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El Megáfono

Diego Maradona, el héroe caído

Y este día llegó. Una sentencia escrita capítulos atrás que ni siquiera un barrilete cósmico pudo gambetear. El día que Nietzsche anticipó en sus escritos se ha hecho realidad: Dios ha muerto y tiene nombre y apellidos. Diego Armando Maradona.

1986, México. Su obra cumbre, una obra de arte inverosímil. Tramposo y mágico, capaz de utilizar una mano pícara (o divina) y en cuestión de compases rehacerse con la partitura de todos los tiempos. Ingleses preguntándose como se atrevieron a retar a un genio tan colosal.

Cuando el viento soplaba en contra, apareció esa revancha vestida de pantalón corto para devolverle la dignidad a los argentinos. Un homenaje a los héroes caídos de las Malvinas en forma de un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Sí, ‘el Pelusa’ logró lo imposible, unir a un país sumido en tantas desavenencias.

Un ‘pibe’ salido de Fiorito, convirtiéndose en el mejor embajador que pudo tener Argentina. Capaz de jugar un mundial con el tobillo tumefacto porque la gente así se lo pedía. Un solo jugador capaz de hacer campeón a un país. Solista y director de orquesta. Todos los goles que no anotó Pelé, los convirtió Maradona.

De pequeños, en aquellos terrenos de arena, en ocasiones de cemento otras de barro, en los pasillos con una bola de papel, todos soñamos con marcar un gol regateando a todos los rivales. Éramos enormes y nuestros rivales desestimables, la pelota estaba atada al cordón de la bota. Un día llegó Maradona, y en el partido más importante de la historia de los mundiales, hizo nuestros sueños realidad. Aquel gol ya lo habíamos hecho de críos. Hizo real lo que cualquier humano solo podía concretar en la imaginación. México, el Bernabéu, el Estrella Roja y tantos otros goles con los que Maradona demostró que, si algo puede soñarse, puede convertirse en realidad. Maradona fue una escenificación de nuestros dibujos animados, fue todo lo que quisimos ser de mayores. Era uno de los nuestros.

Si hablásemos de ciencia, el Einstein del futbol, si fuera un arte, el Miguel Ángel de ese deporte, si nos referimos a la música, el inventor del tango. Sus pausas y sus arrancadas. Su temple y su zarandeo.

El que nos devolvió la vida hoy se lleva un pedazo de la nuestra, que permanecerá indeleblemente marcada por la de una persona.

“Murió el fútbol, ahora juegan sus herederos.”

Nápoles, 1987. Los bolsillos adinerados del norte del país miraban a los napolitanos por encima del hombro, como el señorito que hostiga a la sirvienta para que se apure en las tareas del hogar. Les llamaban los leprosos, la peste negra, los mestizos... hasta que un día, un simple futbolista se puso al hombro al equipo de una ciudad marcada por la pobreza ganando dos ligas y haciéndoles sentir orgullosos de haber nacido en el sur. Porque así eran Diego y su fútbol siempre apuntaron hacia el sur. Siempre con memoria de sus orígenes y con la certeza de hacia dónde quería dirigirse: salió del barro y nunca lo olvidó, la conciencia de clase la forjó en los lugares donde perfeccionó su arte con la pelota y con los más olvidados convirtió al fútbol en el escenario para hacer visible lo invisible.

Maradona primero hizo soñar a un pueblo, pero luego a un planeta entero que hasta el día de hoy le guarda memoria. El profeta reescribió las páginas del fútbol con su epopeya épica en Nápoles.

Completó la gesta de Garibaldi, resucitar el sur de Italia, el lugar de los humildes, del pueblo. Se enfrentó y le ganó a los poderosos del norte. A la élite. En cada paso que dio, el Diego fue sinónimo de la lucha contra la ambición de los desalmados, de los que nunca fueron y serán aliados.

La épica de Diego se construye con cimientos de equipos que no estaban destinados a reinar. Capitán de revoluciones en Argentina, y en Nápoles. En aquel sur de Italia marginado por las instituciones y también por el fútbol. Precario y alejado del estatus elitista del norte. Por primera vez, los napolitanos aparecían en el mapa futbolístico y cultural. “No sabéis lo que os habéis perdido” decía una pancarta en el cementerio de Nápoles aquel 10 de mayo de 1987.

Vida y muerte, ascensión y caída. Anoche, un hombre de un barrio muy pobre de Buenos Aires se acercó a La Bombonera a poner unas velas en su memoria. Un periodista le preguntó “que significó Diego en tu vida” y él, con una mascarilla ajada y una mandíbula compuesta por apenas dos dientes, respondió: "¿Usted sabe lo feliz que nos hizo a los pobres? A veces no alcanzaba ni para comer, pero cuando jugaba el Diego no teníamos hambre". Dibujante de sonrisas que quedarán marcadas en la comisura de millones de personas.

Capaz de darle la espalda a ese fútbol regido por las leyes del capital, como en el momento de su emigración desde Barcelona para darle la gloria a un equipo del sur de Italia y hurtarle la hegemonía a los ricos del norte, a la opulenta Juventus de Platini, al poderoso Milan de Van Basten. El Diego le plantó cara a los más poderosos haciendo de su grito un lema colectivo.

Viniendo de muy abajo y llegando muy arriba, nunca olvidó de dónde provenía y quiénes eran los enemigos de nuestra clase.

Se reveló contra la supremacía de la FIFA porque no toleró el dominio de los poderosos y prefirió poner su posición política por delante. El costo fue alto: fueron esos mismos poderosos quienes le “cortaron las piernas.”

Lleno de resistencia al plantarse ante el bloqueo contra Cuba, al apoyar la revolución en Venezuela, defender una Palestina libre y apoyar la paz en Colombia, todo siempre cuando los cánticos eran tenues. Ningún futbolista de su talla ha vuelto a acometer pugnas contra los amos del negocio del fútbol. Quizás porque fue alguien exclusivo.

Es amado en Nápoles, en Cuba, En Palestina, en Qatar... Es amado en la Villa, en el Potrero, en la cancha de tierra. Se plantó contra los poderosos, y sin impedimentos, les abarrotó de fundamentos. Por eso le desprecian, porque él representó todo lo que odian.

Diego fue identidad, pasión y militancia. Fue conciencia de clase al acercarse al pueblo y atreverse con los poderosos.

“Quién sería yo sin el puño en alto del Diego, el llanto desconsolado, la construcción de una mística de equipo y pueblo… sin el corazón acelerado cuando los músculos de sus gambas se tensaban en ese instante en el que su pie tocaba la redonda y empezaban a bailar…” redactaba Ro Ferrer.

El Diego luchó contra molinos y gigantes, defendió las causas y a los necesitados, sufrió más por el prójimo que por su ser. Hizo más felices a los demás que a él mismo. Todo esto sin abandonar su batalla más profunda, su condena, ser Maradona. A Diego no se le juzgará por lo que hizo en su vida, sino por lo que hizo con las nuestras.

“De una patada me mandaron de villa Fiorito a la cima del mundo, y ahí me las tuve que arreglar yo solo.” Esta era la forma en la que Diego describió su ascensión al mismísimo cielo, y su descenso a los infiernos.

La fama se convirtió en su condena, obligado a ser Maradona, con el alma de Diego. “Los dioses no se jubilan” decía Galeano.

Un dios imperfecto, humano en toda su plenitud, con todas sus contradicciones. Es el Diego y también es Maradona. El drogadicto y el revolucionario. El mujeriego y el que le plantó cara a los poderosos. Al que le cortaron las piernas y el que hizo de los más humildes su bandera.

Fue como todos, una contradicción bípeda, la expresión de nuestro ser expresado por una sola persona. En resumen, la esencia del humano, la fealdad y la belleza a la vez, el bien y el mal al mismo tiempo. A diferencia del resto de seres humanos, Diego nunca pudo evitar ocultar ninguna de sus caras.

Nos hizo llorar de alegría y jamás nos pidió algo a cambio. Nosotros vinculamos sus delirios a su grandeza, lo consumimos, le dejamos estar, sin ayuda. Por eso te digo Diego, gracias por tanto y perdón por tan poco.

Maradona volvió a llenar los estadios y las calles de las que provenía hasta su último día. Hoy regresa Dios a los Cielos. De que planeta viniste Diego, y a que planeta te fuiste.

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