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Política

Donald Trump contra Estados Unidos

El denominador común de todos los fascistas del mundo es su deseo de tiranizar a las clases explotadas

El 25 de mayo, en Mineápolis, el ciudadano afroamericano George Floyd usó un billete falso de 20 dólares en un establecimiento. Eso valió para que cuatro policías lo detuvieran, pusieran bocabajo en el suelo y uno de los agentes presionara durante siete minutos el cuello del detenido hasta provocarle la muerte por asfixia. Una maraña de teléfonos móviles grabó el abuso policial y encendió la ira de la comunidad afroamericana que lleva siete días en la calle, dando rienda suelta al descontento producido por años de racismo institucional.

La mal llamada “mayor democracia del mundo”, donde una estatua de la libertad es el símbolo nacional, el PIB mundial más grande, el país construido sobre mano de obra de inmigrantes, europeos, afroamericanos y latinos, arde socialmente en medio de una crisis sanitaria en la que han muerto más 106.000 personas, la mayoría latinos y afroamericanos.

En Nueva York, ciudad más afectada por el COVID19, el 34% de los fallecidos son hispanos, aunque este grupo racial representa el 29% de la población. El 28% del total de fallecidos son afroamericanos, a pesar de que en el censo neoyorquino sólo un 22% es de raza negra. En Chicago, el 70% de los fallecidos son negros mientras que sólo 30% de la población total es negra.

No todos los negros de Estados Unidos son pobres, pero todos los pobres son negros (y latinos). Los negros tienen el doble de probabilidad de morir que los blancos por una enfermedad cardiaca y un 50% más de sufrir hipertensión, diabetes o sobrepeso, según los datos oficiales del Centro de Control y Prevención de Enfermedades.

Los negros en Estados Unidos se mueren antes que los blancos, tienen más enfermedades crónicas, menos cobertura sanitaria y acumulan los trabajos más duros y peor pagados en un país donde el 25% de la población no se puede costear un tratamiento médico, la mayoría, por supuesto, negros.

Frente a esta realidad, Donald Trump decidió este domingo encerrarse en el búnker de la Casa Blanca para protegerse de las protestas que había enfrente de la mansión presidencial. El día antes, el multimillonario metido a político anunció por Twitter que las organizaciones antifascistas que estaban luchando contra el racismo institucional en EEUU serían declaradas organizaciones terroristas.

Un nuevo eje del mal, ahora interno, los negros -pobres entre los pobres-, y todo edulcorado con dosis de bastardismo intelectual y metiendo en el mismo saco el fascismo que hay detrás del racismo institucional con el antifascismo que derrotó a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, salvó a Europa y que libra estos días en las calles estadounidenses una batalla por el fin del racismo y de la impunidad de policías que mes sí y mes también asesinan, abusan y torturan a detenidos sólo por ser negros.

Donald Trump escondido en un búnker es la metáfora perfecta del papel que en la actualidad juega Estados Unidos en el mundo. Si algo ha servido la crisis del coronavirus es para que China gane, al menos en la escenificación, el relato geoestratégico frente a unos Estados Unidos gobernados por un señor que difícilmente puede ser tomado en serio si no fuera por el Ejército que tiene detrás, que provoca el hazmerreír del mundo y ha situado sobre el espejo las mentiras sobre las que estaba construida la “mayor democracia del mundo”.

Trump es un tonto muy listo y su tuit diciendo que va a ilegalizar a las organizaciones antifascistas intenta convertir un problema estructural e interno de Estados Unidos, la brutal desigualdad y ausencia de cobertura sanitaria, en una batalla cultural donde saquen pecho los blancos rurales de los que electoralmente se nutre Trump. Uno de los logros de la ultraderecha es haber conseguido situarse como víctimas en las guerras culturales que se libran.

Los machistas son víctimas de las feministas; las familias ultrarreligiosas son víctimas de las familias LGTB y los blancos ricos y supremacistas son víctimas de los negros apaleados por la policía. Todo para no hablar de estructura económica, para disgregar el sujeto político antifascista en 1.000 pedazos y que sea imposible hacerle frente a la ultraderecha con un discurso de clase que una a negros, blancos, latinos, mujeres, personas LGTB y mediopensionistas.

El denominador común de todos los fascistas del mundo es su deseo de tiranizar a las clases explotadas, poniendo a pelear a los que tienen poco contra los que no tienen nada y usando la victimización para seguir siendo verdugos. Trump es un tonto muy listo, no lo subestimemos.

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