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Opinión

El grito de Estados Unidos

Las cosas cada vez van a peor: vivimos con la amenaza de una catástrofe climática, en medio de una pandemia mundial sin precedentes y los conflictos sociales, lejos de reducirse, van en aumento —lo que está ocurriendo en Estados Unidos solo es una muestra más. Algo debe cambiar o nos esperan tiempos muy negros en los que la extrema derecha irá ganando posiciones, porque no teme combatir con las armas más pesadas que tiene. Ante este panorama, ¿qué hacer?

La lucha es el único camino posible y para eso debemos exigir a nuestros dirigentes lo mejor de sí mismos. La virtud es una de las mejores herramientas para combatir en una arena política infestada de clases altas corruptas y de élites chusqueras que siempre han dispuesto del país a                                                                                su conveniencia; además, sus intereses son totalmente contrarios a los nuestros.

Debemos tener pocas consignas, claras y contundentes, no podemos ablandarnos por el peso de las instituciones o, como ocurre muchas veces en el ala más radical de la izquierda, descafeinarnos porque hemos tocado algún tipo de poder. Ahora toca comenzar a presionar, seguir dando pasos al frente. Exigir a nuestros dirigentes que no cedan posiciones, que no retrocedan, porque lo que está en juego es mucho.

Con las protestas en los Estados Unidos estamos viendo algo que pensábamos que estaba muerto: la historia pasando por encima de todos nosotros. Los fukuyamistas de izquierdas pueden ir pidiendo la jubilación porque incluso dentro del Imperio que ha dominado el mundo durante la segunda mitad del siglo XX están volviendo a ocurrir cosas.

No debemos olvidar que la supuesta recuperación de la crisis de 2008 fue una estafa: la troika impuso más recortes, el FMI continuó extorsionando a los países que no se ajustaban a los ideales de la supuesta “democracia liberal”, en las recientes protestas de Chile las fuerzas del orden asesinaron a ciudadanos y en Bolivia depusieron a Evo Morales mediante un golpe de estado.

Estábamos volviendo a despertar tímidamente tras el último palo asestado por las finanzas internacionales y ya parece que no tenemos ni el derecho a reconstruir nuestra dignidad, de tratar de subvertir el ritmo de la historia, siempre tan favorable a los que heredan el poder generación tras generación.

La historia está en marcha, Thatcher murió hace tiempo y los Estados Unidos están sumidos en llamas. No debemos perder la esperanza, pero tampoco ilusionarnos demasiado, puesto que estas protestas que son un grito de dolor y rabia en medio de la injusticia e impunidad con la que actúa la policía y el resto de estructuras institucionales en Estados Unidos, puede decaer y frenar sus propósitos si no se organizan pronto políticamente.

Si los norteamericanos no se unen y luchan todos a una, no tienen nada que hacer. Lo más positivo de estos días está siendo la muestra de apoyo y de lucha compartida de todas las comunidades en la batalla por conseguir más democracia en los Estados Unidos. Esta no es una tarea que solo deba llevar a cabo la población negra, es una lucha que pertenece a todo ciudadano americano que quiera a su país, que aprecie la libertad —que tanto fetichizan— y la fraternidad de sus conciudadanos.

Lo que en apariencia es solo una lucha racial, tiene unas raíces mucho más profundas: pone en cuestión el modelo WASP —white anglo-saxon and protestant— en el que se basa el poder imperial; de hecho, personas como Alexandria Ocasio-Cortez o la pujante representación de la población latina en el país ponen en cuestión el supremacismo blanco.

Por otro lado, las protestas nos muestran que la ciudadanía que sufre el agravio y el racismo de las instituciones no quiere reconectar con ningún pasado ancestral, con ninguna identidad natural, tan solo pide que sea efectivo su derecho a la ciudadanía y que sean tratados como tales.

Esto pone en jaque a las propias políticas de identidad que tanto triunfaron en el pasado en los Estados Unidos y al consenso academicista posmoderno en cuanto deben ser respetadas las costumbres y tradiciones de las diferentes etnias y comunidades del mundo, sin caer en la cuenta que los proletarios no suelen tener pasado porque sus raíces han sido extirpadas, siendo trasplantados allí donde los intereses de la clase capitalista los llevaban.

¿Acaso esta no es la historia de la población negra americana? Una historia de desamparo, de incertidumbre, de vínculos cortados, es decir, el verdadero rostro de la clase trabajadora. El mismísimo Malcolm X llevaba la X para señalar que era un paria, un don nadie, que no tenía pasado, que no tenía apellido, era la lucha por una mejor democracia, por acabar con la opresión racial y la injusticia del capitalismo lo que le daba identidad.

Nuestra identidad, lejos de venir de una reconexión con nuestro pasado —lícita, puede que necesaria, pero no central— se crea por las diferentes luchas y opresiones que nos atraviesan. Hay gente que hablará de lucha interseccional; yo os hablaré de marxismo, porque por todas las veces que se ha querido dar por muerto y enterrado a Marx, todas esas veces y más, ha resurgido con más furia: hoy Estados Unidos demuestra eso.

La lucha por superar la dominación capitalista actual es la que une a diferentes colectivos, poblaciones, grupos, que en esencia son de naturaleza trabajadora, en una lucha que les da unidad y significado, más allá de sus intereses particulares o sus identidades concretas; de cierta forma, todo eso deja de importar cuando se mira más allá y se trata de agarrar el futuro para traerlo al presente y poder hacerlo posible, es decir, cuando se trata de realizar la tarea a la que los revolucionarios de todos los tiempos se han comprometido.

La lucha es lo que nos constituye como clase universal, por la emancipación de la población; llamadla ciudadanía, plebeyos o trabajadores, lo mismo da, puesto que es la lucha por la igualdad de todos nosotros.

Como señala Lenin en Las tesis de abril[1], “quien quiera ayudar a los vacilantes, debe comenzar por dejar de serlo él mismo”.

 

 

 

 

 

[1] V. I. Lenin (2009) Las tesis de abril, Madrid: Fundación Federico Engels, pág. 71.

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