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Análisis

4M, una cita con la Historia

Si las colas en los colegios electorales de barrios como el de Vallecas, de municipios como Getafe o Leganés o de corredores como el del Henares se convierten en la tercera gran foto de este trascendental proceso electoral, lo que hace sólo mes y medio muy pocos creían posible acabará siéndolo.

4M, una cita con la historia
Santiago Abascal (Vox), fotografiado por Olmo Calvo el pasado 7 de abril en la Plaza Roja de Vallecas; Pablo Iglesias (Unidas Podemos), fotografiado por Dani Gago el pasado 30 de abril ante el mismo edificio de la misma plaza

Bajo el régimen del 78 se han celebrado unas cuantas elecciones –generales, autonómicas, locales y europeas–, pero no todas han tenido la misma significación política, y es que, para bien o para mal, unas pocas de ellas han ido mucho más allá de la mera designación de representantes al Congreso, al Senado, a los parlamentos autonómicos o a las corporaciones locales. Es el caso de los comicios de este 4M en Madrid, cuyo censo electoral elige este martes a los 136 parlamentarios de su parlamento autonómico, que elegirán a su vez al próximo presidente de su gobierno. Son unas elecciones autonómicas, pero trascienden lo autonómico e incluso lo estatal, y a estas alturas casi todo el mundo es consciente de ello.

Si hubiera que quedarse con un par de las miles de fotos de la precampaña y de la campaña de este 4M por lo que significan, cabría hacerlo con dos tomadas, con apenas tres semanas de diferencia, junto al mismo edificio de la misma plaza del mismo barrio de la misma ciudad. Un par de imágenes que por separado significan mucho pero que juntas lo significan casi todo.

La primera instantánea la capturaba el fotoperiodista Olmo Calvo el pasado 7 de abril y muestra, en primer plano, a Santiago Abascal durante un mitin, mientras, a su espalda, una vecina entrada en años lo observa desde una ventana de la que cuelga una pancarta con las letras del nombre del partido de Abascal menos la del centro, que aparece sustituida por un gran excremento. A pocos metros de esa escena, un ultraderechista con orden de alejamiento por acosar a Pablo Iglesias y a su familia en su propio domicilio se hace un ‘selfie’ con uno de los antidisturbios del Cuerpo Nacional de Policía desplazados a la zona. Aquel día, la ultraderecha buscaba sobre todo otra imagen –la de altercados iniciados por los vecinos antifascistas que protestaban contra su provocación–, pero no fue capaz de lograrla ni profiriendo insultos y amenazas ni lanzando objetos, y los incidentes sólo se produjeron cuando Abascal acabó gritando “a por ellos”, rompiendo el cordón policial y provocando una carga que produjo varios heridos, entre ellos el fotoperiodista Dani Gago.

La segunda instantánea la tomaba precisamente Gago apenas tres semanas después, el pasado 30 de abril, y muestra, en primer plano, a Iglesias, durante un mitin, saludando puño en alto a varias vecinas también entradas en años que le devuelven el saludo igualmente puño en alto.

El edificio protagonista de ambas fotos es el mismo bloque de viviendas y está ubicado en la Plaza Roja de Vallecas, uno de los barrios obreros de Madrid más castigados por la metralla de los obuses durante el asedio franquista a la capital; entre noviembre de 1936 y julio de 1937, Vallecas sufrió al menos cinco bombardeos que produjeron 35 muertos y 42 heridos y redujeron a escombros parte del barrio. Mientras tanto, barrios como el de Salamanca se libraban de la metralla de los obuses precisamente porque no daban cobijo a trabajadores antifascistas que se habían opuesto al golpe de Estado franquista –apoyado por Hitler y Mussolini–, sino a muchos de los potentados que lo habían respaldado y financiado. Han pasado ocho décadas, pero los más viejos de Vallecas y de otros barrios obreros de Madrid aún lo recuerdan, y lo recuerdan porque lo sufrieron en sus propias carnes y en las de sus familias. Podría ser el caso de las vecinas protagonistas de las fotos de Calvo y Gago.

El PP –partido fundado por siete capitostes franquistas– gobierna la Comunidad de Madrid desde 1995; más de un cuarto de siglo marcado por privatizaciones en los servicios públicos, recortes sociales –sanidad, educación…– para las gentes de barrios como el de Vallecas –que siempre lo tienen todo más difícil; también la participación en estas elecciones, que caen en día laborable y no por casualidad– y beneficios económicos y fiscales para las de barrios como el de Salamanca. Los bombardeos de 1936 y 1937 ya no pueden revertirse, pero las políticas ejercidas por el PP durante este último cuarto de siglo sí.

Trumpismo a la madrileña

Antes de que Iglesias anunciara la renuncia a su cargo en el primer Gobierno central de coalición desde la II República –al que tanto le costó llegar porque tantas trabas le pusieron para hacerlo– para enfrentarse a esa especie de trumpismo a la madrileña que abanderan, cada vez con menos complejos, la derecha ultra del PP y la ultraderecha de Vox, casi todo el mundo daba por hecho que esa especie de Unión Temporal de Empresas con raigambre en barrios como el de Salamanca ganaría las autonómicas prácticamente de calle, pero el anuncio del líder de Unidas Podemos –que está siendo sometido junto a su familia a un acoso planificado, sostenido indisimulado y sin precedentes al menos en un político de gobierno, dirigido a intentar doblegarlo– y su entrada en la liza evidenciaron la trascendencia histórica de la cita y cambiaron el curso de los acontecimientos. Ya no todo estaba tan ganado para unos ni tan perdido para los otros.

Este 4M está en juego la posibilidad de revertir las políticas ejercidas por el PP durante este último cuarto de siglo en Madrid –sustituir un gobierno por otro sólo tiene sentido si el nuevo gobierno revierte de forma efectiva las políticas del anterior; lo contrario es, en el mejor de los casos, irrelevante y, en circunstancias como las actuales, altamente temerario–, pero está en juego mucho más: parar los pies al trumpismo a la madrileña neutralizando la posibilidad del primer gobierno de coalición de una derecha cada día más ultra y de su escisión ultraderechista –que no duda en hacer apología del franquismo y de la guerra sucia o en mostrar su odio a todas y todos los que no encajan en su modelo–, y además en la comunidad autónoma en la que se ubica la capital del Estado, con todo lo que eso supone. Es más que probable que del resultado de este 4M –y de la gestión del mismo– acaben dependiendo muchas cosas; entre ellas, si en España se avanza o se retrocede en materia de profundización democrática y de derechos económicos, sociales e incluso humanos.

Si, a pesar de todas las dificultades, las colas en los colegios electorales de barrios como el de Vallecas, de municipios como Getafe o Leganés o de corredores como el del Henares se convierten en la tercera gran foto de esta convocatoria electoral –a sumar a las de Calvo y Gago–, lo que hace sólo mes y medio muy pocos creían posible acabará siéndolo y el 4M de 2021 será una fecha para la Historia.

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