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Política

“De salir adelante, la Superliga supondrá la muerte del aficionado y la supremacía del cliente”

Entrevista a María Cappa, coautora de ‘También nos roban el fútbol’, el libro que adelantó hace un lustro las consecuencias más graves de la progresiva mercantilización del fútbol.

“De salir adelante, la Superliga supondrá la muerte del aficionado y la supremacía del cliente”
Portada del libro ‘También nos roban el fútbol’, de Ángel Cappa y María Cappa

Muchas de las últimas y más graves consecuencias de la progresiva y aparentemente imparable mercantilización del fútbol las adelantaron hace un lustro el entrenador Ángel Cappa (Bahía Blanca, Argentina; 1946) y la periodista María Cappa (Madrid, 1987) en ‘También nos roban el fútbol’ (Akal, 2016), un libro que ha vuelto a la actualidad con motivo del proyecto de la Superliga, el campeonato del que todo el mundo habla estos días. María Cappa ha conversado con LUH sobre cómo y por qué nos roban –también– el fútbol.

PREGUNTA– Algunos dicen que entre los más jóvenes se está perdiendo la afición por el fútbol…

RESPUESTA– Yo, desde luego, eso no se lo he escuchado decir a ninguna persona relacionada con el fútbol. Otra cosa es que determinados empresarios, ya sea los que se han apropiado de clubes de fútbol o los que trabajan en determinados medios de comunicación, consideren que la audiencia que generan determinados partidos no es la que esperaban. Eso por un lado. Por otro lado, a cualquier aficionado al fútbol, sea de la edad que sea, lo que le cansa es el exceso de partidos y competiciones organizadas para enriquecer a los empresarios de los que te hablaba antes –y a los relacionados con el marketing–, que es algo de lo que también se han quejado los propios jugadores y entrenadores del fútbol masculino, que es a quienes están sobreexplotando. Este exceso de partidos hace que no sólo acabe siendo machacante, sino que, como es natural, el cansancio acumulado de los futbolistas y la falta de tiempo para entrenar y, por tanto, para mejorar la calidad de los equipos deriva en partidos más aburridos. Además, debido al reparto cada vez menos equitativo de los ingresos que se generan, los equipos con menos dinero tienen cada vez menos opciones de comprar jugadores de calidad. Esto no significa que los jugadores españoles no sean buenos, sino que los clubes más ricos se pueden permitir tener a los mejores no solo de España sino también de otros países, por lo que sus equipos acaban siendo una selección de estrellas internacionales. Esto genera que la emoción en los torneos locales sea cada vez menor, porque siempre acaban ganando los mismos, y que las competiciones internacionales pierdan su atractivo porque siempre se las acaban disputando entre los mismos ocho equipos... Que, paradójicamente, es lo que Florentino Pérez y sus 11 apóstoles consideran que es el atractivo principal de su nueva Superliga.

P.– ¿Qué es exactamente esa Superliga?

R.– Si lo que me pides es una definición, te diré que la Superliga es una aberración, una vueltita de tuerca más del neoliberalismo aplicado al fútbol, el último ejemplo –por ahora– de aquella gran frase de Eduardo Galeano: “Nos mean y dicen que llueve”. Si quieres una descripción, la Superliga es una competición creada por 12 de los clubes más ricos de Inglaterra, España e Italia (Manchester United, Manchester City, Liverpool, Arsenal, Chelsea, Tottenham, Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid, Inter de Milan, AC Milan y Juventus) al margen de la Champions League. Dicen que el objetivo de esta competición es ofrecer partidos atractivos –porque los partidos en los que juega un equipo modesto, según ha declarado Florentino Pérez, no lo son– para así recuperar a parte de la audiencia que dicen haber perdido y sumar a esos jóvenes de entre 16 y 24 años a quienes creen que no están atrayendo lo suficiente. Esta competición la jugarán todos los años los mismos 15 equipos –los 12 citados y otros tres aún por determinar– y otros cinco que irán variando cada año de acuerdo con sus méritos deportivos.

Al respecto de esto último, hay una reflexión de Sid Lowe, periodista inglés afincado e España, muy interesante. En Twitter, se ha preguntado cuáles serán los criterios que estos 12 magnates tendrán en cuenta para hablar de “méritos deportivos” y ha apostado a que, si la Superliga sale adelante, acabaremos viendo a equipos chinos, catarís o japoneses compitiendo anualmente en ella. Esto me ha hecho pensar que si, tal y como han declarado, su objetivo es conseguir más dinero por medio de las retransmisiones, puede que los méritos deportivos los midan en términos económicos, como han estado haciendo hasta ahora, por lo que serán aquellos equipos que generen un mayor interés –y, por tanto, dinero– en las televisiones extranjeras los que puedan aspirar a ser uno de los cinco elegidos.

De todos modos, una de las mejores definiciones que se han dado hasta el momento respecto a lo que subyace de la Superliga ha corrido por parte de Marcelo Bielsa: “Los poderosos lo son por lo que producen, pero el resto son indispensables. Lo que le da salud al fútbol es la posibilidad del desarrollo de los débiles, no el exceso de crecimiento de los fuertes. Los ricos quieren ser más ricos a costa de que los pobres sean más pobres”.

P.– Si los promotores de la Superliga acaban saliéndose con la suya, ¿eso supondrá un antes y un después en el mundo del fútbol?

R.– Cada paso que se da hacia el neoliberalismo supone un antes y un después, aunque los medios, la FIFA, la UEFA y el resto de organizaciones o instituciones relacionadas con este deporte no solo no se hayan quejado sino que lo hayan apoyado u organizado porque les beneficiaba económicamente. Organizar un Mundial en Catar, a sabiendas de que es un país donde se vulneran desde hace años los derechos humanos de quienes viven y trabajan allí y a sabiendas de que lo consiguieron por medio de sobornos, por ejemplo, supone un antes y un después. La primera vez que se prohibió a las mujeres jugar al fútbol supuso un antes y un después. La primera vez que se privatizó la retransmisión de un partido de fútbol supuso un antes y un después; es más, la primera retransmisión, aunque fuera pública, también lo fue. La introducción del VAR, herramienta con la que ninguna persona que sepa de fútbol o que se dedique al fútbol está de acuerdo, ha supuesto un antes y un después. En este caso, creo que, de salir adelante, lo que va a suponer es el fin del fútbol como actividad cultural –en sentido amplio–, el fin de la relación entre la gente y su club, la muerte del aficionado y la supremacía del cliente. Exactamente lo mismo que ocurre en Estados Unidos con la sanidad, por ejemplo, y que ocurre cada vez que se privatiza un derecho fundamental y se convierte en un privilegio de ricos.

P.– ¿Quiénes son ahora los dueños del fútbol y cuál es su relación con el poder económico y con el poder político?

R.– Los dueños del fútbol son los mismos que los que consideramos ‘el poder económico’. Si te fijas en los dueños de los 12 clubes que han creado esta Superliga, son todos empresarios o fondos de inversión. Los clubes de fútbol son, para ellos, una vía más para diversificar su dinero y aumentar sus ingresos. En cuanto al poder político, es el que podríamos llamar el ‘colaborador necesario’, porque son quienes deben legislar para permitir o fomentar determinadas prácticas. En España, por ejemplo, no sé si alguna vez habremos tenido un Ministerio de Deporte como tal; siempre se lo ha ligado, como mínimo, a la Cultura, cuando no a Turismo también. Es decir, no se considera un sector lo suficientemente relevante, como ocurre con la Cultura. Y cuando han intervenido, lo han hecho para favorecer a quienes se lucran a costa del fútbol: la transformación de los clubes en sociedades anónimas, la recalificación de terrenos para construir estadios, las leyes relativas a qué partidos se consideran de interés público –que tienen que retransmitirse en abierto–, la organización de las competiciones masculina y femenina, los derechos laborales de quienes trabajan como futbolistas... Los empresarios hacen lo que la ley les permite hacer, que es prácticamente todo, tanto en este ámbito como en todos los demás.

P.– ¿Instituciones como la UEFA o la propia FIFA están perdiendo poder?

R.– La verdad es que no lo sé. Desde luego, respecto a los gobiernos, no; no hay más que ver cómo han reaccionado en los países cuyas competiciones podrían estar afectadas por la Superliga (bueno, excepto en España, donde la respuesta ha sido manifiestamente tibia porque, según parece, la sumisión al poder económico es mayor que en el resto). O no hay más que ver cómo los gobiernos miran hacia otro lado cuando, cada vez que se organiza un Mundial, la FIFA impone condiciones draconianas, no solo respecto a quiénes se tienen que lucrar con dichos eventos, sino incluso con la población que reside en esos países. Esto no solo ha sucedido en el caso de Catar, sino también en Sudáfrica o en Brasil, donde se han denunciado prácticas abusivas de todo tipo contra aquellos que, según los dueños del capital, entorpecían la preparación y organización de los Mundiales.

P.– ¿Y respecto a los empresarios?

R.– Bueno, es una lucha de poder entre, si se me permite el ejemplo, dos familias mafiosas. Lo que pasa es que hasta ahora nadie se había atrevido a cuestionarles la autoridad a la FIFA y la UEFA, pero el modelo socioeconómico imperante en la actualidad genera que el que tiene más dinero, tiene el poder, y estos 12 magnates tienen el dinero suficiente como para levantarse contra los que hasta ahora venían dominándolo todo. Desde ese punto de vista, parece que sí, que el dinero que hasta ahora había estado sufragando el poder de FIFA y UEFA puede no ser suficiente.

P.– ¿Qué papel han jugado y juegan las televisiones en todo este negocio?

R.– A las televisiones lo que les interesa es lucrarse a costa del fútbol. Respecto a la nueva competición, no creo que hayan jugado un papel determinante a favor de la Superliga y tampoco creo que lo jueguen en su contra. Se quedarán a la espera de ver quién de las dos familias gana para saber con cuál deben negociar en términos de dominio y con cuál en términos de equidad. Respecto al proceso de cambio de considerar el fútbol como un deporte a considerarlo un negocio, su papel es determinante. De nuevo, quien tiene el dinero, manda, y en cuanto los clubes de fútbol comenzaron a depender del dinero que ingresaban por los derechos de retransmisión, las televisiones comenzaron a decidir sobre horarios, presionar para crear nuevas competiciones…

P.– Detrás del proyecto de la Superliga está el banco estadounidense JP Morgan, pero todo esto no es nuevo: en la liga española, la Primera División de toda la vida se llama ahora Liga Santander, precisamente por el banco español. En ‘También nos roban el fútbol’ Ángel Cappa y tú denunciáis que el fútbol ha acabado reducido a un objeto más de consumo. ¿Cuándo empezó todo?

R.– Todo empezó cuando alguien pensó que era una buena idea implantar el capitalismo como sistema socioeconómico y un grupo más o menos nutrido de personas decidió creérselo. A ver, no hay un momento que, como decías antes, marcara un antes y un después, sino que, como ocurre con todo, se van dando pequeños pasos, sutiles, que se venden como ‘progreso’ y que a lo único que contribuyen es a ver cómo progresa la cuenta corriente de los que se van adueñando del deporte. Por marcar algunos de esos hitos, la primera vez que las televisiones se dieron cuenta de que la economía de los clubes dependía en parte de ellas, en los años ochenta; la primera vez que los anunciantes se dieron cuenta de que podían obtener dinero si se publicitaban durante los partidos, también por la misma época, más o menos; la primera vez que un representante político se dio cuenta de que podía mejorar su imagen si se asociaba a los ganadores, allá por los años treinta…

El caso Bosman, por ejemplo, fue fundamental para esto que te estaba diciendo de la capacidad de los ricos de comprar jugadores de todo el mundo. Por si alguien no lo sabe, Jean-Marc Bosman era un jugador de fútbol belga que demandó a su club porque, a pesar de que había finalizado su contrato con el RFC Liège, el club impuso una cláusula de transferencia altísima para que nadie pudiera comprarlo. El desarrollo es mucho más largo, pero el caso es que al acabar el juicio, se abolieron las cláusulas de traspaso y se determinó que los ciudadanos de la Unión Europea no contaran como extranjeros en los clubes que pertenecían a ella. Esto supuso que, además de poder comprar a cualquier jugador europeo, los clubes con mayor poder adquisitivo se hicieran con los mejores jugadores de las ligas sudamericanas, lo que inició el desequilibrio entre las plantillas que vemos hoy.

P.– Como todo en el capitalismo, el fútbol también está marcado por la desigualdad: entre jugadores de un mismo club, entre clubes, entre competiciones, entre el fútbol masculino y el fútbol femenino… ¿Esa desigualdad es cada vez mayor?

R.– El fútbol no es más que un reflejo de la sociedad. Hay desigualdad entre las provincias españolas, entre ciudades dentro de una misma comunidad autónoma, entre países de la UE, hay desigualdad entre Europa y el resto de los continentes… Y en el fútbol pasa exactamente lo mismo. ¿Es la desigualdad cada vez mayor en la sociedad? Sí. La pandemia ha incidido en la desigualdad entre mujeres y hombres, entre ricos y pobres, entre los dueños de las multinacionales y sus trabajadores… Y en el fútbol pasa lo mismo. La Superliga equivaldría a que los dueños de las 12 multinacionales con mayores ingresos decidieran no atenerse a las normas, ya de por sí, laxas que tienen que cumplir y decidieran que no pagarán la Seguridad Social de sus trabajadores, ni sus vacaciones, que no habrá más indemnizaciones por despidos… Vamos, como si estas 12 personas decidieran aplicar en Europa las leyes laborales existentes en Estados Unidos. Incidirá más aún en una desigualdad que ya es ofensiva.

P.– ¿Queda alguna esperanza de recuperar el fútbol, de recuperar aquello que un día fue el fútbol?

R.– ¿Queda alguna esperanza de recuperar aquello que un día fueron los derechos laborales? Pues sí y no. Los trabajadores somos más y si dejamos de obedecer por miedo (lógico) a morirnos de hambre, podremos o revertir el equilibrio de poder o, al menos, igualarlo. En el caso del fútbol, depende de los aficionados y de quienes se dedican al fútbol. En los aficionados, al menos en España, tengo una cierta fe. Creo que si llegan al nivel de hartazgo al que deberían haber llegado en la década de los noventa, cuando convirtieron a sus clubes en sociedades anónimas, son capaces de unirse y encabezar una revuelta para recuperar lo que hace tiempo les están robando. Si hay algo que temen los empresarios es perder la buena imagen, su reputación, porque, sorprendentemente, una buena parte de su negocio depende de ello; si ven amenazados sus ingresos, son más que capaces de recular, al menos algo. Ahora, si los futbolistas y los entrenadores no se suman a esta protesta masiva, es muy poco probable que se vaya a conseguir nada.

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