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Opinión

Adiós a las becas Wert

Cerca de 50.000 universitarios han abandonado cada año los estudios superiores por no poder hacer frente al pago de la matrícula y de los gastos de estudiar fuera

En 2013, el inolvidable ministro de Educación José Ignacio Wert, antes de irse a su destino de lujo como embajador del Gobierno de Mariano Rajoy a la OCDE en París, con un suelo anual de 130.000 euros al año, reformó el sistema de becas por el que los alumnos con posibilidades económicas que aprobaban con un 5 podían ser universitarios, mientras que los hijos de las familias más humildes debían abandonar los estudios superiores si aprobaban con una nota por debajo del 6,5.

Cerca de 50.000 alumnos, según la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE), han abandonado cada año sus estudios universitarios por no poder hacer frente al pago de la matrícula y de los gastos de estudiar fuera de su localidad. Algunos de los alumnos con pocos recursos que han continuado estudiando sin beca, lo han hecho endeudándose con los bancos.

Las becas Wert, pensadas para premiar a quienes mejores notas sacan, que también suelen ser aquellos alumnos con condiciones económicas, emocionales y sociales más favorables, eran profundamente clasistas, regresivas y elitistas porque confunden el derecho al estudio con una lotería.

Ocurre algo similar con las becas Erasmus. Debido al aumento de jóvenes que solicitan desde años este tipo de becas de movilidad internacional, la asignación se hace dependiendo del nivel de idiomas y no del nivel de renta. Como si un alumno con autonomía lingüística, al que sus padres le ha podido pagar academias e intercambios, necesitara irse al extranjero a aprender idiomas más que quien no ha tenido la oportunidad de asistir a academias y pasar los veranos en el extranjero.

¿Desde cuándo las becas son para premiar a quienes más saben y no a quienes más necesitan aprender? Cualquier Estado que se apellide social no puede premiar a los mejores, sino impulsar a quienes más lo necesitan, porque los mejores lo son porque sus padres tienen estudios superiores, porque en su casa no se sufría la incertidumbre de llenar la nevera o se vivía con miedo al desahucio, porque tenía un habitación para él solo donde estudiar y no tenía que compartir una mesa redonda con cuatro hermanos más en un piso de 60 metros cuadrados.

Claro que hay excepciones, gente que a pesar de todo consiguen tener unos grandes resultados académicos, pero no es lo normal. Sólo basta ver las estadísticas que dicen que la gran mayoría de alumnos universitarios son hijos de padres y madres universitarios. El nivel de estudios, como la pobreza y el código postal, se hereda.

Almudena, exalumna de periodismo de la Universidad de Sevilla, tuvo que abandonar su carrera en 2014, en último año, a pesar de que durante los años anteriores su expediente académico había sido de notables y sobresalientes. Su padre, vendedor ambulante castigado por los dolores sociales que nos trajo la crisis de 2008, murió de repente de un infarto con 48 años de edad.

Almudena se tuvo que quedar en su pueblo de Badajoz durante seis meses para atender a sus cuatro hermanos, ayudar a su madre y porque su cuerpo no respondía al tremendo mazazo que le acababa de dar la vida. Estudiaba los apuntes que le mandábamos algunos compañeros, como podía, y se presentaba a los exámenes.

De sacar en todo notables y sobresalientes, el año clave sólo consiguió aprobar el 70% de los créditos y las notas en las asignaturas aprobadas no estaban por encima del 6,5 fijado como mínimo para obtener becas por el Gobierno de Rajoy, aquel que se gastó 65.000 millones de euros para salvar a los bancos pero no podía gastarse 6.000 euros para que Almudena continuara estudiando.

Cuando Almudena se fue a matricular, no cumplía los requisitos mínimos para solicitar la beca del Ministerio de Educación que, años anteriores, había sido de unos 6.000 euros con los que se organizaba el año e iba tirando muy dignamente sin pedirle ningún tipo de ingreso a la exigua economía de sus padres.

Almudena no cursó el último curso de Periodismo y se fue a su pueblo con su madre. La fui a despedir a la estación de autobuses de Plaza de Armas de Sevilla el día que se volvió a casa, con todos sus maletones y sin haber dejado hecha la matrícula para el curso siguiente. Todavía recuerdo los lagrimones que le caían, los suspiros de desesperanza y la cara de derrota con la que se subió al autobús.

Almudena fue una de las expulsadas por Wert de la universidad pública. ¿Su delito? Ser pobre. Siete años después, vive en su pueblo, tiene un hijo de cuatro años y trabaja de camarera, en jornadas de 10 horas diarias por 1.000 euros al mes. Conseguido el objetivo del PP. No era otro que expulsar a la gente sencilla de la universidad pública.

Cualquier persona que se diga demócrata, que crea en la justicia social y en la igualdad, no puede nada más que alegrarse de que el ministro de Universidades, Manuel Castell, vaya a aprobar un nuevo decreto de becas donde bastará con obtener un cinco, que es la nota que los ricos necesitan para aprobar y continuar sus estudios pagados por papá.

 

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