad de esa vida así entendida, no como oscura intimidad aislada sino como línea recorrida por el ‘centro de anudamiento’ de innumerables referencias objetivas, “el preso, derrotado y moribundo Gramsci consideró no sólo resueltas, sino incluso salvadas las contradicciones, los sufrimientos, las catástrofes de su existencia”.
Lo hizo así implícitamente, concluía Sacristán, negándose a capitular pidiendo gracia a Mussolini a pesar de su situación en la cárcel, de su enfermedad, “y lo había dicho antes explícitamente, añadiendo incluso una explicación a su autoafirmación moral: la salvación por el ‘instinto de rebelión”.

En su voz sobre Gramsci, escrita también a finales de los años sesenta, para el Diccionario de Filosofía de Dagobert D. Runes, cuya traducción coordinó, el que sería años después director de la edición de las OME, las obras de Marx y Engels, apuntaba sobre el concepto de centro de anudamiento: Gramsci propone un marxismo al que llama “filosofía de la práctica”. Esta filosofía de la práctica no es un pragmatismo, sino un modo de pensar que historiza los problemas teóricos al concebirlos siempre como problemas de cultura y de la vida global de la humanidad... La filosofía ha de entenderse en la práctica de la humanidad, “concretamente, es decir, históricamente”. Por eso el tema del hombre es “el problema primero y principal de la filosofía”, de la práctica.

En la concepción marxista de Gramsci, la cuestión “¿qué es el hombre?”, entendida como cuestión filosófica, no preguntaba por la naturaleza biológica de nuestra especie sino por otra cosa que el revolucionario sardo había formulado del modo siguiente:
“¿Qué puede llegar a ser el hombre? Esto es, si el hombre puede dominar su propio destino, si puede “hacerse”, si puede crearse la vida”. Piensa Gramsci que todas las filosofías han fracasado hasta ahora en el tratamiento de esa pregunta porque han considerado al hombre reducido a su individualidad biológica. Pero la humanidad del individuo comporta elementos de tres tipos: primero, el individuo mismo, su singularidad biológica; segundo, “los otros”; tercero, “la naturaleza”.

El segundo y el tercer elementos eran de especial complejidad:

el individuo no entra en relación con los otros y con la naturaleza mecánicamente, sino ”orgánicamente” (con los otros) y “no simplemente (con la naturaleza) por ser él mismo naturaleza, sino activamente, por medio del trabajo y de la técnica” (incluyendo en este último concepto también los “instrumentos mentales”, esto es, la ciencia y la filosofía)” (...) Esas relaciones..., son activas, conscientes, es decir, corresponden a un grado mayor, o menor de inteligencia de ellas que tiene el hombre. Por eso puede decirse que uno se cambia a sí mismo, se modifica, en la medida misma en que cambia y modifica todo el complejo de relaciones del cual él es el centro de anudamiento.

Con todo esto ultimaba Gramsci su reelaboración del concepto de “naturaleza humana” de Marx: “que la “naturaleza humana” es el “complejo de las relaciones sociales” (como ha escrito Marx) es la respuesta más satisfactoria, ya que incluye la idea de devenir... Puede también decirse que la naturaleza del hombre es la ‘historia’.”

No hay duda de que muchas hipótesis, conjeturas y afirmaciones de estas páginas resumidas pueden decirse también al propio Sacristán. Cabe preguntarse también en su caso: ¿cuál fue el leit-motiv de este profesor no numerario de lógica y metodología (nombrado catedrático extraordinario casi al final de sus días, en 1984) que fuera miembro del comité ejecutivo del PSUC y del central del PCE? ¿También el compromiso militante, la búsqueda de un orden socialista, racional y humano, y el tiempo, las circunstancias que permitieran la irrupción de ese orden, radicalmente opuesto al desorden capitalista? Probablemente. Con un matiz esencial en alguien que sintió adicción por la lógica y pasión por el conocimiento hasta el final de sus días y que destacó en su ensayo “Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores” de verano de 1967: “Hay que aprender a vivir intelectual y moralmente sin una imagen o “concepción” redonda y completa del “mundo”, o del “ser”, o del “Ser”. O del “Ser” tachado.”

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