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Sociedad

El día que España salió del armario

El 26 de junio de 1977 se celebró en Barcelona la primera manifestación del Orgullo LGTB que tuvo lugar en España

La revista gay francesa ‘Arcadie’, creada en 1954, llegó clandestinamente hasta Barcelona y cayó en las manos de Armand de Fluviá, hijo de la nobleza catalana y monárquico empedernido por aquel entonces. En sus hojas se relataban los disturbios de Stonewall que habían tenido lugar en Nueva York. Hartos de redadas policiales, las transexuales y homosexuales que frecuentaban el bar neoyorquino Stonewall se plantaron ante la violencia institucional. Así nació la lucha moderna por la libertad sexual.

En España, Armand de Fluviá quiso trasladar el espíritu de libertad neoyorquina a la España franquista, donde se metía en prisión a transexuales y homosexuales en cumplimiento de la Ley de Peligrosidad Social. Más de 5.000 homosexuales y transexuales llegaron a pisar las cárceles de la dictadura. En la cárcel Badajoz los pasivos y en la de Huelva, los activos.

Después de fundar el Movimiento Español de Liberación Homosexual en 1970, que sirvió para enviar cartas anónimas a los procuradores franquistas, Armand de Fluvià fundó con otros compañeros el Front de Alliberament Gai de Catalunya (FAC), organización que sería la convocante de la primera manifestación del Orgullo LGTB de España, celebrada el 26 de junio de 1977, y la vanguardia del movimiento por la libertad sexual en todo el país.

La homosexualidad aún estaba penada, lo que no fue motivo suficiente para frenar a las 4.000 personas que dicen las hemerotecas que llenaron las Ramblas de Barcelona, reclamando derechos y libertades para un colectivo que todavía estaba en prisión y que venía de las catacumbas.

Las mujeres trans en cabeza

De las seis mujeres transexuales que iban en cabecera, cuya imagen es el símbolo de la jornada en la que España salió del armario, sólo queda viva Silvia Reyes, una canaria que llegó en los años 70 a Barcelona, huyendo de las palizas, humillaciones e insultos de su familia y con el objetivo de ser la mujer de sus sueños.

El resto de las mujeres que aparecen junto con Silvia en la foto murieron por las drogas, la violencia y el sida, la gran pandemia que se llevó por delante a toda una generación de personas LGTB que, cuando todo era blanco y negro, se atrevieron a imaginar y luchar por un futuro con más colores.

“También hubo alguna que murió por causas naturales”, bromea Silvia, que ahora tiene 70 años y sigue viviendo en Barcelona, en un modesto apartamento en el Eixample. La zaragozana Miriam Amaya, gitana, también estuvo en la primera manifestación del Orgullo LGTB de 1977: “A mí no se me ve, pero estoy justo detrás de esas seis compañeras”, dice sobre la fotografía icónica que hizo la fotógrafa Colita.

Miriam, que contaba con el apoyo de su familia, se plantó en la manifestación porque se rebeló contra las identificaciones y carreras de la policía. “Estaba cansada de que en mi casa me aceptaran y de que bajar a la calle me supusiera un ir y venir a comisaría para que me humillaran llamándome maricón”, apostilla.

Tanto Silvia como Miriam sufrieron la represión policial, aunque la canaria dio con sus huesos en la cárcel durante demasiado tiempo. Ambas recuerdan que en un momento dado la policía empezó a cargar y la gente salió corriendo por las Ramblas. “Yo ya estaba harta de llevarme palos. Había estado seis meses en prisión, había soportado noches en comisaría, y no me daban ningún miedo aquellos policías”, dice Silvia Reyes, que estuvo presa en la antigua cárcel de Badajoz durante seis meses y otros tantos en la Modelo de Barcelona.

La andaluza Mar Cambrollé, que actualmente preside la Asociación de Transexuales de Andalucía, fue invitada por Armand de Fluviá a Barcelona, después de que ésta llamara al teléfono de contacto de la revista clandestina ‘Viejo Topo’, que editaba el catalán, en la que se publicó un monográfico sobre la homosexualidad que a Cambrollé le cambió la vida a los 17 años.

Cambrollé, que entonces no le ponía nombre a su transexualidad, recibió formación de Fluviá de cara a organizar el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria de Andalucía que, junto con el FAC y otras organizaciones del resto del Estado, organizarían una campaña a favor de la despenalización de la homosexualidad que terminó el 26 de diciembre de 1978 en el Congreso, cuando a propuesta del Partido Comunista de España quedó derogado el delito por ser homosexual.

No tenemos miedo, nosotras somos

“Nosaltres no tenim por, nosaltres som”, decía la pancarta que iba sujetando Silvia en su extremo izquierdo, quien recuerda que la manifestación salió desde la estatua de Colón, frente al Puerto de Barcelona. “La idea era llegar hasta Plaza Cataluña, tras recorrer las Ramblas”, subraya. No pudo ser.

La represión franquista cargó con violencia a la altura de la Fuente de Canaletas y la gente salió corriendo despavorida. “Por el suelo había pancartas, tacones y bolsos”, cuenta, muerta de la risa, Silvia, que, lejos de arrepentirse de la lucha, lo volvería a hacer: “Una y mil veces que naciera lucharía por ser libre”, dice ufana.

Tras la manifestación, los asistentes corrieron a celebrar la gesta adonde pudieron. “Unos nos fuimos a bares y otros a casas de amigos. Aunque tampoco celebramos mucho, no te creas”, rememora Silvia Reyes, a quien le pilló la muerte de Franco, en 1975, detenida en la cárcel por “tendencia al travestismo”. También hubo detenciones y algunos manifestantes durmieron en comisaría.

Al día siguiente, los periódicos contaban lo que a Armand de Fluviá, sólo ocho años antes, le parecía imposible que ocurriese en España. Al año siguiente, en 1978, el Orgullo se repitió en ciudades como Sevilla, Bilbao, Valencia, Madrid y Barcelona. 42 años después, España es uno de los países más amables para las personas LGTB. Los milagros existen, aunque no sin lucha.

La revolución de Stonewall triunfó en España, a pesar de las sotanas, del franquismo y el miedo de los pocos valientes que se atrevieron a salir a la calle para abrir los armarios. “Nosotros no sabíamos que íbamos a hacer historia”, concluye Armand de Fluviá, a sus 89 años.

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