fbpx
Síguenos en

Búsqueda

LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS

Inicio de sesión ¡Bienvenido/a de vuelta!

¿No tienes cuenta en LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS? hazte socio/a ahora

Opinión

Del Carmelo al cielo: cuando la marginación se convierte en orgullo y lucha

El Carmelo marginación

Nací en 1978 en el barrio de La Salut, en las faldas de la montaña del Carmelo. Esa montaña que Juan Marsé inmortalizó en Últimas tardes con Teresa, creando un personaje mítico salido de nuestro barrio, el Pijoaparte. Como él, mis padres habían llegado a Barcelona en la década de los sesenta del siglo XX desde distintas latitudes de la península ibérica y se instalaron en barrios colindantes al Carmelo, Horta y el Coll. Ambos eran niños cuando migraron así que lo hicieron junto a sus padres, mis abuelos, y en el caso de mi padre, también junto a su abuela materna. Como hoy sucede, fue una migración por fases. Primero venía el padre y después el resto de la familia. A veces una parte quedaba en el pueblo y nunca migraba, otras veces la decisión de vivir lejos de la tierra suponía la emigración de todo el núcleo familiar. Decenas de miles de familias españolas llegaron a Barcelona en esas décadas para poblar los barrios de la periferia. Miles de historias distintas, pero a la vez muy parecidas, resumidas en trabajo, trabajo y más trabajo, en una realidad gris y dictatorial, que era incluso más dura para quienes estaban señalados por haber perdido la guerra.

“El Monte Carmelo es una colina desnuda y árida situada al noroeste de la ciudad…” escribía Juan Marsé en 1965. Era la época en que las oleadas migratorias procedentes de la geografía española poblaban la montaña. Con casas de autoconstrucción o pisos minúsculos de cuestionables condiciones de salubridad, sin servicios básicos, sin transporte público que llegara al barrio, pero con mucha dignidad y orgullo. Las fotos de la época muestran una Barcelona de pobres, piojos y barracas de la que ya no nos acordamos tras el subidón de las Olimpiadas de 1992 que puso a nuestra ciudad en el circuito del turismo internacional, previo lavado de cara.

El Carmelo de los ochenta y principios de los noventa estaba lleno de yonquis, descampados y ratas. La heroína había hecho estragos entre los hijos de los vecinos y el barrio se ganó una inmerecida fama de “lugar sin ley”. Decir que eras del Carmelo era garantía de que no se metieran contigo, al menos, por el miedo que despertaba esa frase en la gente de otros barrios (entiéndase de otros barrios que no estuvieran también en la lista de “barrios chungos” estigmatizados por la “gente bien” de Barcelona que no se atrevía a poner un pie en los nuestros). Pero la confesión también implicaba cargar con una etiqueta que mucha gente prefería no llevar en sus entornos laborales, por lo cual mentía sobre su origen (“soy de Horta, del Coll o de Vallcarca”, decían algunos). Entonces no sólo no se veía ningún turista por el barrio, sino que tampoco teníamos a gente del resto de Barcelona subiendo al Bar Delicias a hacer cola para comer las mejores bravas de la ciudad.

A partir de 1992 todos los barceloneses nos volvimos fashion y modernos, referentes del urbanismo y el diseño internacional, y, los que no lo éramos, más valía que nos fuéramos adaptando. La “Barcelona fea” de la periferia se volvió todavía más invisible pues no encajaba en la promoción turística del momento (todavía no habíamos llegado a los tiempos en que la gente hace turismo en las favelas o en los distintos barrios marginados del mundo). Como rezaba una campaña de denuncia contra la gentrificación que ya se oteaba en el horizonte en la época post-olímpica: “Ho sentim, veïna, no ets prou fashion per viure a Barcelona” (Lo sentimos, vecina, no eres suficientemente fashion para vivir en Barcelona). La vecina era una señora en bata saliendo de su casita de autoconstrucción de los Tres Turons, zona en lucha desde hace décadas para evitar la expropiación de sus casas, afectadas por su ubicación dentro del parque dels Tres Turons.

Pero ser moderno tenía un precio y ese precio lo acabamos pagando los vecinos. Pegado al Carmelo, el Park Güell, parque durante décadas escondido en las afueras de la ciudad y, por tanto, visitado sólo por quienes vivían por la zona, se convirtió en esta Barcelona-parque-temático-de-Gaudí en un reclamo mundial atestado de turistas con un bullicio similar a un zoco árabe, pero sin la autenticidad que esos mercados atesoran. Hoy el Park Güell es un decorado más de esta Barcelona de plástico, un lugar sin encanto para sus vecinos, caído en las garras del marketing vacuo y la masificación del consumo turístico fast food. Tuvo que llegar la pandemia para que el Park Güell volviera a ser lo que fue un día, un parque donde los niños del barrio íbamos a patinar, jugar y pasear junto a nuestros padres sin sentir que estábamos en un escenario ajeno ni ver a empresas privadas gestionando la entrada a la zona monumental del parque, privatizada de facto bajo el argumento de evitar la aglomeración turística.

El remate vino cuando la derecha catalana se hizo con el Ajuntament de Barcelona. La extinta Convergència tuvo la genial idea de “democratizar el turismo”, es decir, llevar el turismo a los barrios de la periferia barcelonesa para, supuestamente, repartir sus beneficios. En realidad, se trataba de explotar al máximo la idea de Barcelona como plató cinematográfico y parque de atracciones para el turismo internacional, buscando nuevos nichos de mercado. Los beneficios siguieron en los bolsillos de la patronal hotelera y los empresarios de la hostelería con negocios en zonas céntricas. Sin embargo, lo que se repartió en los barrios fueron las externalidades. El Carmelo no fue una excepción. La remodelación de los conocidos como búnkers, un lugar de vista estratégica desde el que contemplar toda la ciudad, que fue durante la Guerra Civil Española el sitio donde se ubicaron las baterías antiaéreas con las que el Ejército Republicano repelió las incursiones por aire de los fascistas, se convirtió en un nuevo reclamo turístico que puso al barrio en el mapa, para desgracia de unos vecinos hartos de las aglomeraciones provocadas por los visitantes, el ruido, los botellones hasta altas horas de la madrugada y el aumento sangrante de los alquileres en el área circundante. La excusa de convertir los búnkers en un lugar de memoria, con un pequeño museo que explica la historia del lugar, del barrio y de las luchas de sus vecinos, parece que no compensa a todos, habida cuenta de las manifestaciones y quejas reiteradas. Es más, ha desvirtuado la realidad de un barrio obrero, como es el Carmelo.

El interés por los búnkers y el descubrimiento de las mejores vistas de Barcelona, vino de la mano de Airbnb. Por arte de magia o, mejor dicho, del mercado, algunos vieron el negocio y pedían por alquilar temporalmente una habitación 400 o 500 euros por semana. Llegaron las empresas a especular y hubo un efecto contagio. Los que tenían pisos se montaron en la ola de la especulación, pidiendo alquileres que muchos de sus vecinos solo pueden pagar con mucha dificultad, si es que pueden y no tienen que marchar a vivir a otros barrios o fuera de Barcelona. Alquileres que, de repente, empezaron a superar los salarios de un trabajador promedio en un barrio que se ubica en el puesto 61 en renta familiar disponible en el ranking de los 73 barrios barceloneses. O, lo que es lo mismo, un barrio que, en conjunto, está bajo la categoría de “renta muy baja” (54,2% respecto al promedio de 100 de Barcelona para datos de 2017), similar a los peores resultados que obtienen los barrios del distrito de Nou Barris, otro de los más empobrecidos de Barcelona, pero donde los alquileres de los pisos tienen precios equiparables a los de “zonas bien” de la ciudad. El resultado es que muchos de los que somos del barrio hemos acabado viviendo fuera de él.

Estas cifras hablan de una pobreza relativa en una ciudad sumamente cara como Barcelona. Una pobreza que, muchas veces, es sobrellevada por la solidaridad de familiares a cuyas casas acuden a comer los hijos que se han quedado en paro. Junto a los hijos van muchas veces los nietos. En otras ocasiones, no sólo van a comer, sino que tienen que volver a instalarse en el piso de sus padres por la incapacidad de mantenerse solos tras una separación o divorcio. No hace falta estar en el paro para que se den estas situaciones. En muchos casos, estas personas tienen trabajo, pero no llegan a final de mes. Igual que dinero llama a dinero, el origen familiar condiciona más tus posibilidades de éxito laboral y vital que cualquier esfuerzo individual que se pueda hacer. En los barrios obreros lo sabemos bien, incluso los que hemos pasado por la Universidad.

A pesar de este panorama que se vive de puertas para adentro de los hogares, muchas veces ocultándolo por la vergüenza o aparentando un estatus que no se tiene, gracias a la ayuda familiar, hay quienes creen vivir en una realidad distinta, poniendo el foco en problemas que no son los más acuciantes. Gente del barrio que vive preocupada por la ocupación ilegal de pisos, como si fuera el principal riesgo al que se enfrentan los vecinos, o gente que, a pesar de ser resultado de la migración, no lleva bien la llegada de inmigrantes de todas las partes del mundo que son ahora también vecinos del Carmelo. Se trata de trabajadores que se han tragado el discurso del sistema, ese que criminaliza al que está un poco peor que tú, a tu lado, en lugar de señalar al que provoca que tú y tu vecino viváis así, quien está por encima de ambos riéndose al ver cómo los de abajo se pelean entre sí. Ese perfil de vecinos sin conciencia de clase o, con una lectura un tanto desviada de lo que es defender al barrio y cómo defender mejor los derechos de la clase trabajadora, no creo que sea mayoritario, pero, sin duda, se hace oír demasiado en algunas redes sociales.

Esa gente ha olvidado el pasado de lucha solidaria y colectiva de un barrio que consiguió, de la mano de cuadros comunistas que dirigían la Asociación de Vecinos (incluso en clandestinidad por la dictadura), gran parte de los servicios que hoy tenemos: desde la llegada del autobús a lo alto de la montaña, pasando por la salubridad, instalaciones lúdicas, escolares o deportivas, el Centro de Atención Primaria (CAP), la biblioteca Juan Marsé o la ampliación de la línea 5 del metro que, al fin, nos conectó con el resto de la ciudad de manera subterránea. Vale recordar que para tener metro pasamos en 2005 por un socavón que derrumbó varios edificios, el desalojo de sus casas de cientos de personas durante meses y el escándalo del 3% que se destapó a raíz del ahorro en materiales durante las obras de este metro que llegaba a uno de los barrios más estigmatizados de Barcelona. Durante semanas estuvimos bajo los focos de los medios, que vinieron a tratarnos como a animalitos indefensos. Desconocían la historia de lucha del barrio. El orgullo, la claridad ideológica y la conciencia de clase como elementos imprescindibles que sirvieron a lo largo de las décadas para dar la batalla frente al Ayuntamiento de turno. Quienes tienen memoria y conciencia saben que muchos de nuestros problemas cotidianos son producto de décadas de rezago, de una marginación estructural que no se va a solucionar sin un cambio de modelo económico. Hoy, en cambio, abunda el “culpa de la Colau” en las intervenciones en redes de algunos vecinos que son los típicos críticos de barra de bar con todas las soluciones en la boca (o en el teclado), pero que no se organizan para cambiar nada.

Como cantaban Los Chikos del Maíz en “Barrionalistas”, “el barrio, a veces lo amas, otras lo detestas”. Se podría afirmar que cuanta más conciencia de clase tienes, más amas a tu barrio aunque también, paradójicamente, debido a tu conciencia política puedes acabar odiando muchas de las cosas que ves y no te gustan porque crees que pudieran ser mejores. Pero no mejores como te cuentan los que ven los barrios obreros desde su atalaya de superioridad y prejuicios o quienes conciben la periferia como un lugar de paso temporal o visita circunstancial. No, mejor para los intereses colectivos de ese barrio, de nuestra clase, de los olvidados por este sistema, en definitiva. Lo complejo es que no todo el mundo en el barrio coincide en el diagnóstico y en las soluciones. A veces defender esos intereses colectivos supone enfrentarte también a gente del barrio que tiene otra visión de cómo deben ser las cosas pues, aunque nuestro barrio sea un lugar que vota principalmente a la izquierda y nuestra clase sea tradicionalmente solidaria, los elementos de la ultraderecha siempre tratan de pescar en río revuelto. Se sobredimensionan entonces los problemas de inseguridad e incivismo (que sin duda existen y hay que atajar), vinculándolos con la inmigración de fuera de España, para dar como resultado un “esencialismo de barrio” excluyente que olvida quiénes somos y de dónde venimos.

Por eso, en los barrios obreros no aceptamos lecciones de nadie, mucho menos de quienes no han vivido en nuestro barrio, ni forman parte de sus gentes, ni viven sus problemas, ni se imaginan por asomo los niveles de equilibrios vitales que muchos vecinos hacen para llegar a final de mes. Pero muchos tampoco aceptamos acríticamente los discursos xenófobos y clasistas que nos enfrentan entre vecinos, como tampoco queremos vecinos que roben a sus vecinos, una máxima que cualquier Pijoaparte que se precie conoce bien. Pero, antes de criticar públicamente a los nuestros, tenemos la obligación de demostrar quién es el enemigo de los barrios obreros, aunque afirme venir a salvarnos de nuestros problemas, que no son los suyos. Que no se equivoquen quienes quieren confundir a nuestra clase, los hijos e hijas del Pijoaparte sabemos quiénes son y estamos aquí para plantarles cara.

Comparte esta noticia

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA

1 Comentario

Queremos garantizar que los debates y comentarios que se generen en nuestras noticias sean de la calidad que cada una de vosotras y vosotros merece. Por ello, tan solo nuestras socias y socios tienen la posibilidad de interactuar de esta forma, ÚNETE AQUÍ y colabora con la información que no rinde tributo a intereses privados ni poderes económicos.

Si tan solo quieres leer los comentarios,
PUEDES REGISTRARTE COMO USUARIO/A

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA