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Cultura

Torrente: el humor como coartada

El estreno de Torrente, el brazo tonto de la ley batió todos los récords. Se convirtió en la primera película española que superaba los tres millones de espectadores en el cine y los diez millones de euros de recaudación. Hasta aquel marzo de 1998 ninguna cinta rodada en España había conseguido unos beneficios del 650%, y la saga no había hecho más que comenzar. Tres años después, la secuela volvía a triturar las cifras: cinco millones de espectadores y veintidós millones de euros. Las siguientes entregas no tendrían números tan espectaculares como las dos primeras, pero siguieron produciendo beneficios a buen ritmo durante los siguientes catorce años, hasta que Santiago Segura decidió cerrar la saga con el estreno de Torrente 5: Operación Eurovegas en el año 2014.

El éxito de Torrente era innegable, pero no solo por sus cifras de recaudación, sino sobre todo por su impacto cultural. El personaje protagonista era imitado sin descanso en programas de televisión, reuniones familiares, patios de instituto y salidas con amigos, y algunos de los diálogos de la película se convirtieron en muletillas habituales en las conversaciones. Si en 1998 tenías más de doce o trece años, seguro que recuerdas el “¿Qué, nos hacemos unas pajillas?” o el “Hay dos tipos de hombres: los que se lavan las manos antes de mear y los que se las lavan después”. Pero ¿por qué gustó tanto Torrente? ¿qué tenía ese personaje intencionadamente repulsivo para que atrajera tanto?

Cartel de Torrente

Cartel de Torrente

El humor como coartada

Santiago Segura concibió el personaje de Torrente como una sátira. La primera película de la saga ridiculizaba un segmento social compuesto por hombres de mediana edad y de clase baja con valores fuertemente reaccionarios que exhibían, e incluso se enorgullecían, de su machismo, su racismo y su nostalgia de la dictadura. Con el objetivo de enfatizar la intención satírica, Segura llevó al extremo el carácter repulsivo del personaje. El pelo sucio pegado a la cabeza, la ropa llena de manchas, la inexistente higiene personal o los churretones de grasa que bajaban por las paredes de la vivienda acompañaban a los comentarios racistas, las vejaciones a las mujeres y los besos a la bandera franquista que aparecían a lo largo de toda la película. Torrente lo tenía todo, no había un solo aspecto en que no fuera extremadamente desagradable: maltrataba a su padre, consumía alcohol y drogas en cantidades industriales, despreciaba a todo el mundo, se burlaba de cualquiera que considerase inferior y mentía, engañaba y estafaba a todo el que le rodeaba. Muchas escenas estaban pensadas para producir repulsión física, como cuando manipula la comida de su padre con las uñas negras, se echa desodorante en un supermercado y lo vuelve a dejar en el estante o lame la taza del váter de un bar buscando restos de droga.

Estaba claro que la película tenía mucho de crítica social, pero parece difícil pensar que esa fuese la única razón de su éxito, o que fuese siquiera la más importante. Torrente pulsaba otros resortes, relacionados con el uso del humor y con nuestra comodidad como espectadores. La cinta nos permitía reírnos de ese tipo de gente, pero también normalizaba unos comportamientos que en otro contexto que no fuese el del humor nos hubiesen parecido terroríficos, porque efectivamente lo eran. El contexto humorístico permitía que asistiésemos a la tortura a una persona migrante con una sonrisa en los labios, como algo que sucedía entre un gag y otro. Eliminaba la carga dramática de escenas que en cualquier otro tipo de película habrían resultado desgarradoras. Romperle el dedo a un vendedor ambulante o agredir sexualmente a una mujer ya no parecían tan graves, y, como espectadores, eso nos colocaba en una situación cómoda. No nos sentíamos cuestionados o interpelados, como sucede normalmente con los documentales o películas de crítica social: podíamos reírnos, quitarle peso, pensar que no era para tanto. La película conectaba con cierta sensibilidad colectiva, con gente que participaba de la ridiculización de los comportamientos abominables que proponía la cinta pero sin sentirse interpelados, sin sentir la necesidad de pensar si eso sucedía en su barrio, si ellos mismos alguna vez habían hecho un comentario racista sobre la población china o dicho algo desagradable a una mujer. El personaje de Torrente no buscaba que la gente se identificase o que empatizase con él, sino todo lo contrario, y esa distancia servía como coartada al espectador, que podía ver esas situaciones como algo ajeno y además pensar que no eran para tanto. Así, el contexto humorístico acabó teniendo un efecto perverso de normalización de lo que se supone que estaba criticando. Entre carcajada y carcajada, Torrente no parecía tan cruel ni tan repulsivo.

Esto ha sucedido en muchas otras ocasiones. Me viene a la cabeza la serie Aída y el personaje de Mauricio Colmenero, que popularizó el insulto “machu pichu” a la población migrante latinoamericana. El personaje estaba pensado también como una sátira de los comportamientos racistas, machistas y ultraderechistas, pero el contexto humorístico normalizó situaciones de intensa explotación laboral y de fuerte discriminación racista. Colmenero era un jefe explotador que maltrataba a sus empleados y acosaba sin descanso al camarero de origen peruano. Sin embargo, estas situaciones de explotación y racismo se presentaban como gags humorísticos, lo que les quitaba la carga de crítica social y restaba gravedad. De repente, acosar a un empleado con frases racistas era algo gracioso. “Machu pichu” se convirtió en un insulto de uso común.

Ser fascista de forma irónica

El uso del humor como coartada para introducir discursos reaccionarios y normalizar comportamientos machistas y racistas es algo que conoce bien la extrema derecha. La alt-right estadounidense utiliza frecuentemente la ironía y la ambigüedad para bombardear el imaginario colectivo con su discurso, ya que eso permite introducir ideas que en cualquier otro contexto serían inasumibles por una gran mayoría de la sociedad y tachadas de fascistas y supremacistas. En su libro Leia, Rihanna y Trump. De cómo el feminismo ha transformado la cultura pop y de cómo el machismo reacciona con terror (Descontrol, 2019), las integrantes del colectivo Proyecto Una analizan este fenómeno: “Andrew Anglin, fundador de la web ultra Daily Stormer, escribió un manual sobre cómo filtrar el discurso nazi en las redes a través de mecanismos como el humor, ya que este no solo apaciguaba el mensaje, sino que permitía camuflarlo bajo la posibilidad de que se hubiese dicho de forma irónica”. También lo cuenta Jason Wilson en el artículo que escribió para The Guardian analizando el uso de la ironía en el neofascimo, que el Diario.es tradujo al castellano: “Para el nuevo movimiento de la derecha alternativa la ironía tiene una función estratégica, ya que les permite rechazar ciertas ideas y al mismo tiempo defenderlas y difundirlas”.

Además, el uso del humor y la ironía tiene la ventaja de que permite desactivar la crítica: si alguien te señala, siempre puedes decir que era broma. Las personas o colectivos que critican estos comportamientos pasan a ser acusados de exagerados, de querer censurar o de no entender el humor y los códigos de las redes sociales. Esto lo analizó también Angela Nagel en su libro Muerte a los normies (Orciny Press, 2018), en el que defiende que la ironía de la derecha alternativa tiene el objetivo de socavar la confianza de sus críticos, ya que tiende a confundir y dificulta su señalamiento. Los ejemplos se cuentan por miles, pero quizá uno de los más conocidos es el del supremacista Richard Spencer, al que es probable que recordéis por un vídeo viral en el que un manifestante antirracista le daba un tremendo derechazo. Spencer saludó con el brazo en alto a Trump en la visita que este hizo en el think tank que el propio Spencer preside, y cuando le criticaron, se defendió diciendo que “era irónico”.

Despertar a los fantasmas

El hecho de que el uso del humor y la ironía sean una estrategia habitual en la extrema derecha contemporánea no quiere decir que siempre que se usa el humor en la crítica social sea con ese fin. Hay buenos ejemplos en sentido contrario, y estoy segura de que los creadores de personajes como Torrente o Colmenero querían satirizar ese tipo de conductas, no promoverlas. Sin embargo, la recepción que han tenido por parte del público hace necesaria una reflexión profunda. Por un lado porque, como señalábamos más arriba, ambos personajes han servido para normalizar los comportamientos que pretendían ridiculizar. Por otro, porque al señalar como machistas o racistas casos tan extremos se invisibilizan otros mucho más cotidianos. Es algo que el feminismo sabe bien: es necesario mostrar los asesinatos machistas de mujeres, pero si los medios solo recogen estas situaciones parece que el machismo se reduce únicamente a ello, y se pasan por alto otras muchas cosas.

Pero además, se ha producido un fenómeno que puede parecer paradójico, pero que en realidad no lo es: ambos personajes han sido reivindicados por aquellos a los que pretendían criticar. Al normalizar y presentar como cómicas situaciones de violencia machista y racista, estos personajes han dado alas a las personas que comparten esas actitudes y esas formas de pensar, que ahora se sienten más cómodos expresando su ideología abiertamente. De repente ya no es tan grave hacer un comentario racista o acosar a una mujer, es incluso algo divertido, rebelde, “políticamente incorrecto”. No pasa nada por enseñar una bandera franquista, por llamar “machu pichu” a una persona migrante, por decir que estaría mejor que se quedara en su país. El auge de la extrema derecha es un fenómeno que responde a muchos factores, pero el uso del humor y la ironía ha sido una estrategia clave para difundir su ideario, y eso hace que sea urgente que reflexionemos sobre ello. Quizá sea necesario recordar que ser fascista de forma irónica es ser fascista.

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