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Cultura

Dellafuente ha muerto, viva Dellafuente

“Yo pa’ la calle ya lancé 40 himnos…”

Dellafuente trap flamenco

El trap es un género en decadencia del que se ha escrito mucho durante los últimos años. Tanto se ha escrito que me parece oportuno advertir que este no es otro artículo sobre el trap y que, de hecho, la idea central que manejamos es que el granadino Dellafuente siempre fue un intruso incómodo para el panorama.

Grosso modo: ante la falta de horizontes, perspectivas y oportunidades una respuesta lógica es el hedonismo. Si el futuro no existe parece lógico darse al día a día. La precariedad no genera de manera automática una respuesta consciente, más bien al contrario, potencia la ensoñación con todo aquello que está cada vez más lejos. Aunque parezca paradójico, una estética tan consumista y ostentosa cala mejor en contextos de crisis y empobrecimiento. Muchos coches, mucha droga, mucho selfi y, por supuesto, mucho sexo.

Y, sin embargo, Dellafuente consiguió una posición privilegiada en la escena sin grandes apoyos comerciales y siendo otra cosa distinta. Su último disco, Descanso en poder, se convirtió en el mejor debut nacional y es el quinto disco más escuchado por streaming en España de una lista coronada por Emmanuel de Anuel AA.

El concepto de Descanso en poder no deja lugar a dudas: Dellafuente se quema a lo bonzo y pone fin de manera elegante a la temporada 2013/2018, que se alargó dos años más por motivos varios: “Parece que fue ayer cuando nos íbamos de tiendas y el guardia nos seguía hasta que estábamos en la moto; han cambiado las cosas, estamos sonando en las tiendas y el mismo guardia me pide una foto”. Lo de quemarse a lo bonzo es casi literal: en el videoclip de Libertad y salud se prende fuego tras rociarse con una garrafa de gasolina en una fiesta pija cuyos distinguidos miembros lucen afilados dientes de rata: “Están mendigando Bizum pa’ una foto con botellas”.

No se trata de un posible final excéntrico de la figura que conocemos como Dellafuente, sino de un broche coherente con la personalidad atípica del artista. En tiempos de exposición absoluta, de predominio de lo audiovisual y donde la cara es tan importante como el producto musical, casi nadie sabe su nombre real. Ni una sola publicación en Instagram. Pequeños detalles que contrastan con el lucimiento diario de peinados o relojes de artistas como C. Tangana –tan cerca y al mismo tiempo tan lejos– o los grandes popes latinoamericanos del género.

Hay un elemento clave que define la trayectoria de Dellafuente desde sus inicios, lo que podríamos llamar, en términos clásicos, conciencia de clase. Hijo de madre inmigrante, vecino de barrio obrero sin privilegios (Corea, en Armilla, Granada), de profesión lo que salga: de la compra-venta de coches al mercadillo. La dupla que formó con Maka, también granadino –del barrio del Almanjáyar–, no tiene parangón en términos de autenticidad. Quejíos y autotune. Decía Haze, el padre de lo que podríamos denominar de manera muy expeditiva ‘trap social’, en 2004, que en Nueva York el rap es calle pero en Andalucía el flamenco es calle. Lo ratificó el propio Dellafuente una década después: “Si te digo que esto es música del barrio te miento, la música del barrio siempre será el flamenco”. Algún día el mundo del rap pedirá disculpas a Haze, quien, por cierto, sabe lo que es la cárcel como Maka, por el ninguneo del que participamos todos quienes por entonces entonábamos aquello del rap solo. Toteking, en el documental The Guy Bending The Beat (La Racaille Films, 2018), avanzó el esbozo de dicha disculpa, pero no es suficiente.

A lo mejor, Nana del pordiosero, 13/18 o La vida es son algunas piezas que abordan la realidad de los barrios obreros desde una perspectiva algo distinta a la del ‘rap político’: desde las vivencias cotidianas y huyendo de racionalizaciones intelectuales. Quizá la frase que mejor resume esa autenticidad anclada en su extracción social es la que queda escrita en Dile: “Me río de tos’ los que se reían de lo que hago; mira, hermano, ahora me da igual que se me acabe el paro”. La música como salvoconducto hacia una vida más digna. Cinco años después, en Toco el cielo (con Maka): “No hay estafa en la mesa que como, no hay enchufe en la casa que vivo; somos libres, libres somos; somos to’ lo que un día elegimos”.

¿Con qué nos sorprenderá Dellafuente en el futuro? Difícil de predecir. Tenemos algunas pistas, como el proyecto Taifa Yallah. El Ep.01-Causa fue una grata sorpresa que evidenció el amplio abanico de conceptos que maneja el equipo que forma junto a Antonio Narváez y Moneo, sobrino del mítico Torta (sampleado, por cierto, en Dile). Ocho cortes con sabor a rock andaluz y reminiscencias a Triana, Extremoduro (La ley innata es un disco sencillamente insuperable para escuchar durante un amanecer, a ser posible con la mejor compañía) y, por supuesto, a los granadinos Enrique Morente y Lagartija Nick. Citas de García Lorca y Javier Egea, uno de los poetas más importantes –y olvidados– de las últimas décadas: “Los solitarios son esos que le dicen a su amada: me quedo solo pero no me vendo”.

¿Querrá Dellafuente saber algo de Dellafuente en un futuro o veremos un rechazo similar al de Lichis con La cabra mecánica? De nuevo, difícil de predecir, pero sí podemos avanzar que, en cualquier caso, su trayectoria siempre se podrá explicar desde un concepto tan en desuso como el de fidelidad. Fidelidad a sus raíces, a su cultura y, por supuesto, a su familia. Mientras el resto de traperos hablaban de las muchísimas mujeres con las que iban a tener sexo, él hablaba de arrejuntarse y tener hijos. ¿Amor romántico o compromiso en un mundo desarraigado e individualista? “Lo personal”, siempre tan importante a la hora de interpretar el mensaje de una obra artística.

Mientras tanto, una advertencia: “No le lloren a ese muerto… porque ya lo enterraron”.

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