fbpx
Síguenos en

Búsqueda

LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS

Inicio de sesión ¡Bienvenido/a de vuelta!

¿No tienes cuenta en LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS? hazte socio/a ahora

Cultura

Barrio a Barrio: Barrio Alto (Albox)

"Mientras la heroína desgarraba los barrios más empobrecidos de España, aquí el motor económico se encontraba en la alfarería"

Siempre he creído que existe una diferencia entre ‘sitio’ y ‘lugar’: el sitio está ahí físicamente, es señalable en un mapa; el lugar respira y tiene vínculos emocionales con el que así lo recuerda. Es un escenario bajo el que están agarradas las raíces de las que ha florecido nuestra forma de estar en el mundo, y nos reconocen al escucharnos pisar el suelo que las ampara.

En el Barrio Alto de Albox, el corazón de la alfarería almeriense, se guardan las historias y costumbres más significativas de cualquier otro barrio humilde andaluz, como un grano de arena que representa el desierto entero: los lugares también son libros. Los análisis sociopolíticos de estos barrios suelen caer en un clasismo descorazonador con la misma facilidad con que quitan valor a los testimonios que dan sus propios habitantes, los protagonistas.

Mi abuelo, Julio Cortés, venía de otro pueblo almeriense: Velefique. Comenzó a trabajar a los 7 años a cambio de comida y un lugar donde dormir. Allí se sentaba bajo un árbol para aprender a leer y a escribir mirando la cartilla que le habían dado el único día que pudo ir al colegio. Llegó al Barrio Alto al casarse con mi abuela Rosa: fue la primera boda gitana de blanco que se celebró en Albox, y lo acogieron en el barrio como un familiar y vecino al que habían querido toda su vida. Fue la primera vez que sintió un hogar.

Mientras la heroína desgarraba los barrios más empobrecidos de España, aquí el motor económico se encontraba en la alfarería. Había dos a cien metros de distancia, y en las fiestas del barrio los dos hermanos alfareros (Miguel y Antonio) hacían vasijas rellenas de caramelos y pequeños juguetes para que los niños las tirasen contra el suelo y cogieran lo que más les gustase.

Dentro de las alfarerías había una parte donde se formaba el barro, y otra donde se encontraba el torno en el que se sentaba el alfarero y ponía a secar las vasijas. En la calle había un horno de ladrillo, barro y leña, y en los respiraderos de arriba ponían las vecinas sus rejas llenas de patatas, para asarlas con el calor que desprendía el horno. Aquellos días, el barrio entero comía patatas alfareras. Esto simboliza aquella creencia tan arraigada de que todo lo que tenían era para todos, lo que provocó que entre los habitantes no hubiera desigualdad en la forma de vida. En épocas de falta, mi abuela dejaba de comprar tabaco y la tendera siempre se lo metía en la bolsa: mientras ella tuviera algo, el dinero no iba a ser una razón para permitir que a mi abuela le faltase.

Actualmente, las alfarerías están cerradas. El alcalde no quiere ni mandar al barrio los servicios básicos de limpieza, y los niños tienen que jugar entre ratas, escombros y culebras. Reempujar al lumpen al que fue el pulmón de las tradiciones del pueblo en las épocas más difíciles es otra forma de pisotear a las clases bajas cuando ya no hay nada que exprimir de ellas. Volver a condenarlas a la miseria para ver si se puede sacar crédito económico de sus maneras de resurgir.

No queda constancia en los archivos de mi abuelo subiendo las cuestas con cañas de esparto para secarlo y trenzar canastos –oficio característico del pueblo gitano andaluz–, y las fotografías de archivo correspondientes las tienen guardadas sin clasificar. No queda huella histórica de que fue territorio rojo durante la guerra civil, llamándose entonces sus plazas y barrancos en honor a poetas, anarquistas y comunistas. No queda hueco de honor en la memoria para personajes como la tía Carmen, que salía a pasear a las cabras por los montes del barrio con los bolsillos llenos de caramelos para los niños que la saludaban (más cercana al mensaje de la poesía de Miguel Hernández que todos los catedráticos que se pongan de por medio).

El apodo cariñoso ‘Barrio Alto’ (el nombre oficial es San Antonio) ahora es despectivo para los que tienen el poder de devolverlo a la vida digna, igual que echaron del Albayzín a las gentes que le dieron forma y atmósfera una vez que al turismo le pareció interesante y comenzó a producir dinero, y que los devolverían allí y cerrarían con llave si el turismo se aburriera de aquello.

Es fácil conseguir que los habitantes no desarrollen conciencia de clase ni de identidad si les dejas vivir entre escombros y sobreviviendo cada día, si les ocultas que en sus calles está el eco de la gente que siendo prácticamente analfabeta levantó aquello con sus manos y sus conocimientos, y que deberían llenar las páginas de la historia del pueblo con más méritos que cualquier alcalde. Que es un espejismo su creencia de estar condenados a malvivir, sin poder ocupar otros lugares en la sociedad. Que la riqueza cultural del pueblo está en la espalda de nuestros abuelos y no en sus trajes ni sus despachos.

De cualquier forma, hay algo detrás de la arquitectura y los adoquines. Una memoria etérea de la identidad obrera y la dignidad del lugar que nadie puede destruir y que brotará siempre otra vez. Yo a veces siento que al subir las cuestas me voy a cruzar a mi abuela llegando de trabajar del campo, y que donde otros sólo ven ladrillos están las fuentes y los pájaros murmurándole, como a Rosalía de Castro, que ahí va la loca soñando.

Comparte esta noticia

TE NECESITAMOS PARA SEGUIR CONTANDO LO QUE OTROS NO CUENTAN

Si piensas que hace falta un diario como este, ayúdanos a seguir.

HAZTE SOCIO por 5 euros al mes

Click para comentar

Queremos garantizar que los debates y comentarios que se generen en nuestras noticias sean de la calidad que cada una de vosotras y vosotros merece. Por ello, tan solo nuestras socias y socios tienen la posibilidad de interactuar de esta forma, ÚNETE AQUÍ y colabora con la información que no rinde tributo a intereses privados ni poderes económicos.

Si tan solo quieres leer los comentarios,
PUEDES REGISTRARTE COMO USUARIO/A

TE NECESITAMOS PARA SEGUIR CONTANDO LO QUE OTROS NO CUENTAN

Si piensas que hace falta un diario como este, ayúdanos a seguir.

HAZTE SOCIO por 5 euros al mes