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Opinión

Cobra kai y la nostalgia: postmodernidad e inmovilismo

Hola, me llamo Ricardo y soy un nicho de mercado. Como cualquier cuarentón nacido entre 1976 y 1980 y que por tanto fue niño en los años 80, las grandes plataformas de la industria del entretenimiento se desviven por ofrecernos todo tipo de productos culturales que nos recuerden que fuimos niños una vez. La infancia la vivimos con Barrio sésamo, Los goonies y He-man y los másters del universo; nuestra adolescencia en los años noventa vino de la mano de Nirvana y Seattle, el rap de la llamada ‘golden era’ y los despojos de la denominada ruta del bakalao. Hijos de los boomers, somos la generación X. De la mano de Winona Rider y el BUP (y a diferencia de los millenials y la generación Z), adquirimos un relativo y precario poder adquisitivo (yo es que me hice músico) y una relativa y precaria estabilidad que, viendo la situación actual, casi se ha convertido en un privilegio. Por ello Netflix se nos rifa.

Primero fue Stranger Things, una actualización divertida y bien hecha –pero perversa– del cine de los años 80 producido por la factoría Spielberg: E.T. y especialmente Los Goonies. Llena de guiños y referencias a los años 80 (la música, los recreativos, los peinados, los walkie talkies, las bicis chopper…) su única función es golpearnos en la cabeza con ese bate llamado nostalgia para que gritemos en nuestro sofá barato de Ikea y naveguemos por ese océano llamado infancia. Y sigamos pagando la cuota de Netflix, claro.

El último golpe bajo (también de Netflix) ha sido Cobra Kai, otra actualización de un clásico de los 80, en esta ocasión Karate Kid. 30 años después de su enfrentamiento final en 1984 con Daniel LaRusso en el torneo de karate All Valley, Johnny Lawrence no está en su mejor momento y, tras una serie de carambolas, decide abrir un dojo de kárate para ayudar a su vecino Miguel, que sufre bullying en el instituto por parte de los matones y abusones de siempre (hay cosas que nunca cambian). Golpear primero, golpear fuerte. Sin piedad. Por su parte Daniel LaRusso se ha convertido en un próspero hombre de negocios que abre concesionarios de coches sin parar porque ‘machacamos los precios de la competencia’, su rostro sonriente aparece en grandes carteles por toda la ciudad. Así, mientras Johnny es un boomer anclado en la nostalgia ochentera con camisetas de Metallica además de un bebedor de birra que no tiene redes sociales ni trabajo estable, Daniel LaRusso se ha convertido en un triunfador, en un pijo con una idílica familia pija y una mansión con piscina. Aquí reside el truco o gancho de la serie: a diferencia de la peli de los años 80, la serie está escrita para que empaticemos con el perdedor, con el viejo boomer que añora los «buenos tiempos». Los tiempos en los que, cuando te gustaba una chica, te acercabas y le decías hola, no le pedías amistad en Facebook o le dabas un like en Instagram. La serie combina, de forma entrañable y acertada, lo viejo y lo nuevo. Resulta realmente impagable (y desternillante) el capítulo en el que Johnny se abre Tinder y empieza a quedar con mujeres. Pero las mujeres, a diferencia de ti, han cambiado Johnny. Y ahora hablan del patriarcado o el capitalismo racista en la primera cita. O son bisexuales, por muy raro que te parezca, Johnny. Y funciona porque Johnny, aunque se ha quedado anclado en los «buenos tiempos», tiene un buen corazón y se esfuerza por entender esos nuevos tiempos digitales y acelerados, con mejor o peor resultado.

Pero los únicos ‘buenos tiempos’ a extrañar no son los 80, también están los 90. En los últimos años hemos asistido a un revival absoluto de la ruta del bakalao y los temas machacones y cantaditas de mediados de los 90. Así, se suceden los festivales llenos de artistas que cosecharon un hit bakalaero en los 90, festivales que congregan a miles de cuarentones y cuarentonas que ‘se escapan’ un finde para, como en los buenos tiempos, ponerse hasta arriba de todo tipo de sustancias mientras atruenan los hits de su juventud. Hemos visto también como, al menos en la ciudad de València, han aparecido con fuerza los llamados ‘tardeos remember’. La fórmula es sencilla: dejas a los niños el fin de semana con los abuelos, el sábado comes en un restaurante del paseo marítimo y ya cocido tras la comida, a las 16:00h entras en Acuarela playa (antigua A.C.T.V., emblema de la ruta) y te pasas toda la tarde-noche bailoteando hasta arriba: haber empezado por la tarde hace que puedas estar en casa a una hora prudencial y el lunes seguir con la rutina laboral y paternal.

Tardeos remember, series diseñadas para apuntar a lo más profundo de nuestra infancia, páginas y plataformas tipo ‘yo fui a la EGB’ que literalmente arrasan, festivales de música llenos de glorias noventeras, padres que se dejan la paga en figuras y juguetes de Star Wars, regreso y auge de las consolas de 8 bits y los juegos arcade (tengo una maldita máquina de recreativos en mi salón, joder): vivimos en un estado de nostalgia permanente, en una especie de bucle, en un revival continuo que parece no tener fin. Un Estado de Nostalgia Permanente que en lo cultural puede estar bien, resulta entrañable, divertido, inofensivo. Pero la lectura política es algo más compleja. Y más siniestra.

La nostalgia es un fenómeno interclasista, se da tanto en la derecha como en la izquierda, de hecho la derecha se pasa la vida recordando los ‘buenos tiempos’, añoran el franquismo, añoran la masculinidad hegemónica y cuando los hombres eran hombres, añoran a los gays dentro del armario, añoran a las mujeres en la cocina y añoran a Clint Eastwood impartiendo justicia con sus puños o su Magnum. La nostalgia atraviesa a la izquierda y a la derecha, ahora bien, es cuando la política económica hace acto de presencia que se rompe ese interclasismo: no hemos escuchado, de momento, a ningún derechista añorar los tiempos «en los que había propiedad privada». «Recordáis el capitalismo? Eso eran buenos tiempos, joder». Suena raro ¿verdad?

Podría ser que toda esta nostalgia fuera, simple y llanamente, una muestra de la inmadurez e incapacidad para vivir el presente. Y desde luego, en la izquierda, la prueba de cuánto nos cuesta imaginar futuros posibles. La nostalgia es, en términos políticos, puro inmovilismo y nula capacidad de transformación. Casi de forma paralela a la caída del muro y del bloque socialista en la Europa Oriental, surgió la nostalgia. El fenómeno conocido como «ostalgie» un neologismo que deriva de las palabras ost (este en alemán) y "nostalgie", se refiere al sentimiento de nostalgia por el pasado socialista de la extinta República Democrática Alemana (RDA), cuando el este del país formaba parte del llamado bloque soviético. Fenómenos parecidos se ha producido también en otros países del este de Europa. Especialmente significativo es el caso ruso: una encuesta de 2018 mostró que el 66% de los rusos lamentaban la caída de la Unión Soviética. No es nuevo, en el año 2004, se lanzó en Rusia un canal de televisión de nombre Nostalgya, el logo es una hoz y un martillo y llena su parrilla con antiguas series y películas producidas en la URSS, así como con desfiles militares soviéticos en la Plaza Roja. Pese a todo, pese a la nostalgia –y hasta donde yo sé–, no hay indicios de que en Rusia o el este de Alemania vaya a estallar una revolución socialista. Y esto ocurre porque la nostalgia opera muy bien a nivel emocional pero es absolutamente inútil –y contraproducente– a nivel político. La nostalgia paraliza, emboba, desmoviliza. Hija pródiga de la postmodernidad, la nostalgia nos obliga a mirar al pasado y no al futuro. Y es difícil construir un proyecto emancipador cuando se vive anclado en el pasado.

Cuando has perdido la batalla y el neoliberalismo vence y se expande por todo el globo arrasando con las cenizas del socialismo realmente existente, ¿qué le queda a la izquierda? Refugiarse en el pasado, refugiarse en unos tiempos en los que vencimos y se nos temía. En realidad es un mecanismo de defensa lógico y natural pero profundamente ineficiente. Si la nostalgia constante nos presenta siempre un pasado mejor, ¿qué sentido tiene luchar para mejorar nada? ¿Alguien se imagina que Lenin hubiera basado su programa, su teoría y su estrategia en La Comuna de París? No, Lenin y la revolución soviética vencieron porque ofrecían un mundo nuevo, un futuro posible, una utopía al alcance de la mano. Ofrecían la victoria. O en otras palabras: la izquierda ceniza debería ser desterrada para siempre de cualquier espacio transformador. El problema, me temo, es que en la actualidad ni siquiera nuestros representantes políticos están convencidos de la posibilidad de un futuro mejor y posible. En consecuencia, tenemos un pie en ese pasado glorioso y difuso –que no volverá, no al menos con esa terminología ni esos símbolos–, y otro en un inevitable No future que hace que el bueno de Sid Vicius sonría desde el infierno: os lo dije palurdos.

Presos voluntarios de ese Estado de Nostalgia Permanente en el que somos como hámsters corriendo en la rueda y vivimos en un bucle temporal infinito –como en La invención de Morel– mientras nuestros derechos son cercenados. El fenómeno es intergeneracional: ya se escuchan voces entre muchos millenials que añoran el ‘reguetón viejo’ (Don Omar, Tego Calderón…) frente a los J. Balvin y Bad Bunny de ahora. Nadie está a salvo de la nostalgia porque, sencillamente, todo el mundo cumple años. Quizá los mismos millenials dentro de unos años, cuando todo haya sido arrasado por el cambio climático y la desregulación absoluta y haya disputas tribales por el agua y la gasolina, nos griten llenos de canas que, «los tiempos de Yolanda Díaz en el ministerio de trabajo, eso eran buenos tiempos». Porque la nostalgia es, por encima de todo, conformismo y ausencia de un futuro emancipador.

Pero yo creo más en Lenin que en Sid Vicius: toca construir un futuro, toca aparcar la nostalgia.

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