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Opinión

El ejemplo de Hans Litten y los pensamientos libres

El valiente abogado que litigó contra violentos del partido nazi se ha vuelto una figura de culto en todo el mundo. En honor a su nombre, la Asociación de Abogados de Berlín decidió llamarse Asociación Hans Litten, después de la reunificación alemana. Fue el reconocimiento a un profesional que, con la ley en la mano, afrontó la lucha contra la violencia de Hitler y sus seguidores en su búsqueda por hacerse con el poder. Por ello, la actual canciller cortó de raíz las aproximaciones a la ultraderecha, y las posibilidades políticas de quién iba a ser su sucesora, la conocida como KKK, Annegret Kramp-Karrembauer. Eso, en España sería impensable.

Para los no informados, Litten fue un abogado alemán especializado en causas contra el movimiento nazi por violencia política durante la República de Weimar. Este letrado, enfrentando la pasividad de buena parte de la magistratura alemana y la complicidad de los partidos tradicionales que conspiraban contra la democracia de la República de Weimar, logró llevar a una sala de audiencias en las Cortes de Berlín, al propio jefe del partido NSPD. Durante la vista, le pidió explicaciones a Adolf Hitler por la violencia desatada por su grupo paramilitar Sturmabteilung, también llamados SA. Las conocidas camisas pardas, ejercían una inusitada violencia contra agrupaciones civiles, políticas y religiosas, mientras la clase política tradicional en Alemania no valoró el riesgo que suponía permitir actuar impunemente a un grupo dirigido a quebrar las instituciones con el puro uso de la violencia. Así, luego el nazismo, arrastró a los alemanes a su más humillante derrota y al convencimiento de no repetir aquellos errores.

Hans Litten se perfiló desde los inicios del movimiento nazi como uno de los primeros opositores de los métodos de Hitler. En mayo de 1931, luego de que acribillaran a tres personas en una sala de baile, llevó a juicio a cuatro integrantes del grupo paramilitar Sturmanbteilung o SA. Este grupo de paramilitares irrumpió en un salón de baile, localizaron a sus víctimas y le propinaron disparos a quemarropa hasta constatar que estaban muertos. La razón: eran comunistas. Tras el altercado, Hans Litten, decidió llevarlos a juicio y sentó a Hitler en el banquillo de los testigos. Días atrás, el propio Hitler había calificado al grupo paramilitar Srutmanbteilung como “una organización dedicada a la ilustración intelectual”. Debe saberse que poco después de tomar el poder en 1933, sin mayoría absoluta propia, el mismo Hitler liquidó a la dirección de los SA en la llamada “noche de los cuchillos largos”. Esos hechos tuvieron lugar entre la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1934, y fue una purga política dentro del Partido Nazi que consistió en una serie de asesinatos cuyo blanco principal fue la cúpula del grupo militarizado SA y su líder, Ernst Röhm.

Pero, eso fue luego. Antes, en el juicio que nos ocupa, el trabajo del abogado judío era desmentir que fuesen inofensivos, y así lo hizo. En el juicio, durante el interrogatorio, Litten le preguntó por qué el jefe de propaganda Nazi, Joseph Goebbels, a través de un panfleto, había publicado una invitación a derrocar al Estado. Al oír esa pregunta, Hitler perdió la compostura y gritó, diciendo: “Esa afirmación no tiene ninguna evidencia”. Una característica que distinguía a Hans Litten, hijo de un judío renegado y una judía culta, era que siempre mantenía una tranquilidad imperturbable en sus interrogatorios. Ante esa actitud, el Führer no lo consiguió tolerar. Adolfo Hitler fruncía el ceño cada vez que intentaba defenderse sin éxito. Como todos sabían, Hitler no toleraba que alguien le expusiera las evidencias de forma metódica y calmada. El líder nazi siempre odió el debate intelectual y, tras el juicio, admitió haberse “sentido crucificado”ante el interrogatorio de Litten.

Hans Litten sometió Hitler a un áspero y prolongado interrogatorio de tres horas, que acabó en varias oportunidades con la paciencia del Führer. Al principio, Hitler insistía en que estaba comprometido a cumplir la ley al cien por cien, pero su compostura empezó a quebrarse cuando Litten le preguntó por qué entonces había venido acompañado por hombres armados. Ante sus gritos, Litten no se intimidó y rápidamente evidenció el panfleto publicado por Goebbels, en el que prometía abiertamente que el movimiento nazi iba a «hacer una revolución» y «enviar el parlamento al diablo» usando «los puños alemanes». Cuando Litten le preguntó de qué manera estas afirmaciones podían entenderse como un compromiso con la legalidad, Hitler empezó a “buscar compulsivamente una respuesta”, según reportaron los periódicos de entonces.

Por esos años, Hitler comenzaba a perfilarse como el virtual ganador de las elecciones alemanas y las amistades de Litten le aconsejaron retirarse del país. Sin embargo, el joven abogado siempre se negó. “Millones de trabajadores no pueden irse. Debo estar aquí también”, aseguraba. Cuando Hitler ascendió al poder, en 1933, Hans Litten fue detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración, en donde permaneció hacinado hasta el día de su muerte. Hay pruebas de que la detención de Litten fue decidida por Hitler, como venganza, por ser un denodado adversario del nazismo. Durante los siguientes cinco años, fue trasladado en diversos campos de concentración, incluyendo Sonnenburg, Dachau y Buchenwald, los más brutales de ese entonces. Fue vilmente torturado por los guardias a cargo, quienes conocían de la antipatía de Hitler hacia Litten. Cuando los guardias de seguridad le solicitaron que hiciera una representación para celebrar el cumpleaños de Hitler, el valiente abogado, desafiando a sus carceleros y al régimen, leyó el poema anónimo titulado “Los pensamientos son libres”.

Los pensamientos son libres

Los pensamientos son libres,
¿Quién los puede apresar?
Vuelan más allá
Como sombras nocturnas.
Ningún ser humano puede conocerlos,
Ningún cazador puede dispararles,
ellos se quedan allí:
¡Los pensamientos son libres!

En febrero de 1938, Litten, que tenía el rostro desfigurado, ciego de un ojo, y múltiples cicatrices de fracturas en el cuerpo, todo producto de las torturas, además de la piel despellejada y apenas fuerzas para ponerse de pie, quebrantado en cuerpo y alma, decidió acabar al fin con su martirio y se suicidó. Esos son los hechos. Lo que ocurrió luego ya es conocido.

En resumen, debemos preguntarnos si estamos a merced de los violentos otra vez y de los que con su pasividad son cómplices de lo que va a ocurrir en España. Si no se comprende el riesgo, es que ya estamos perdidos.

 

 

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