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Opinión

Cómete a los ricos: ‘Parásitos’, Elon Musk y la meritocracia

Cómete a los ricos: ‘Parásitos’, Elon Musk y la meritocracia

Detrás de cada gran fortuna hay un delito
Honoré Balzac

Cuando se estrenó la película ‘Parásitos’ del coreano Bong Joon-ho, fue elogiada por muchos multimillonarios y personas pudientes. Encabezados por Elon Musk –quizá el multimillonario más imbécil sobre la faz de la tierra–, las redes se llenaron de señores con yate y jet privado que se deshacían en halagos y lisonjas hacia la película ganadora del Oscar y que además arrasó en el Festival de Cannes, llevándose la Palma de Oro.

Puede resultar chocante y cualquier persona que haya firmado un contrato de trabajo sabe que los parásitos son los dueños de la casa, los ricos. Y que la familia pobre lo único que hace es luchar por sobrevivir, a cualquier precio. No obstante –y aquí reside el nudo gordiano de la cuestión–, bajo la perspectiva de Elon Musk, la familia pobre es la que, de forma sibilina, perversa y desde luego cuestionable, pretende aprovecharse de la buena posición y del esfuerzo de los dueños de la casa: son unos parásitos sin escrúpulos que, mediante una serie de triquiñuelas, trucos e ilegalidades, procuran parasitar la riqueza de la familia dueña de la mansión.

Y bajo la perspectiva de Elon Musk tiene sentido, pero tiene sentido porque, como dijo el barbudo alemán, son las condiciones materiales la que determinan la conciencia y no al revés. Desde el momento en el que cualquier millonario piensa que su fortuna es legítima, legal y fruto de su esfuerzo, es completamente lógico que piense que, en la película (y en la vida real) el que parasita es el pobre. En realidad es un miedo ancestral que anida en el corazón de todo multimillonario: la posibilidad de que los pobres, organizados y en manada, asalten su estilo de vida y le arrebaten por la fuerza todo aquello que tanto valora y disfruta, toda su riqueza.  De ahí los muros en las urbanizaciones de lujo, la seguridad privada y las constantes diatribas en Twitter de Musk contra el marxismo y los gobiernos de corte popular como el boliviano. Elon Musk cree realmente que su fortuna es legítima y fruto de su esfuerzo; cree realmente que la película es maravillosa porque denuncia cómo los pobres intentan aprovecharse, con todo tipo de tretas y subterfugios, de la legítima fortuna de los ricos. Y muy probablemente también, qué duba cabe, Elon Musk piensa que los pobres tienen un olor particular. Me lo imagino en su mansión viendo la peli en una pantalla gigantesca mientras dice: buah, qué peliculón, es que soy yo literal.

No importa cuántos estudios empíricos demuestren que la meritocracia es una mentira y que el éxito depende de tu código postal, es decir, del barrio y la familia en la que naces; no importa que millones de veces se haya puesto encima de la mesa que el requisito fundamental para convertirse en un empresario ganador no es el esfuerzo o perseguir tus sueños fuertemente si no un papá con muchos ceros en la cuenta bancaria; no importa que se verifique una y otra vez que, detrás de cada emprendedor de éxito y multimillonario mediático, hay detrás una familia rica que se remonta varias generaciones en el tiempo. Y desde luego poco importaría (aunque sería maravilloso) que el director Bong Joon-ho se plantara en la puerta de la mansión de Elon Musk y le dijera: no has entendido una puta mierda anormal, los ricos sois los parásitos y tú eres imbécil. No importa, Musk seguiría pensando que su fortuna es legítima y los pobres son parásitos que no se esfuerzan y quieren robarle. Y es cierto Elon, queremos robarte tu fortuna, no lo dudes ni un momento.

En la maravillosa Little Fires Everywhere hay una escena antológica en la que la hija, tras haber sido aceptada en Yale, es felicitada por su madre, quien se encarga de recordarle que está ahí únicamente por su esfuerzo y sacrificio, no por pertenecer a una minoría. ¿Disculpa María Luisa? Has oído bien puto rojo: Porque se esforzó en las clases particulares, se esforzó aprendiendo otro idioma viajando al extranjero, se esforzó en las actividades extraescolares y, en definitiva, se esforzó mucho en todas aquellas cosas que la hija de un fontanero jamás habría podido esforzarse por mucho que lo deseara fuerte. Y por eso las hijas de los fontaneros no van a Yale. A no ser que pertenezcas a una minoría y tengas la suerte, de una entre un millón, de que te ofrezcan una beca: hoy en día una universidad en la que sólo estudian blancos, no tiene muy buena prensa, por muy elitista que sea. Y el «esfuerzo» se hereda y pasa de padres a hijos.

En el año 2016 en Italia, una investigación fiscal demostró que «los ricos en Florencia son los mismos desde hace 600 años»: el estudio concluyó que las familias más adineradas del año 1427 coinciden con las familias más ricas de la actualidad. Seguro que a muchos miembros ilustres de estas familias también les gustó ‘Parásitos’. Y seguro que están convencidos de que son ricos gracias a su esfuerzo y a desearlo muy fuerte. El dato, visto con cierta perspectiva, es espeluznante. Pero la realidad económica es dialéctica y ocurre también a la inversa. Como reverso tenebroso de la misma moneda, si naciste en el seno de una familia pobre, es muy probable que sigas siendo pobre, tú y tus descendientes. Así, en White trash de Nancy Isinberg (Capitán Swing) se nos explica que el fenómeno rednecko ‘white trash’ no es del siglo XX (ni mucho menos de la era Trump), sino que hunde sus raíces en la colonización británica y la misma fundación del país de las barras y estrellas: todos esos desdentados pobres del sur que viven en caravanas y destilan whisky barato en la parte de atrás de su porche, en realidad vienen de muy lejos. Su pobreza y ruina vienen de muy lejos.

Cuando se produce la colonización británica de Norteamérica –como en toda colonización –, hacen falta muchos brazos y mucha mano de obra barata. Toda esa fuerza de trabajo, en muchas ocasiones forzada (eran llevados a la fuerza), claro que no vendría de las clases acomodadas. Tampoco saldría de la clase trabajadora, cuya pericia en la cadena de producción era muy tenida en cuenta en la incipiente industria manufacturera británica. El grueso de esa fuerza de trabajo tendría que salir del creciente número de indigentes y personas sin hogar que se acumulaba en las grandes urbes británicas. Los despojos, los no productivos, el sobrante, lo peor de lo peor, el lumpen entre el lumpen: un ejército de mendigos, alcohólicos y enfermos mentales que fueron trasladados por la fuerza para, como apunta un cronista de la época en el libro de Isinberg: «constituir en la vasta y salvaje Norteamérica, un gigantesco asilo para indigentes».

Pues bien, si te preguntas por qué existe esa clase obrera blanca, esa white trash o escoria blanca que vive completamente al margen de la sociedad llena de alcohólicos, madres solteras adolescentes y jóvenes desdentados adictos al cristal, abocada siempre a los peores trabajos y la miseria más acuciante, es bien sencillo: son los descendientes de todos aquellos mendigos y personas sin hogar que fueron trasladadas por la fuerza a Nueva Inglaterra desde las cárceles, correccionales y asilos para pobres británicos del siglo XVI. En realidad tiene todo el sentido, si durante 600 años las familias más ricas de Florencia han continuado siendo las familias más ricas de la ciudad ¿por qué durante 400 años, los más pobres entre los pobres y abandonados iban a dejar de serlo?

Elon, vamos a por ti.

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