fbpx
Síguenos en

Búsqueda

LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS

Inicio de sesión ¡Bienvenido/a de vuelta!

¿No tienes cuenta en LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS? hazte socio/a ahora

Cultura

A propósito de Nissan: Ken Loach y el declive del blue collar

A propósito de Nissan: Ken Loach y el declive del blue collar

¿Qué haremos cuando no tengamos a Ken Loach? Es la pregunta que siempre me hago cuando termino de ver una de sus películas. Tiene 84 años y es inevitable que piense en ello cada vez que una de sus películas me deja fusilado contra la butaca. ¿Quién nos contará la realidad social de una manera tan descarnada? Las películas de Loach agotan, te consumen, te golpean y te dejan con una sensación de vacío tal que no se sabes si salir a quemar cajeros o sentarte a llorar en un rincón hasta el fin de los días.

El cine de Ken Loach es crudo, te revuelve las entrañas y coloca al espectador, de manera abrupta y sin permiso, en las puertas del conflicto. A diferencia de la gran mayoría de producciones que inundan las salas de estreno, en su cine el conflicto no se elude sino todo lo contrario; se aviva, se fomenta, se sitúa en el centro de la trama. Un conflicto eterno por la justicia social que se muestra desnudo, sin florituras, sin efectismos, sin trucos baratos como una banda sonora lacrimógena o grandes estrellas del celuloide que sirvan de gancho. Uno de los recursos que más y mejor utiliza el cine del director británico para contar sus historias son los silencios, los hay de todo tipo; silencios incómodos, silencios que dan vergüenza, silencios patéticos y silencios que chillan y atruenan por todo el bloque de viviendas sociales.

El silencio del ex-alcohólico que, ahogado por las deudas y una realidad que lo supera, abre la puerta de casa cargado con una bolsa llena de botellas de Vodka; el silencio de la trabajadora migrante después de contarle a gritos a su hermana que se tuvo que follar, follar y follar al puto encargado para que le hicieran un contrato; el silencio del obrero devastado cuando un compañero sufre un accidente laboral, el silencio previo al fusilamiento de un miembro del IRA que muere por unos principios inquebrantables o el silencio posterior que se forma cuando una madre soltera engulle con voracidad el contenido de unas latas en un comedor social porque, literalmente, se muere de hambre.

Una serie de silencios, historias y tramas que se entrelazan entre sí y que sobre todo han servido para trazar una cronología precisa de las transformaciones que ha sufrido la clase trabajadora de finales del siglo XX y principios del XXI. El cine de Loach hay que leerlo como un todo, como una retrospectiva permanente, como un fresco inacabado al que se siguen sumando escenas y nuevas cotidianidades; de las privatizaciones masivas de Thatcher al deterioro de los servicios públicos, pasando por la deslocalización de la gran industria o la uberización de la economía. A este respecto es menester recordar el exacto retrato que hace del declive y caída en desgracia del conocido blue collar: el señor del mono azul que fumaba Ducados, seguía el fútbol en el bar y piropeaba a las mujeres convencido de su indestructible heterosexualidad (se pueden añadir estereotipos hasta el infinito). El que, gracias a unos niveles de sindicación jamás vistos, tantos episodios gloriosos regaló a la clase trabajadora (mientras la mujer tenía la cena lista y la casa limpia para cuando volvía del piquete, claro). Episodios de gloria que se convirtieron en derechos; seguridad social, vacaciones pagadas, sanidad pública, vivienda, etc.

En los últimos tiempos la figura del blue collar no ha estado exenta de polémicas. Por un lado está el nostálgico ortodoxo que vaticina su regreso y le otorga cualidades que rozan lo sobrenatural y lo divino; el blue collar volverá para aplastar bajo sus botas de trabajo al neoliberalismo y sus acólitos. Y traerá el socialismo, claro. También lo utilizan de excusa y comodín para ningunear la lucha feminista, la lucha contra el cambio climático o la lucha por los derechos de las personas LGTB. En otras palabras, todo lo que no sea lucha puramente obrera es un obstáculo y un montón de gilipolleces postmodernas (enúnciese con un palillo entre los dientes y la mano en el paquete).

Por otra parte está quién se empeña en enterrarlo prematuramente y verlo como un estorbo; el blue collar es un saco de privilegios. Blanco, heterosexual y reaccionario. Y contaminante. Incluso un poco racista. Recemos a la Diosa; tres chakras por la pronta extinción de la aristocracia obrera. En realidad y como suele ocurrir, ambos sectores lo reducen a una caricatura. En los últimos tiempos y generalmente desde un afuera cómodo, la clase obrera se ha convertido en una caricatura, en un fetiche o en algo exótico. Y todos se equivocan. Si de verdad quieren conocer al blue collar, acudan al cine de Ken Loach. Créanme que sé de lo que hablo: llevé un mono azul de trabajo durante casi 10 años en talleres donde la única decoración de las paredes eran calendarios llenos de mujeres sin ropa.

El blue collar ni es un gigante que nos va a salvar ni tampoco un blanco racista lleno de privilegios, en el mejor de los casos sólo es un pobre hombre, entrado ya en años, asqueado de firmar convenios de vergüenza y desbordado por la inmediatez de unos tiempos acelerados. El verdadero blue collar es Joe, el alcohólico y parado de larga duración que hace chapuzas por su cuenta y le tiene que pedir prestado a un amigo para invitar a su novia a jugar a los bolos (salir a cenar ni lo contempla); el blue collar es Daniel Blake paseando el ratón por la pantalla del ordenador para rellenar un formulario de desempleo; el blue collar lejos de mitos y estridencias, es el ferroviario de La cuadrilla que se pregunta cómo hemos llegado a esto, si antes solíamos estar unidos; el blue collar genuino es el padre de familia que, tras cerrar la fábrica o el taller en el que llevaba toda la vida, ahora se mata a hacer horas extra de repartidor de Amazon en Sorry we miss you y tiene que mear en una botella dentro de la furgoneta para poder alcanzar los objetivos a tiempo y que no le echen. El blue collar son los trabajadores de la Nissan cortando carreteras y levantando barricadas porque la empresa deja a más de 3.000 familias en la calle y decidió que es mejor centrar la producción en Asia y EE.UU: trabajadores más dóciles, gobiernos menos permisivos y reguladores. Menudo gigante, menudo saco de privilegios.

El blue collar era poderoso sí, cuando estaba unido. Y hacía temblar los cimientos de la patronal sí, cuando eran muchos. Hoy son unos cuantos señores de mediana edad devorados por la incertidumbre. Los mismos que durante lo más duro de la pandemia se jugaron sus vidas yendo al tajo y se dedicaron a fabricar equipos respiratorios para salvar vidas en una sanidad completamente desbordada. Hoy, apenas unas semanas después, se preguntan a dónde van a ir con 52 años y una vida dedicada a la empresa que ahora les deja en la estacada. Qué vergüenza de país, menuda forma de tratar a sus héroes.

Y a la vez y de la misma manera que ha descrito de forma sublime el declive del blue collar vía la terciarización y uberización de la economía, el cine de Ken Loach ha sabido retratar de manera brillante las mutaciones de la clase trabajadora y la aparición de nuevos sujetos dentro de la misma; la migrante mexicana de Pan y Rosas, las tensiones raciales de Sólo un beso o el papel de la mujer en los cuidados mediante Sorry we miss you. Llegados a este punto, cabe destacar el papel de Paul Laverty como eterno guionista y fiel escudero, como lector atento de una realidad laboral cambiante, como detective de una sociedad que cambia demasiado deprisa para los viejos labours, los mismos que, presos del miedo y de toneladas de desinformación, terminan sus días votando a favor del Brexit o del partido conservador.

Pero aquí no gobiernan los tories, gobiernan las fuerzas progresistas. El gobierno no puede dejar abandonados a su suerte a los trabajadores de Nissan y Alcoa, sabemos cual es la correlación de fuerzas, no nos hemos caído de una higuera, pero también sabemos que la única lucha perdida es la que se abandona: urge que se ponga la cuestión de la nacionalización encima de la mesa. Y urge que, tanto los trabajadores de Nissan como de Alcoa, no se sientan solos ni con la sensación de estar luchando contra molinos de viento. Perderán esta batalla si los abandonamos. Los trabajadores lo tienen claro, Loach lo tiene claro y hasta parece que el vicepresidente también lo tiene claro. La sociedad civil y el pueblo trabajador deben ejercer presión y exigir la nacionalización: ¿con qué derecho empresas que han recibido subvenciones millonarias y se han acogido a infinidad de beneficios fiscales desmontan la paraeta y se la llevan a Asia?

Y sería paradójico (a la vez que humillante) que, tras la vergüenza y el bochorno que supuso tener que importar mascarillas porque sencillamente en nuestro país no había fábricas que las pudieran producir en masa y tras escuchar a muchos políticos llenarse la boca con la palabra ‘reindustrialización’, dejáramos ahora a todas esas familias en la calle. También resulta paradójico que la ministra de industria lo sea también de turismo: servir mesas o fabricarlas. Nuestro país, convertido en un enorme resort barato, en un gigantesco chiringuito de playa, optó hace tiempo por servir mesas a los turistas europeos en lugar de fabricarlas.

Por eso necesitamos tanto a Ken Loach, necesitamos un cine social, abiertamente militante y rabiosamente actual. Un cine comprometido que, a día de hoy, sigue siendo una patada en la entrepierna a todos esos snobs con ínfulas culturetas que se empeñan en recordarnos que el arte, si es panfletario, irremediablemente se convierte en un producto menor o de baja calidad: me acuerdo de todos esos imbéciles cada vez que, puño en alto, Ken el rojo recoge una Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Un Ken Loach que ya es eterno y, no está de más recordarlo, los homenajes y reverencias son mejor hacerlos en vida: te quiero más que a muchos familiares. Un Ken Loach que a sus 84 años, encuentra un hueco en su agenda cuando visita Donostia para, tras presentar su última película, acercarse al piquete a apoyar a las trabajadoras en huelga de las residencias y ponerse a conversar con ellas, como ocurrió el año pasado. Hoy estaría en los piquetes de Nissan y Alcoa. Siempre con los desfavorecidos, con las invisibles, con los más débiles. Incansable, imprescindible, ejemplo vivo de intelectual orgánico al servicio de las clases populares del que nos habló Gramsci. Un Ken Loach tan monumental y necesario que, hasta los comunistas más recalcitrantes, le perdonamos aquel desliz embarazoso con la película esa rodada en España de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Por muchos años más, maestro. La clase trabajadora te necesita. Más que nunca.

Comparte esta noticia

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA

Click para comentar

Queremos garantizar que los debates y comentarios que se generen en nuestras noticias sean de la calidad que cada una de vosotras y vosotros merece. Por ello, tan solo nuestras socias y socios tienen la posibilidad de interactuar de esta forma, ÚNETE AQUÍ y colabora con la información que no rinde tributo a intereses privados ni poderes económicos.

Si tan solo quieres leer los comentarios,
PUEDES REGISTRARTE COMO USUARIO/A

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA