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Opinión

El palacete de Abascal está a unos minutos del centro de menores de Hortaleza

Al jefe de la ultraderecha no le molesta la inseguridad de este distrito madrileño, sino asomarse al balcón de su mansión y ver enfrente un centro donde viven niños hacinados, pobres de solemnidad y con un color de piel más oscuro de lo permitido por su xenofobia

Habrá quien no se acuerde de que Santiago Abascal dijo en el debate electoral de la última campaña que vivía en Hortaleza. “Un barrio popular”, matizó. Pero no quedó ahí la descripción. El líder ultraderechista se explayó: “Cada vez que salgo a la calle, y ahí hay un centro de menas, me encuentro con mujeres que me vienen a contar que los policías les dicen que no salgan con joyas a la calle, con madres preocupadas porque sus hijas llegan por las noche y tienen miedo de ser asaltadas, con trabajadoras de ese centro de menas que dicen que las inversiones que han sido allí han sido destruidas por quienes viven en el centro”.

Cualquiera que no supiera dónde vive el ahijado político de Esperanza Aguirre, quien le puso un sueldo de 90.000 euros desde su más tierna juventud para liderar chiringuitos institucionales sin más función que justificar su propio salario, podría pensar que el líder de Vox vive en Poblados Dirigidos o en Canillas, zonas de casas y pisos humildes de Hortaleza que habitaron los emigrantes procedentes de Castilla, Andalucía o Extremadura para trabajar en la industria madrileña de los 60.

Sin embargo, tal como ha revelado LUH, a Abascal le molesta el Centro de Menores de Hortaleza, donde viven niños y niñas –madrileños y extranjeros- que el único pecado que han cometido en su vida es nacer en familias donde no eran tratados con amor,  porque está próximo a su palacete de 285 m2, situado en Pinar de Rey, la zona más privilegiada y exclusiva de Hortaleza, con una renta media anual de 31.341 euros, casi tres veces más que las casitas sencillas de los barrios obreros del distrito.

Al jefe de la ultraderecha no le molesta la desigualdad o inseguridad del barrio, sino asomarse al balcón de su mansión y saber que cerca hay un centro donde viven niños hacinados, pobres de solemnidad y con un color de piel más oscuro de lo permitido por su xenofobia. Tanta estética de legionario, tan musculado y tan apretado para tener una masculinidad tan frágil y tóxica.

Abascal podía preocuparse de que en un centro de menores, con capacidad para 35 personas, han llegado a dormir hasta 150, tirados en colchonetas por el suelo. Podría incluso preocuparse de las denuncias de vejaciones y malos tratos contra niños tutelados o pedir a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, excompañera de partido y con la misma madrina política de nexo de unión, que  aumente la financiación para que la patria de un niño o niña sea la felicidad y no el abandono y la criminalización.

Pero no. A Abascal no le importan los niños y niñas, ni las señoras de Hortaleza a las que supuestamente les roban las joyas, mucho menos las que no tienen joyas y hacen colas en los comedores sociales para poder comer caliente todos los días. Al líder ultraderechista sólo le molestan las vistas que se ven desde su mansión.

Por eso han ido más de una vez a  la puerta del centro de menores las huestes ultraderechistas, que siempre han sido muy de limpiar de pobres las puertas de sus grandes mansiones para que sus privilegios no choquen con el mundo real. En lugar de luchar contra el maltrato infantil, los abusos y el abandono familiar, Abascal es más de luchar contra los niños y niñas maltratados, abusados y abandonados a su suerte en un mundo donde molestan los pobres, no la pobreza.

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