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Política

'Baron Noir': la serie que ven en el Gobierno

Es la historia de un superviviente a sus adversarios pero también a su propio partido

El diputado socialista Philippe Rickwaert se dirige con paso firme a la puerta de entrada del hemiciclo de la Asamblea Nacional de Francia. Un ujier le corta el paso, le recuerda que debe llevar corbata, cuestión de protocolo. Rickwaert irrumpe en la cámara vestido con un mono de trabajo azul y una corbata roja. Se hace el silencio. Caras de perplejidad. Alguna mueca de sorna que se congela en cuanto el diputado socialista comienza a hablar desde su escaño. Acusa a la izquierda de olvidarse de dónde viene y de a quién tiene que representar. Ha nacido el 'Baron Noir'.

Esta escena contiene una de las claves del éxito de la serie en el Gobierno: su capacidad para sintetizar el lenguaje de la política. "Hay muchas series políticas muy interesantes: The Wire, que es pura sociología política; El ala oeste de la Casa Blanca, que presenta una visión muy idealista de la política o la más oscura House of Cards. Pero de Baron Noir lo que me impresiona es su realismo, cómo representa a políticos no como ejemplos morales absolutos, pero tampoco como villanos", explica Pablo Iglesias a este diario.

Fuentes de Moncloa consultadas señalan que "la gran contribución de la serie es su capacidad para retratar a las distintas familias de la izquierda. Eso hace que cualquier miembro del PSOE que vea Baron Noir disfrute muchísimo, porque ve reflejados debates que han vivido aquí". Muchos han visto además un extraordinario parecido entre el protagonista de la serie, un político que empieza desde abajo, y el que fuera vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Para Irene Montero, el valor de la serie de HBO reside en que pone en primer plano algo invisibilizado en otras series políticas: la militancia de un partido. "Yo creo que es la serie que he visto que mejor refleja lo que es la vida interna de una organización política: desde el trabajo de las estructuras de base, hasta los espacios informales en los que se toman las grandes decisiones políticas", sostiene la ministra de Igualdad.

La serie comienza como toda buena intriga política, con una traición. El líder del Partido Socialista (PS) y presidente de la República, Francis Laugier -un Felipe González que en vez de cultivar bonsáis colecciona instrumentos antiguos y obras de arte-, deja caer a Rickwaert, su barón en el norte, para librarse de un escándalo que amenaza con alcanzarle. La traición de su protector, lleva a Rickwaert a una alianza táctica con el ala tecnócrata del partido, representada por Amélie  Dorendeu, para así "matar al padre". Y aquí viene la primera lección política de la serie: el viejo mundo se está muriendo y la resistencia de la vieja guardia socialista a aceptar el fin de la era de los grandes partidos que gobiernan en solitario condena al PS a la irrelevancia política. El obrerismo y la tecnocracia del partido suman esfuerzos para derribar al que se ha convertido en el principal lastre del socialismo: su líder. "En política eliges a tus enemigos, pero no a tus aliados",  señala Philippe.

Pero por el camino Amélie se autonomiza, la gris burócrata de Bruselas se descubre a sí misma como una gran oradora y, aupada por el descontento de las clases medias ante la degradación moral de la clase política, se erige como presidenta de la República con una estrategia lampedusiana: cambiar todo para que nada cambie. La nueva presidenta abraza así el centro político: denuncia la corrupción, pero respeta a los empresarios; abandera la renovación de la política francesa, pero se atrinchera de la ciudadanía; defiende la soberanía de la República pero acepta las presiones de la Unión Europea; asume, en definitiva, que los miedos de las clases medias son los límites a la hora de hacer política. Rickwaert se resiste a perder su caballo de Troya en el Elíseo, pero es demasiado tarde: "Yo soy de derechas", reconoce Amélie acorralada por la presión del Baron Noir.

Amélie se convierte así en la primera mujer en alcanzar la presidencia de la República. Sin embargo, para ser presidenta, se ve obligada a luchar constantemente contra  los roles de género. Se niega a aceptar entrevistas "de tacitas" en las que la conversación gire en torno a su infancia, la ropa que lleva o su postre favorito. Se planta ante sus asesores cuando le sugieren ser más conciliadora para no ofender la masculinidad de su socio de gobierno: "Si fuera un hombre no me estarías pidiendo esto", zanja. Y blinda su vida privada, para que nunca puedan subordinar a la presidenta de la República a un hombre.

"La serie refleja muy bien cómo la política está completamente disociada de los cuidados, pero también los costes personales que tienen determinados niveles de exposición política. En ningún momento se ve si la presidenta tiene un asistente que le planche la ropa o le haga la comida, no sabemos cómo es su cocina, ni su familia o relaciones de pareja... De alguna manera el mensaje es que la política no tiene fin. Pero eso no es realista, alguien tiene que estar haciendo esas cosas", señala Irene Montero.

Con el fin del bipartidismo, el ecosistema político francés se ordena en tres polos: la derecha reaccionaria del Frente Nacional, cuya estrategia pasa por estrangular a la derecha conservadora con un abrazo del oso (torpemente imitada por Vox en nuestro país); el socioliberalismo que se articula con una alianza de representantes de la patronal en torno a Amélie; y la izquierda radical, que va desde el partido de un megalómano ilustrado, Michel Vidal, que nos recuerda a Mélenchon, pasando por comunistas y verdes, hasta el ala obrerista del PS, representada por Rickwaert.

A pesar de la reconfiguración del tablero político, la política francesa sigue sus cauces. El problema surge con la irrupción de Christophe Mercier en la carrera presidencial, un popular ciberactivista que cataliza el descontento hacia la clase política y cuyo único punto programático es 'resetear la democracia'. Para Pablo Iglesias, la clave para entender la potencia de este fenómeno de la antipolítica, es el sistema presidencialista francés: "La posibilidad de que un nuevo actor político, pase a segunda vuelta y pueda cambiar el sistema de arriba a abajo, fuerza tanto a la extrema derecha como a la izquierda a posicionarse. Mercier es una oportunidad, una llave para abrir una puerta, aunque luego no sea necesariamente partícipe de su desarrollo. Los sistemas presidencialistas contienen la posibilidad constituyente. Esto no ocurre en España".

Otro aspecto que refleja muy bien la serie es que el ejercicio del poder no es tan emocionante como su conquista. La batalla por el poder despliega toda la imaginación política de los candidatos, mientras que una vez instalados en la sala de mando la acción política se caracteriza por un pragmatismo mucho menos atractivo. Así, Amélie interioriza el "sentido de Estado" cuando decide anular el Estado de derecho en nombre de la seguridad francesa. En ese momento, la decisión sobre la vida para entender la política aparece en toda su crudeza.

Baron Noir pone también sobre la mesa el enorme poder de los aparatos del Estado. La judicatura, los cuerpos y fuerzas de seguridad o los servicios secretos definen en muchos momentos el curso de la política por encima de la voluntad de los representantes democráticamente electos. "En la serie se ve desde el minuto uno que no es lo mismo tener el Gobierno que tener el poder: caen alcaldes, caen ministros, caen presidentes... La fortaleza de Rickwaert es que forma parte de los círculos de poder y eso es lo que le permite sobrevivir", apuntan fuentes de Moncloa.

Si una cosa está clara es que los guionistas de Baron Noir conocen bien cómo es la vida interna de un partido, sus grandezas y miserias: la labor de los asesores, el poder del discurso, el papel crucial de los debates en campaña, la importancia del dinero para hacer política, el peligro de subestimar el uso de las redes sociales (y de acabar como Hillary Clinton, como advierte a Amelie un ejército de asesores en la serie), la relación simbiótica con los medios de comunicación, la fabricación de escándalos, el trabajo de fontanería política que hay detrás de la confección de listas o el nervio del seguimiento electoral en la sede del partido. "La política es como el jazz, si cometes un error en una nota, insiste, sigue tocando esa nota y se convertirá en una improvisación de culto y todo el mundo tratará de imitarla", dice Phillipe a Amelie. Frases como esta encierran una enorme comprensión de la práctica política. No en vano, Eric Benzekri, uno de los guionistas de la serie, pasó años en el mundo socialista francés junto al barón local y asesor en la sombra de Francois Hollande, Julien Dray, personaje en el que está inspirado en cierta forma el protagonista de la serie.

En última instancia, Baron Noir es la historia de un superviviente, un superviviente a sus adversarios pero también a su propio partido, que entiende que en política no gana el que resiste, el último en quedar en pie en el campo de batalla, como defiende Michel Vidal tras perder tres elecciones presidenciales seguidas, sino el que aprovecha el momento con audacia y ocupa los espacios vacíos. ¿Les suena?

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