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Opinión

Barrio a Barrio: la Zaidía

Había que ser moderno. Aunque ser moderno significara convertir a la tercera zona industrial del país en una sucesión de tiendas de souvenirs y bares de tapas con paellas hasta arriba de colorante que luego vender a precio de oro a turistas despistados. Y claro, si puedes soldar tuberías de tres pulgadas en una fundición, puedes también servir mesas

La Zaida Valencia Nega

La Zaidía se ubica en la parte centro/norte de la ciudad de València. Es un distrito que agrupa cinco barrios: Morvedre, Marxalenes, Trinitat, Tormos y Sant Antoni. Si bien hay zonas de Morvedre y Trinitat que podríamos definir como de clase media, no cabe duda de que Marxalenes, Tormos y Sant Antoni son zonas de clase trabajadora. El distrito es por tanto interclasista. Y multicultural.

Seamos sinceros, la Zaidía no es el Carmen, Ruzafa o el Cabanyal (uno de los 10 barrios más cool de Europa según The Guardian). No tiene la fama o la solera de los barrios mencionados ni es tan emblemático: no suele aparecer en las guías turísticas de la ciudad. La gentrificación, además de subir el precio del alquiler y expulsar a los vecinos, te coloca en el mapa turístico. Lo único que puedo decir al respecto es que hace dos años abrió una tienda de comida vegana en el corazón de Marxalenes y duró dos meses. Tenemos herboristerías que venden productos veganos pero una tienda exclusivamente de comida vegana quizá era ir demasiado lejos. Estamos orgullosos de nuestro pequeño comercio, de nuestros veterinarios, de nuestras peluquerías regidas por paquistaníes, donde hay fotos de David Beckam y Maluma en los escaparates. Donde puedes cortarte el pelo mientras el reguetón atruena por todo el local a un volumen en el que resulta complicado hablar sin tener que dar voces (la vida antes del Covid)… Todas las localizaciones y gente que aparecen en el clip de Barrionalistas, fueron tomadas íntegramente en Marxalenes y tendetes.

El nombre de Zaidía tiene, como muchas cosas en esta ciudad, origen árabe. Coge su nombre del Real Monasterio de Santa María de Gratia Dei, un convento que se erigió sobre una casa de campo y zonas de jardines del antiguo rey andalusí Abú Zayd (Zaidía). El convento fue construido en 1265 por Teresa Gil de Vidaure, la que fuera tercera esposa del Rey Jaime I el Conquistador. Cuentan las crónicas que Jaime abandonó a su esposa cuando ésta contrajo la lepra. Enferma y casi moribunda, Teresa se retiró al convento que había ordenado construir en las afueras de la ciudad para pasar sus últimos días. Hablamos del mismo Rey que introdujo la Santa Inquisición en la península y que, en los últimos años de su vida, promovió dos cruzadas a Tierra Santa (1269 y 1274), fracasando ambos intentos.

Hasta bien entrado el siglo XX, la zona que hoy conocemos como Zaidía, era campo y una huerta que se extendía desde el cauce del río Turia hasta toda la comarca conocida como L’Horta nord. Es con el desarrollismo franquista a mediados de los años sesenta, cuando la ciudad crece y se expande por toda la zona norte de la ciudad: surgen infinidad de polígonos industriales (más de 13 sólo en la comarca de L’Horta Nord), de maquinaria industrial a cemento o azulejos. Una industria en pleno desarrollo que necesitará de muchos brazos que la hagan funcionar: en los años sesenta València recibe sucesivas olas migratorias de Andalucía y de provincias como Cuenca y Albacete. Crecen los barrios dormitorio, los bloques de viviendas. Crece también el llamado cinturón rojo que envuelve la ciudad y crecen, desde luego, las huelgas y los conflictos.

Pero la industria no vino para quedarse, había que entrar en Europa y había que desmantelar todo el tejido industrial. Así, mientras los obreros y sus familias de los Altos Hornos de Sagunto cortaban la A7 con barricadas, Felipe González ya había vendido el país entero y planeaba el 92, el año de la puesta de largo de la modernización de España. Había que ser moderno. Aunque ser moderno significara convertir a la tercera zona industrial del país en una sucesión de tiendas de souvenirs y bares de tapas con paellas hasta arriba de colorante que luego vender a precio de oro a turistas despistados. Y claro, si puedes soldar tuberías de tres pulgadas en una fundición, puedes también servir mesas. Pues que sean camareros. O vendedores de seguros. O agentes inmobiliarios. O, Dios nos pille confesados, emprendedores.

Su cercanía con la zona de las universidades, ha hecho que proliferen las inmobiliarias por todo el distrito. Pese a ello, la Zaidía y los barrios que la componen, sigue perteneciendo a sus vecinos, son barrios habitables, con vida, con sus propias dinámicas (culturales, económicas) al margen del turismo y la gentrificación. Hay zonas en el Carmen en donde puedes encontrarte con varias manzanas de edificios en las que cada vivienda es un apartamento turístico y no hay ni rastro de vecinas. De hecho el que firma estas líneas, fue expulsado de la calle Na Jordana, para convertir todo el edificio en un bloque de apartamentos turísticos. Esto no ocurre (de momento) en la Zaidía: te encuentras con los mismos vecinos en Consum, en la panadería o en la ferretería.

Aunque, como en todas las grandes ciudades, faltan siempre parques y zonas verdes, en la Zaidía podemos presumir de tener el parque de Marxalenes, los Jardines del Real (Viveros) en Trinitat y de hacer frontera desde Morvedre con el Jardín del Turia, el pulmón verde de la ciudad y una de las zonas verdes más grandes de Europa. Pero una de las peculiaridades del barrio que más valoro es la presencia del tranvía. Me encanta el tranvía, es mi medio de transporte favorito, me gusta verlo serpentear por las calles, eficaz, sostenible, bello. Adoro las ciudades con tranvía y adoro la zona del «Pont de Fusta» (Pont de Hustla como decían algunos raperos de la zona a principios de los años 90) donde la ciudad se ensancha y termina en la antigua estación del trenet: construida en 1892, es uno de los pocos vestigios del patrimonio industrial del siglo XIX que quedan en la ciudad. Hoy, no todo iban a ser buenas noticias, es una comisaría.

Pese a haber logrado escapar –de momento– de las garras de la gentrificación, la Zaidía tiene una oferta cultural importante. Está el museo de Bellas artes, el de Ciencias Naturales, el centro de arte Bombas Gens, la Casa Museo de Concha Piquer, la Escuela oficial de Idiomas y la discoteca Deseo 54, templo gay de la noche valenciana. Justo en frente, aunque desaparecido hace ya bastantes años, se ubicaba el Longtrack, uno de los afters más míticos de la ciudad y que, el que firma estas líneas, cerró demasiadas veces cuando era un veinteañero. Y me pregunto por qué tener una buena oferta cultural tiene que ir cogido de la mano de la gentrificación y la consiguiente –y al parecer inevitable–, expulsión de los vecinos. La Saidía demuestra que no. Pero a uno le queda la sensación de que ‘lo moderno’ (los restaurantes veganos, las librerías, el street art o las tiendas vintage) es un privilegio reservado a los barrios gentrificados del centro de las grandes ciudades. En la Zaidía hay graffiti, no street art. Puede parecer lo mismo pero en realidad no lo es.

Cuando en el céntrico barrio londinense de Brick Lane abrieron el enésimo bar de cereales, colectivos anarquistas del barrio, hartos de tanta gentrificación (subida de los alquileres, expulsión de los vecinos), decidieron pasar a la acción y prendieron fuego a los citados bares de cereales. A mí de momento, me han puesto un piso de Air bnb en mi escalera y cada fin de semana me encuentro con parejas de japoneses, manadas de ingleses o nativos españoles que deciden pasar unos días en la ciudad del Turia (este año poco la verdad). En cualquier caso, es un buen momento para pasar a la acción, por ello no sería justo terminar este artículo sin mencionar a la gente de La Saïdia Comuna, colectivo del barrio que lucha por un modelo de ciudad configurado por los vecinos, cuida de las familias más vulnerables de la zona y nos recuerda que los barrios son de sus vecinos; vivos, alegres y combativos.

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