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Opinión

Barrio a barrio: Exarchia

barrio Exarchia Grecia

El barrio ateniense de Exarchia es una anomalía europea: a pesar de estar situado en el corazón de la capital y de contar con atractivos como el Museo Arqueológico Nacional, se encuentra fuera de los principales circuitos turísticos. No hay metro - la estación más cercana está a 15 minutos de distancia-, ni cajeros automáticos, ni grandes supermercados y no es extraño ver a guiris despistados abandonar el hotel en mitad de la noche entre fuegos cruzados de molotovs y gases lacrimógenos. Geográficamente es un distrito bien delimitado, la presencia policial permanente no sólo hace visibles sus fronteras, reforzando su carácter de insularidad, sino que proyecta una imagen de excepcionalidad que es funcional a la demonización que la derecha política y mediática hacen a diario del barrio.

Durante las elecciones generales de 2019, la promesa de "limpiar Exarchia" se convirtió en el mensaje central de la campaña del actual primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis. El diputado de Nueva Democracia, Thanos Plevris, escenificó esta voluntad de reconquista grabando un mensaje desde la plaza central del barrio en el que prometía imponer la ley y el orden. El vídeo se grabó en un lugar que acoge regularmente asambleas vecinales y a escasos metros del emblemático BOX, un centro okupado que ha sido tiroteado en varias ocasiones, la última hace sólo unas semanas y bajo la mirada cómplice de la policía. Visiblemente nervioso, mirando constantemente por encima del hombro y hablando entre susurros, el valiente conquistador apenas aguantó 15 segundos en una plaza que todavía no había amanecido.

La derecha griega ha leído a Carl Schmitt y ha comprendido que en un momento de crisis económica, política y social de la que son corresponsables, sólo el enemigo puede definirles como sujeto político. Así ocurre con el movimiento anarquista y las personas refugiadas, de puertas para adentro, y probablemente con Turquía, en el exterior. Cuanto más débil es su proyecto político, más grandes se hacen los enemigos internos y externos, no falla.

Pocos meses después de ganar las elecciones, Mitsotakis hizo un ultimátum de 15 días para desocupar todos los centros sociales del barrio y cientos de personas que habían hecho de Exarchia su hogar, fueron trasladadas forzosamente en autobuses a campos de refugiados. Desde entonces las redadas se han vuelto cada vez más frecuentes y, por primera vez desde las revueltas que siguieron al asesinato de Alexandros Grigoropoulos, hay presencia policial donde las fuerzas del orden nunca se habían atrevido a llegar: la plaza central.

Los planes de "revitalización" de la derecha, que contemplan la reparación de calles, la renovación del sistema de alumbrado y la construcción de una línea de metro, no incluyen a los vecinos y vecinas. Quieren sustituir la autogestión por el coworking, los espacios okupados por apartamentos turísticos y los grafitis de solidaridad con el pueblo kurdo por "street art".

El dueño de la única "inmobiliaria" del barrio, un señor de más de 70 años que tiene un pequeño local a pie de calle con un escritorio, un sillón desvencijado y unas pocas pegatinas de anuncios escritos a mano, me dijo que parece que los pisos hubieran desaparecido de Exarchia. Han desaparecido, pero sólo para los vecinos, los turistas tienen cientos de apartamentos a su disposición gracias a Airbnb y los inversores extranjeros se han hecho con otra parte de las viviendas del barrio. Represión y gentrificación, autoritarismo y neoliberalismo, las dos armas para acabar con el último símbolo de la autogestión y la resistencia de Europa.

Pero, ¿cómo se explica la centralidad que ha adquirido esta ofensiva en el clima político griego? ¿qué representa Exarchia? Si hay algo que defina a Exarchia es su carácter insurgente, hay un hilo negro que recorre la historia de este bastión rebelde de colectivos anarquistas. Un hilo que anuda protestas estudiantiles, insumisión, resistencia a la dictadura y okupaciones.

En Exarchia se produjo la primera movilización estudiantil de la historia moderna de Grecia. Fue en 1859 y se denominó la "revolución de los sombreros". Los estudiantes salieron a la calle en favor de la industria nacional, contra el nuevo rey y contra la injerencia de las potencias extranjeras en los asuntos nacionales. La manifestación concluyó con protestas frente al cuartel de policía para que liberasen a los detenidos y la ocupación de la universidad.

Durante la Guerra Civil, Exarchia fue un campo de batalla. La derecha se atrincheró en el edificio que hoy okupa BOX y la izquierda tomó el "edificio azul", última rémora del modernismo en el barrio y que hoy aloja lujosos apartamentos. Paradojas del destino. Leonidas Kyrkos, que sería Secretario General del Partido Comunista del Interior y que muchos consideran el Berlinguer griego, disparaba una ametralladora desde la azotea del hoy más exclusivo edificio del barrio. Por las mismas fechas, el compositor Ianis Xenakis, militante de las juventudes comunistas, perdía media cara por la metralla de la explosión de un tanque inglés.

La ocupación de la Universidad Politécnica, ubicada en los límites del barrio, marcó el principio del fin de la Junta de los Coroneles. La revuelta estudiantil fue duramente reprimida por los tanques de la dictadura y se saldó con decenas de muertos. Desde entonces se consagró el principio de autonomía universitaria, vetándose la entrada de ejército y policía a los edificios del campus. Así, la Politécnica se convirtió durante décadas en un refugio para militantes y un espacio libre para organizar luchas. Ha sido así hasta que el Gobierno de Mitsotakis cambió la ley, destruyendo uno de los consensos de la democracia griega.

Durante los años ochenta se sucedieron ocupaciones en un barrio que se convirtió en el lugar de referencia del anarquismo y la contracultura, aglutinando a poetas como Nikolas Asimos y Katerina Gogou o músicos como Pavlos Sidiroupulos. Una generación de artistas que acabó mal – suicidios y muertes por sobredosis -, pero que dejó un enorme legado visible aún hoy en los grafitis que cubren las paredes del vecindario.

Exarchia es el barrio en el que la policía asesinó de un tiro a un adolescente, Alexandros Grigoropoulos, mientras estaba sentado en un banco. A raíz de su muerte, se desataron disturbios que se extendieron rápidamente por un país que ya empezaba a sufrir las consecuencias de la crisis de 2008. El pulso a la policía se mantuvo durante semanas y dejó algunas imágenes bellas: comisarías de policía en llamas y un árbol de navidad de 10 metros ardiendo como una antorcha en la plaza Syntagma.

En Exarchia, son los vecinos organizados los que expulsan a los traficantes que, parapetados detrás de enormes perros de presa, trapichean con total impunidad en el barrio con más presencia policial de Atenas. Las heridas causadas por la heroína en los años 80 siguen abiertas, y la gente no está dispuesta a que una droga mucho más barata y cruel – la sísa, una mezcla de ácido de batería y champú que se ha convertido en la heroína callejera de la austeridad – se lleve por delante otra generación.

En Exarchia hay disturbios y enfrentamientos con la policía. Hay fuego cruzado de molotovs y gases lacrimógenos. Pero si hay daños materiales, y es habitual que accidentalmente acaben coches ardiendo, son los vecinos los que, con mangueras desde los balcones, apagan las llamas, ante la mirada impasible de la policía.

El barrio anarquista ha sido el hogar de cientos de personas que tuvieron que huir de sus países de origen: afganas, sirios, kurdas y pakistaníes han encontrado una mayor calidez en este barrio de la que podrían tener en los inhumanos campos de refugiados, como el de Moria, que las instituciones europeas les tienen destinados.

En Exarchia hay un equipo de fútbol antifascista – el Asteras Exarchion -, un parque autogestionado – Navarinou -, una escuela donde personas refugiadas aprenden y enseñan idiomas - Steki Metanaston -, una cocina popular, gimnasios de autodefensa, librerías, tabernas donde conspirar y organizarse, música en directo, tiendas de comercio justo y de ropa de segunda mano, que están en el barrio desde mucho antes de que la moda hipster se apropiara del "consumo responsable", y centros médicos autogestionados para aquellos que se han quedado fuera del sistema sanitario.

Exarchia es memoria de resistencia y la memoria siempre tiene un potencial revolucionario. Quizás sea ese el motivo por el que llevan décadas queriendo acabar con el barrio insurgente por antonomasia.

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