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Opinión

'Billy El Niño', otro torturador que se nos muere en la cama

En 42 años de democracia no se le ha ocurrido a ningún gobierno rendir cuentas con la dictadura

Raúl Solís.- Juan era un buen hombre del campo que emigró a Madrid en los años 60 huyendo de la pobreza en Extremadura. A la capital de España llevaba las manos ajadas de coger aceitunas, algodón, trigo y lo que se terciaba para salir adelante en un pueblo latifundista donde la gente se metía debajo tierra sólo con ver al señorito.

Cansado de que su mano de obra se rifara por las mañanas en la plaza del pueblo por el manijero de la finca, que sólo le daba trabajo si no le quedaba más remedio, debido a que Juan era de los de la “cáscara amarga” y salía siempre en defensa de sus derechos y de los de sus compañeros. Harto, con poco más de 20 años, se montó en un tren de madera con una maleta de cuero y un número de teléfono al que tendría que llamar cuando llegara a Madrid.

El joven no sólo llevaba hambre de pan, tenía sobre todo hambre de libertad y justicia. En la fábrica donde le dieron trabajo se empezó a organizar alrededor del Partido Comunista de España y de las Comisiones Obreras, el sindicato democrático que creció dentro del Sindicato Vertical y que reclamaba salarios justos y trabajos decentes, ingredientes sin los cuales es imposible que la democracia sea democrática.

Al salir de una de las reuniones clandestinas del sindicato, a Juan lo siguieron hasta casi llegar a su casa y, antes de entrar a darle un beso a su mujer y sus dos niños después de todo el día trabajando, dos policías de la Brigada Político-Social lo montaron en una lechera y fue recibiendo leches hasta llegar a la Puerta del Sol.

Nada más entrar a la Dirección General de Seguridad, un grupo de quince policías le hicieron un pasillo con porras, látigos, palos y cinturones. Esa fue la bienvenida al terror de Billy El Niño, el sanguinario torturador que ha muerto por coronavirus, con una pensión aumentada en un 50% y medallas de mérito al trabajo por haber maltratado vilmente a gente tan buena y noble como Juan, cuyo único sueño en la vida era progresar, vivir dignamente de su trabajo y luchar para que las clases explotadas pudieran andar tan erguidas como las clases pudientes.

Tortura de la bañera

Después del recibimiento, a Juan le hicieron la tortura de la bañera. Le metieron la cabeza en un cubículo lleno de agua sucia y maloliente, con mierda, para que “cantara” y delatara a sus compañeros. El éxito de esta tortura era sacarlo cuando ya no le quedaba nadie de aire en los pulmones y veía la luz de la muerte. En otras detenciones lo subieron a una barra desnudo, como si fuera Jesucristo en la cruz, con los tobillos amarrados y la imposibilidad total de defenderse. De una de esas palizas en la barra se tiró una semana en el hospital de una hemorragia interna que a punto estuvo de costarle la vida. El torturador fue siempre Billy El Niño.

Conocí a Juan en una concentración de la memoria histórica hace unos cinco años. Nunca he olvidado su cara de miedo, incluso habiendo pasado casi 50 años de aquellos episodios atroces. Tampoco he olvidado sus palabras: “No quiero que le pase nada malo a Billy El Niño, ni siquiera que le hagan lo que él me hizo padecer, sólo quiero que deje de ser un ilustre para el Estado”

No tuvimos nuestro Nuremberg

La muerte de Billy El Niño, en la cama, dice mucho y mal de nuestra democracia, levantada sobre el edificio institucional y legal del franquismo. En España no se depuraron a jueces franquistas, ni se apartaron a los policías sanguinarios como Billy El Niño, ni se puso luz para que la democracia futura creciera sin grietas. Enterramos a Franco pero no al franquismo. No tuvimos nuestro Nuremberg.

El ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, tenía preparado el protocolo para quitarle los honores a Billy El Niño, después de que Unidas Podemos lo incluyese en el acuerdo del Gobierno de coalición, pero la realidad es que el sanguinario ha muerto plácidamente en la cama de un hospital sin haber sido juzgado porque en 42 años de democracia no se le ha ocurrido a ningún gobierno rendir cuentas con la dictadura.

La democracia no la trajo Juan Carlos de Borbón, el monarca emérito designado por la mano del dictador, que también morirá sin ser juzgado por sus negocios en el extranjero, sino por gente tan honorable como Juan, Julia Hidalgo, Paco Lobatón o Chato Galante, jóvenes que dedicaron los mejores años de su vida, desde sus centros de trabajo o de estudios, a defender la libertad y la democracia sin que hayan recibido todavía una medalla, un homenaje o una porción de justicia de un país que seguirá sin tener futuro mientras no le mire de tú a tú a nuestro pasado más reciente.

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