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Opinión

EEUU: el odio y la furia

Donald Trump no es el problema, sino la expresión de un sistema enfermo que, en búsqueda de su salvación, puede acelerar su implosión

“Como ya no recolectamos algodón"

ni cortamos caña de azúcar,

nuestras vidas… ¿ya no valen nada?”.

Mujer anónima en el documental LA 92

 

Las calles de Estados Unidos de América (EE.UU.) arden. Las manifestaciones de simpatizantes de Trump presionando por la apertura de la economía en medio de la pandemia del coronavirus han sido sustituidas por movilizaciones de protesta por el enésimo asesinato policial de un ciudadano afroamericano, en este caso de George Floyd. La reacción recuerda a los días de odio y furia que se desataron en Los Ángeles en 1992 tras la absolución judicial a los policías que habían apaleado a Rodney King un año antes. Sólo dos ejemplos de los muchos que se podrían poner, tanto recientes como más antiguos, para demostrar que la democracia estadounidense tiene grandes dificultades a la hora de aplicar de puertas para adentro lo que exige afuera de sus fronteras a terceros países a los que les declara la guerra por su supuesta vulneración de derechos humanos.

Pero sabemos que esas exigencias y chantajes son sólo una excusa para esconder su imperialismo, esto es, el expansionismo internacional de un capitalismo cada vez más oligopólico. Una excusa tan repetida y desgastada que podríamos pensar que todo el mundo se da cuenta de las mentiras que esconde, como quienes ven al mago que repite un mal truco y detectan la superchería. EE.UU. nos dijo que fue a Afganistán para liberar a las afganas de los talibanes y, de paso, vengar los atentados del 11 de septiembre de 2001; EE.UU. invadió Irak en nombre de la democracia; EE.UU. bloqueó a la Cuba castrista bajo la defensa del “mundo libre”; o, en tiempos más recientes, EE.UU. sanciona y amenaza a la Venezuela bolivariana por constituir una supuesta “narcodictadura” que vulnera los derechos humanos de sus ciudadanos. Los ejemplos podrían seguir porque la lista de países invadidos, bombardeados o saqueados por los EE.UU. en su “cruzada democrática” abarca prácticamente todo el globo terráqueo.

Es destacable que, en todos los casos, el discurso de la liberación de terceros pueblos y la defensa de un modelo de democracia liberal, inseparable del capitalismo, haya estado en el centro de la justificación. Lo es sobre todo en estos momentos en que EE.UU. se enfrenta en casa, una vez más, al rechazo que encuentra cuando sus tropas se despliegan en esos países que dice ir a liberar. Afuera pocos creen ya la voluntad salvadora del Gobierno de EE.UU. (cualquiera que este sea) pero lo singular es que la sociedad estadounidense, sobre todo los sectores más jóvenes, tampoco cree ya a su establishmentpolítico y, cada vez menos, en su sistema económico. El apoyo mayoritario de estos “milenials” al excandidato demócrata Bernie Sanders y su defensa del socialismo, o las encuestas que muestran que entre los jóvenes demócratas se tiene una visión más positiva del socialismo que del capitalismo, son sólo dos ejemplos.

Donald Trump llegó a la Presidencia tratando de presentarse como un outsiderpero, tras casi cuatro años en la Casa Blanca y a pesar de sus choques con el Deep State, nadie puede negar que Trump es parte consustancial del establishmentestadounidense. No llegó para destruir la democracia made in USAni el capitalismo sino para salvarlos, a su manera. Sólo los despistados, los que no conocen la historia de EE.UU. o los ingenuos pueden creer que la democracia estadounidense entró en crisis por culpa de Trump. Él no es el problema sino la expresión de un sistema enfermo que, en búsqueda de su salvación, puede acelerar su implosión. EE.UU. se enfrenta a un declive hegemónico, es decir, a su progresivo colapso como imperio, desde hace décadas. Esto es un hecho reconocido por el propio establishmentestadounidense. El mismo Trump y su campaña Make America Great Again!no dejaban de ser un reconocimiento de la pérdida de centralidad de EE.UU. en la economía mundial. Con la gestión del coronavirus, EE.UU. ha mostrado ante el mundo que no sólo ha perdido el liderazgo económico sino también el moral.

Cuando Trump decide anteponer la economía a las vidas en medio de una pandemia no va en contra del sistema sino representa los intereses del capital sobre cómo encarar la crisis. Además, al asumir de entrada la inevitabilidad de determinada cantidad de víctimas, mostraba cómo la fuerza de trabajo es sustituible y las libertades económicas deben estar por encima de cualquier consideración humana, todo un dechado de valores capitalistas desde la Casa Blanca, nada nuevo. El coronavirus ha demostrado que la libertad de las empresas del ámbito sanitario que lucran con la salud está antes que el derecho a una sanidad pública universal; que la libertad de enriquecimiento de las aseguradoras va antes que la vida de las personas y los criterios médicos; que la especulación del “libre mercado” no debe ser interferida por la acción estatal y así un largo etcétera de principios capitalistas que Trump defiende sin reparo. Que la mayoría de muertos por el COVID-19 estén siendo afroamericanos o hispanos no debería sorprendernos, por tanto, en un país que, tras el discurso de la libertad, esconde desigualdades sangrantes vinculadas a la, paradójica, poca libertad para elegir donde se nace. Esa que te coloca en un lugar u otro de la estructura de clases y que, en el caso de la sociedad estadounidense, se traduce en una jerarquía social todavía muy determinada por el origen racial.

Conviene no olvidar que el racismo estructural es inseparable del propio origen de EE.UU. como un país de colonos que arrasó con la población nativa y que, posteriormente, hizo uso de mano de obra esclava de origen africano para cimentar su incipiente desarrollo. Para convertirse en potencia, además de aplicar un liberalismo bastante cuestionable de puertas para afuera, EE.UU. lleva décadas aprovechándose de una mano de obra migrante que usa a conveniencia, tanto en las peores tareas como en las más destacadas (por la atracción de cerebros). Pero, además, explota de manera atroz y trata de la manera más humillante a sus ciudadanos negros porque el divide et imperaes funcional al capitalismo. Cambiar a Trump y votar por Joe Biden, como sucedió antes con Barack Obama, no solucionará el racismo ni la desigualdad de la sociedad estadounidense, mucho menos su política guerrerista contra los pobres del mundo, sean estadounidenses o extranjeros. Gobierne quien gobierne, el complejo militar industrial seguirá al mando.

La esperanza es que, como en otros momentos históricos, muchas cosas se están moviendo en la base de la sociedad estadounidense, aunque no les prestemos atención si no se expresan con fuego, odio o furia. Acontecimientos como el asesinato de Floyd son hoy la chispa que prende un descontento social y político que viene de lejos pero que ha sido también agudizado por la pandemia. La juventud universitaria estadounidense, altamente endeudada y sin perspectivas de futuro laboral, igual que millones que ni siquiera pudieron endeudarse para estudiar, protesta estos días en las calles de decenas de ciudades del país. La pesadilla de la clase dominante, la unión de la lucha por los derechos de los negros con la lucha de la clase trabajadora blanca (y no blanca), a decir de Howard Zinn, puede acabar siendo una realidad. La recesión que viene agravará el impacto brutal que ya está teniendo el coronavirus en el mercado laboral lo que puede aumentar el descontento. En cualquier democracia que se precie, este ha de encontrar una salida para expresarse, pero la criminalización de las protestas sociales, o la demonización del movimiento antifascista en el contexto de reemergencia mundial de la ultraderecha, no ayudan a una solución en los cauces de la democracia liberal existente. Sólo el tiempo dirá si esta combinación de crisis económica, política, sanitaria y protestas raciales puede ayudar a acelerar los acontecimientos. También dirá si el sistema va a permitir canalizar ese odio y esa furia acumuladas en un proyecto político de transformación real o va a seguir impidiéndolo, incluso apostando por pirómanos que echen más leña al fuego. Haga lo que haga, su propia supervivencia está en juego.

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