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Opinión

CPV: el grupo que nos enseñó a no tener miedo

CPV

Otoño de 1995. Sala Jerusalem, centro de Valencia. La gente se arremolina en la entrada, se palpa cierta tensión en el ambiente. Es el primer concierto de hip hop de nuestras vidas. Años antes habían circulado las primeras cintas de esa música nueva de la que no entendías absolutamente nada pero que tenía algo inexplicable y no podías dejar de escuchar: Das EFX, Gangstarr, Ice Cube, Beastie Boys... El skatepark de Paiporta a mediados de los 90 se convirtió en un auténtico mercadillo de cintas de cassette donde intercambiar grupos; te prestaban una cinta a cambio de otra, la grababas en una cinta virgen, le ponías unas letras chulas en la caja y devolvías la ‘original’ al chaval. Había camaradería.

Un día apareció un tipo nuevo, no era de por aquí ("¿de dónde sales? no me suenas apenas, ¿de parte de quien vienes?"). Era más mayor que nosotros, por aquellos años adolescentes con la cara llena de granos y los pantalones tan caídos que podías tropezar con tus rodillas. Decía que había un grupo de Madrid, rap en castellano, ¿sabes?, que era la puta hostia. ¿Rap en castellano? Había algunas cosas ya circulando pero nada que pudiera ser catalogado como la puta hostia, al menos que nosotros hubiéramos escuchado (recuerda que no había Spotify ni Youtube). Casi llego a las manos con un amigo para ser el primero en conseguir la cinta (tampoco había debates sobre masculinidad tóxica ni nada que se le pareciera).

Con la cinta en mi poder, ya sólo quedaba escucharla. Llego a casa e introduzco la cinta en la pletina. El sonido es espeluznante y la música estridente como nada que hubieras escuchado antes: el beat apenas se oye y todo es un amasijo de pitidos y ruidos molestos. Pero entonces empiezan a rapear. Vacile, rabia, competición, rimas ingeniosas, barrio y proclamas antinazis (nazi neo nazi neo qué? Neo pum! pum! pum! neo estúpido ignorante). Pese al ruido, se van sucediendo los himnos: Directo del rimadero, El Psicópata, Sánchez, Metafísica urbana, Baila maldito... ¿Quiénes son estos tíos? Los tíos que poco después publicarían Madrid Zona Bruta, los tíos que van a dar un concierto en el centro de Valencia.

Le insisto a mi padre que no me deje en la puerta, pero mi padre, cabezón y buen padre, me deja en la puta puerta. Hacía un par de días me había torcido el tobillo jugando a baloncesto e iba con la pierna escayolada y muletas. Y desde luego no era de ‘tipo duro’ que tu papá te dejara en coche en la puerta del concierto, por muchas muletas que llevaras. Luego estaba el coche, claro. Un Renault 12 que ya por aquel entonces era una auténtica tartana más pasada de moda que las hombreras. Déjame que te explique: por aquel entonces no se había publicado 'Chavs' de Owen Jones, Rosalía no había sacado vídeos de estética poligonera y ni 'Vice' o 'El País' publicaban artículos romantizando la pobreza. La pobreza no era cool, no se había convertido todavía en un dispositivo estético del que extraer beneficio, no había artistas que se disfrazaran de pobre, no era moderno fingir acento de barrio. No existía ningún Ernesto Castro de clase media fascinado por los códigos de los jóvenes de la periferia, ni tampoco había revistas de tendencias que romantizaran la delincuencia, el lumpen y el tráfico y consumo de estupefacientes. Ser pobre era, en el mejor de los casos, algo embarazoso. Pero aquella noche, todos los chavales de los barrios periféricos (mayoría en el concierto) sentimos orgullo. Fue indescriptible. Después de aquel concierto me puse a escribir letras en un folio, la misma noche cuando llegué a casa, sería absurdo intentar explicar todo lo que les debo.

Creo que el éxito de CPV residió en su diversidad, en su unidad en la diversidad. Eran un montón. Y muy distintos y diferentes entre sí. Eran una especie de Wu Tang Clan a la española, una especie de Back Street Boys de barrio obrero en el que cada fan teníamos a nuestro favorito. Estaba Nafri con el vacile, Kami con su deje tan particular, el Meswy con el rollo más social y político.. Además eran todos enormes y aparecieron rapados y vestidos de negro hablando de dar hostias a los nazis. Joder, impresionaba. Luego por supuesto estaba la cuestión de las rimas, nadie había escrito letras así, nadie había soltado frases de ese calibre. Había juegos de palabras, un vocabulario rico y metáforas e hipérboles para llenar un campo de fútbol. Cuidaban las formas y cuidaban el mensaje: empecé tirando piedras y ahora soy un asesino / tengo más rabia dentro que un niño palestino. Te vacilaba pero a la vez te hacía pensar, denunciaba. Yo no concibo las letras del hip hop de otra manera.

Otra cuestión fundamental es que era un grupo con personas racializadas, había dos negros y un amazigh de Marruecos. Aquello era algo también inaudito para la escena musical de mediados de los 90 en España (en realidad lo sigue siendo hoy día también). Y desde luego, no es lo mismo escribir letras contra los nazis o contra el racismo cuando todos son blancos que cuando hay personas racializadas, todo adquiere un cariz diferente, auténtico, real.

REAL es la palabra clave, podrían haberse presentado como una vulgar y vergonzosa copia de determinado estilo de rap norteamericano (un rollo más gangsta, un rollo chicano, etc) como vimos después hasta la saciedad en nuestro país una vez se instaló el hip hop (la mayoría fracasaron). Cuando una cultura se convierte en universal (y el hip hop en el año 94 ya era universal) puedes hacer dos cosas: calcar la fuente original o adaptarla a tu realidad social. El hip hop nace en la calle, pero no son lo mismo las calles de Nueva York que las calles de Los Ángeles, ni siquiera hace el mismo tipo de clima y algo aparentemente tan nimio como el clima, condiciona la música. Por eso el sonido G funk de Los Ángeles (cálido, funky..) es tan diferente al sonido East Coast de Nueva York (crudo, frío, más seco..). Y si las calles de Nueva York son distintas a las calles de los Ángeles, la diferencia con las calles de Alcorcón o Madrid, es abismal. Se trata de realidades políticas, urbanísticas, raciales, históricas… muy diferentes. Podrían haber aparecido con ropa súper holgada y de colores rollo Wu-tang o Mobb Deep, pero no, eligieron el negro. Y se raparon las cabezas modo skinhead. ¿Muchos 20N compartiendo trinchera con redskins, movimiento que también emergía en España por las mismas fechas? 20N de manifa / ¿te dieron con la porra en la rifa? / Sí, los de azul y casco blanco eran fascistas. La cuestión indiscutible es que supieron adaptar el hip hop, tanto a nivel estético como lírico, a nuestra realidad concreta. Pocos años antes, unos tales NTM habían hecho lo propio en Francia. Análisis concreto de la realidad concreta, dicen siempre los sociólogos marxistas.

Y también, de alguna manera, nos obligaron elegir bando. En la periferia de València a mediados de los 90 tenías tres opciones. O eras un pijo de toda la vida (descartada, no teníamos dinero) o eras un nacional-bakala y te comprabas una bomber Alpha Industries y le ponías la bandera de España (ni de coña) o, en el rollo más alternativo, empezaba a surgir también lo indie con grupos como Los Planetas o Dover y sellos como Subterfuge. ¿Quién querría llevar un flequillo popero en 1995, José Luis? Que se jodan las guitarras y tu pasta. Deportivas, sudadera negra y raparse la cabeza, además era barato porque nos pelábamos los unos a los otros. La de veces que llegué con calvas y trasquilones al instituto. Entonces te ponías la capucha, la mochilla (siempre llena de botes o rotuladores) y te daba el aspecto de ser alguien con el que era mejor no tener problemas. Habíamos elegido bando porque mi barrio está mal y tu barrio está mal / pero no resulta raro siempre han estado igual.

Por último, otro de los motivos fundamentales por los que CPV impactaron de esa manera fue por su DJ, Jota Mayúscula, recientemente fallecido (aprovechamos de nuevo para mandar un abrazo a familiares y amigos). CPV fue el primer grupo en poner al DJ en el centro, de la producción y del show en vivo. La tarima del DJ se elevaba en el centro del escenario, dos platos Technics y una mesa de mezclas. Nada más. Y se sucedían los trucos, los scratches, las mezclas, los cambios de ritmo, la técnica del beat jungling… Cuando salió CPV todo el mundo quería ser rapero, pero gracias a Jota la gente entendió que no podías montar un grupo de rap sin un DJ, era algo tan indispensable como las rimas. Sin Jota Mayúscula el hip hop en nuestro país sería de otra forma.

Pero pese a su impacto, pese a conseguir entrar en el circuito de salas y en algunos festivales y como bien me dijo Swy en la entrevista, CPV tenía un techo de cristal, de un cristal demasiado grueso. Y nunca alcanzaron el mainstream o un circuito más comercial o de masas. En definitiva, nunca se acercaron a las cifras de ventas y entradas de muchos grupos de hip hop que salieron posteriormente, ni qué decir tiene de la actualidad. Es tremendamente injusto pero siempre fueron un grupo undeground, palabro horrible que habría que desterrar parea siempre. La industria estaba en pañales, las redes sociales e internet todavía no habían explotado y, seamos sinceros, tenían fama de liantes y marroneros, algo que siempre espanta a los promotores. La industria prefiere a los buenos chicos, a los que no dan problemas. A CPV le tocó ser pioneros, abrir brecha, ensanchar el camino –literalmente a hostias–, un camino demasiado empedrado y lleno de unos obstáculos a veces insalvables. Por todo ello, no se puede calcular cuánto debe el hip hop estatal a la banda madrileña, muchísimo. Como decía Toni el otro día: gracias a grupos como CPV y a programas como El Rimadero hoy hay raperos que llenan pabellones y ocupan el número 1 de la lista de discos más vendidos.

Y aunque limpiabotas del régimen como Soto Ivars se empeñen en recordar los 90 como poco menos que un capítulo de Heidi, la violencia nazi era una realidad palpable en las calles españolas. Y con 16 años ya habías corrido delante de nazis más de una vez si te movías por determinadas plazas o ambientes. Hacía tres años que Guillem Agulló había sido asesinado, antes lo fue Lucrecia. Y tantas otras, la lista de víctimas es terrorífica. Había que ir con mucho ojo y nunca acercarse a determinadas zonas, aquí en Valencia, la zona de Mérito y los alrededores del campo de Mestalla. Pero una noche todo cambió.

Estábamos en el barrio del Carmen, la tropa de siempre. La gente bebía, fumaba, tocaba los timbales y hasta aparecieron los primeros rimaderos donde escupir tus habilidades. De repente y sin previo aviso escuchamos «a por ellos» y aparecieron un montón de nazis con palos y cadenas. Habían salido a «cazar guarros». O a tocar el tambor. Se desata el caos y todos corrimos y retrocedimos hasta un callejón, tanto que al final nos topamos con una finca que estaba siendo rehabilitada. No recuerdo quién fue el primero, pero alguien cogió un ladrillo y lo lanzó. Siempre hay un primer valiente. Segundos después, una lluvia de ladrillos y tablones de obra contuvo primero, e hizo retroceder después, a la horda nazi. Y alguno se fue con la cabeza abierta porque el rap se baila con un nazi en pareja.

Las batallas, sobre todo las que sales victorioso, perduran y permanecen en el imaginario colectivo por décadas. Años después rememorando la gesta de haber hecho correr a los nazis (fue un tema bastante recurrente los años posteriores) alguien dijo: sí tío, fue la puta hostia, rollo CPV. Y ahí estábamos en nuestra plaza. Sin miedo.

Muchas veces, en entrevistas me han preguntado si tengo miedo a represalias de la extrema derecha. Y la verdad es que estar en un grupo de izquierdas y abiertamente antifascista, no es fácil. Tienes que aguantar por un lado a la derecha y a la extrema derecha, por otro a los medios con su «los extremos se tocan y la extrema derecha y la extrema izquierda son lo mismo». Y en última instancia tienes que soportar también a «compañeros» para los que nunca eres lo suficientemente radical o te has vendido, que son los más cansinos en realidad. No podría enumerar las veces que nos han censurado, denunciado (incluida la Audiencia Nacional) o amenazado de muerte. Cuando tocamos en la fiesta universitaria aquí en Valencia, un sindicato estudiantil de extrema derecha hizo una pintada en azul a pocos pasos del escenario que rezaba algo parecido a: ‘Los Chikos del Maíz Terroristas’, con un punto de mira. Cuando me volvieron a preguntar si tenía miedo a los nazis dije: ¿Yo? yo me crié con CPV.

Hoy aquellos nazis de los 90, se dejaron crecer el pelo, se pusieron una corbata y ocupan escaños en el congreso.

A por ellos.

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