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Cultura

A mi librería que cierra, a mis libreros que se jubilan

Mari Ángeles y Vicente se jubilan. Se jubilan mis libreros, los libreros de mi pueblo, quienes me recomendaron los primeros libros cuando tenía 13 o 14 años y era un adolescente perdido en busca de referentes, un homosexual autonegado que pensaba que nunca sería digno de ser amado y que miraba los libros de autores y temática LGTB de reojo por miedo a que sólo tocarlos o mirarlos me sacara del armario.

Se jubila la librería, mi librería, el proyecto romántico de dos madrileños víctimas de la destrucción industrial de los 90, no reconversión, que se tuvieron que reinventar con 40 años, arrastrando a sus dos hijos adolescentes, el dinero escaso de la indemnización, a 400 kilómetros y en Mérida, una ciudad mucho más pequeña y menos valiente que Madrid donde, por entonces, una presentación de un libro era una excentricidad.

Se jubila Mari Ángeles, la primera persona que supo decirme que era homosexual sin decírmelo, sólo recomendándome libros. Se jubila Vicente, quien me hizo saber que se podía ser de izquierdas, cristiano y tener una librería progresista y vender la Biblia.

Se jubila mi infancia y mi adolescencia, después de años de esfuerzo por sacar adelante un negocio poco lucrativo que se convirtió en un espacio cultural, que es lo que son todas las librerías, con el que Mérida, la pequeña ciudad donde nací y crecí, se hizo más grande, más culta y menos provinciana.

Todavía recuerdo los escaparates de película francesa que montaba Mari Ángeles con todo su cariño y delicadeza, el olor de las estanterías de madera, ‘El guardián entre el centeno’, ‘Réquiem por un campesino español’, ‘La voz dormida’ de nuestra querida y paisana Dulce Chacón, a la que tanto lloramos cuando murió y con la que gritamos ‘No a la guerra’, o las tertulias sobre política, lo divino y lo humano que montábamos alrededor del mostrador, callándonos educadamente cuando sospechábamos que el lector que entraba no era de nuestra cuerda ideológica. Y aquella biografía de La Pasionaria.

Me acuerdo como si fuera ayer cuando volví la primera vez a Mérida, después de irme fuera a vivir, y lo primero que hice fue acercarme a visitarlos. Era, junto a mi madre, lo que más había echado de menos. Luego me tiré años sin verlos y, cuando fui nuevamente, me temblaban las piernas mientras cruzaba el umbral hacia el reencuentro. Allí estaban, a pesar de los años, seguían siendo los mismos, con más arrugas, más cansados de luchar, hartos de la precariedad y aburridos de que se lea tan poco. Nos dimos un abrazo de esos largos por los que te pasa toda la vida que el coronavirus nos ha prohibido. Pareció que nos habíamos visto el día anterior, que yo volvía a tener 15 años y era otra vez aquel adolescente temeroso que entraba en la librería a buscar seguridades y esconderme del mundo de afuera que tanto me dolía.

También recuerdo el día que presenté mi libro en la librería, el año pasado, delante de mi padre y de mi madre, mis tíos, mis hermanos y mis amigos de toda la vida, y nos marcamos un discurso sobre la libertad sexual que me sirvió para salir del armario delante de todo mi pueblo y de mi madre, que nunca pudo leer un libro porque la sacaron de la escuela para ponerla a trabajar cuando tenía edad de jugar.

Mari Ángeles y Vicente se jubilan, cierran la librería después de casi 30 años años de esfuerzo por sacar adelante un negocio con poco margen de beneficio para los libreros, los autores y los editores y en el que las grandes distribuidoras se apropian del 50% del libro sólo por ponerlo encima de una estantería. Se jubilan sin que haya una Ley del Libro que proteja el trabajo de los libreros ante la amenaza de una ciudad sin librerías, llena de repartidores esclavos de una gran multinacional.

La próxima vez que vuelva a Mérida me sentiré más forastero, más extraño, más lejano y ajeno. Pasaré por la librería, me pararé en el escaparate vacío, veré un cartel de ‘Se alquila’ y el local vacío, sin libros ni estanterías, sin Mari Ángeles, sin Vicente  y notaré de golpe la orfandad.

Necesito despedirme del espacio pero, sobre todo, lo que me hace mucha falta es que Mari Ángeles y Vicente sepan que han sido importantísimos en mi vida, que me hicieron libre antes de que yo gritase al mundo que quería serlo, que sus recomendaciones me dieron calor durante una adolescencia en la que sentí mucho frío, que me salvaron de muchos demonios, que le agradeceré de por vida que me permitieran sacar libros fiados que pagaba en cuanto podía, que siempre serán mis libreros y mi librería, que aún guardo como oro en paño ‘El guardián entre el centeno’, que los echaré de menos, que parte de lo que he vivido, de lo que soy y de lo que he amado se lo debo, que los quiero como se quiere a quienes nos han hecho libres.

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