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Bienestar o barbarie

La idea de administrar todo como una empresa (desde la educación hasta la salud) no había estado nunca tan desinflada, y no sabemos si existirán muchas más oportunidades para construir un sentido común que ponga los cuidados y la vida en el centro

Estado Bienestar crisis
Por Sergio Domínguez.

Especialistas en grandes ciclos como Peter Turchin, aseguran que estamos en el final de un tiempo histórico. Un fin de ciclo que no tiene por qué ser rápido ni dejar paso a un futuro posneoliberal más amable, pero pone encima de la mesa una cuestión fundamental: ¿cómo afectará al Estado del bienestar?

Un breve recorrido histórico

Los primeros pasos del Estado del bienestar se dieron hace siglo y medio, más como una respuesta a la cuestión social que como una ruptura con el orden establecido: una forma política –cuya idea central sería la ciudadanía social– que buscaría reducir la desigualdad a través de la redistribución. Un escudo material frente al riesgo y la desprotección de la lógica capitalista, que comenzaría a implantarse paulatinamente mediante distintas fases, con un denominador común: la presión social y la voluntad política (siempre la segunda consecuencia de la primera).

A partir de los años noventa del siglo pasado comenzaría la etapa neoliberal, con la que se iniciaría una suerte de revisión/desmantelamiento del Estado de bienestar. Los cambios sociales y económicos que generaría la crisis del petróleo de 1973, junto al declive de sindicatos y fuerzas progresistas, abrirían la puerta a la desregulación, las privatizaciones y los recortes de servicios públicos protagonizados por el tándem Thatcher-Reagan. Una revolución conservadora que sentaría las bases de un nuevo paradigma de gestión a nivel global, cuyo objetivo principal pasaría por destruir la sociedad del bienestar.

Las crisis son, también, batallas políticas

Cuatro décadas más tarde, sabemos que los estados del bienestar siguen vivos pero agónicos. Y sabemos que siguen vivos gracias a las fuerzas progresistas y a la sociedad civil organizada. En este contexto, la crisis sanitaria y económica del COVID-19 podría traducirse en una nueva ‘doctrina del shock’ (momento de confusión colectiva para aplicar medidas impopulares) o bien dar lugar a una fase de revitalización del Estado del bienestar condicionada por los mismos grandes factores que hicieron posible su desarrollo: la presión social y la voluntad política.

En España, la cultura política que resultó del 15M y su consiguiente traducción electoral se están haciendo notar, varios años después, en la gestión de la nueva crisis: los ERTE, el Ingreso Mínimo Vital, la prohibición de los desahucios y de los cortes de suministros básicos, etc. Una gestión y una batalla política, porque las crisis siempre lo son, dependientes de la correlación de fuerzas que decanta las balanzas.

En la Unión Europea, buena prueba de esta correlación, es el reciente e histórico acuerdo en el Consejo Europeo sobre el plan de recuperación, que no se explica sin los gobiernos progresistas de Portugal, España e Italia, y que deja algunas similitudes con el periodo de la segunda posguerra mundial en términos de solidaridad internacional (el mismo presidente, Pedro Sánchez, ha definido el acuerdo como “un auténtico Plan Marshall”).

"Debe haber una alternativa"

Seguramente, en las próximas décadas la economía seguirá siendo financiera, la revolución tecnológica, la sociedad consumista y el trabajo precario, pero hay indicios –sobre todo culturales– para pensar que podríamos estar ante los últimos estertores de un realismo capitalista en su forma más salvaje.

El célebre eslogan “no hay alternativa”, que hacía más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, podría estar dejando paso al “debe haber una alternativa” para garantizar la vida e incluso la propia economía.

Hoy por hoy, resulta imposible predecir si el mundo tras el COVID-19 cristalizará en un mundo posneoliberal que permita el fortalecimiento de un Estado del bienestar entendido como una red de seguridad ante futuras crisis que, visto lo visto, serán cada vez más repentinas, frecuentes e intensas.

Por ese motivo, la doble tarea de la izquierda social y política pasa por exhibir como indefendible lo que hasta ahora ha sido practicable (privatizaciones y recortes) y por empujar hacia lo posible lo que hoy es necesario (blindar los servicios públicos). La ontología de los negocios que el neoliberalismo instaló con éxito en todos los órdenes de la vida hoy está en decadencia.

Estados insuficientes, democracias incompletas

La idea de administrar todo como una empresa, desde la educación hasta la salud, y la retórica de anti-Estado, no habían estado nunca tan desinfladas, y no sabemos si existirán muchas más oportunidades para construir un sentido común que ponga los cuidados y la vida en el centro. En otras palabras, para dibujar otra realidad mejor.

Lo que sí sabemos gracias al profesor Vicenç Navarro es que los estados del bienestar insuficientes dejan democracias incompletas. Por esa razón, defender la protección y la revitalización de lo público (puesto en valor hoy) supone un proceso de radicalización democrática. Un proceso que será imposible llevar a cabo sin una reforma fiscal, y que deberá poner en evidencia lo que ya sabemos desde finales del siglo pasado: que la democracia es un problema realmente existente para el neoliberalismo.

El futuro del Estado del bienestar empieza hoy.

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