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Opinión

El legado de Wilma Rudolph

Roberto Sotomayor

Si uno se pasea por la ciudad norteamericana de Clarksville, puede encontrarse con una estatua imponente en cuyo pie aparace un nombre, el de Wilma Rudolph. Es una estatua que recuerda a una mujer que eligió ayudar a los demás cuando estaba en la cima de su carrera deportiva. No es una historia cualquiera la que hoy cuento, es la historia de una atleta sin igual, cuyo camino marcó a miles de muchachas y muchachos afroamericanos que vieron ella todo un ejemplo. Cuando uno se encuentra con esta estatua debe comprender que es la de un mito que comenzó a ser una campeona desde su infancia.

Wilma Rudolph nació en Clarksville, Tennesee, el 23 de junio de 1940. Un bebé prematuro que tan sólo 2 kilos. La segregación racial impió que wilma y su madre fueran atendidas en el hospital local, ya que sólo era válido para pacientes blancos.

En el seno de una familia muy humilde Wilma formó parte de una familia numerosa en la que finalmente logró sobrevivir. Pero fue una infancia muy difícil, plagada de enfermedades clomo el sarampión, paperas, escarlatina, neumonía y una poliomelitis que la dejó completamente paralizada de su pierna izquierda y de la que los médicos a penas daban esperanza de recuperación.

La suerte de Wilma fue tener unos padres que nunca se dieron por vencidos. En una ocasión la llevaron al Hospital Meharry en Nashville, a unos 80 kms de donde vivían. Y fue allí donde comenzó su recuperación, llevándola dos dias por semana durante dos largos años, hasta que finalmente aquella niña prodigio empezaría a andar ayudada por una abrazadera de metal. Este episodio fue determinante, pues Wilma no empezaría a ir a la escuela hasta los siete años, lugar donde fue motivo de burla bastante tiempo por parte de algunos de sus compañeros.

Si nos situamos en el contexto histórico, debemos saber que Wilma iba a una escuela de negros debido a la segregación imperante en los EE.UU. Fue en el Burt High School donde Wilma empezó a practicar deporte siguiendo los pasos de su hermana Yolanda. Primeramente jugando al baloncesto, deporte en el que incluso llegaría a ganar el campeonato escolar del estado de Tennesee. Y fue allí donde comenzaría a disputar alguna carrera ganándolas siempre. Hecho que no pasaría desapercibido por un hombre, Ed Temple, su descubridor y entrenador de atletismo de la Universidad estatal, que vio en ella su enorme potencial en pruebas de velocidad. Motivo por el cual Wilma, pese a estar aún en el colegio, empezó a entrenar con él en la Universidad.

Su progresión fue tan increíble que a los 16 años logró clasificarse para los Trails de Seattle clasificatorios para los JJOO de Melbourne de 1956. Su gran debut con la selección nacional participando en los 200ml aunque no llegara a la final, y en los relevos 4 por 100, siendo el miembro más joven del equipo norteamericano de atletismo, y logrando el bronce en la final junto con sus compañeras las míticas Mae Faggs, Margaret Matthews e Isabelle Daniels.

Al acabar el Instituto, Wilma obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Tennesee, donde estaba precisamente su entrenador Ed Temple. Esos fueron sus mejores años, cuya progesión fue imparable conviertiéndose en la mejor velocista del momento. Y aunque en 1958 tuvo un parón al ser madre de una niña, al año siguiente regresaría por la puerta grande alcanzando su primer título de campeona nacional en los 100ml, título que repetiría en 1960 (junto al de 200ml), 1961 y 1962.

Su gran momento estaría por llegar. Fue en los JJOO de Roma de 1960 en donde conseguiría 3 oros, en 100ml doblegando por muy poco tiempo a la británica Dorothy Hyman, en 200ml venciendo en la linea de meta a la mítica alemana Jutta Heine (triple campeona europea en 1962), y en los relevos 4 por 100 con récord mundial incluído junto a sus compañeras de equipo Martha Hudson, Lucinda Williams y la veterana Barbara Jones que ya fuera campeona olímpica en 1952.

Se convertía de esta manera en la primera atleta norteamericana en ganar tres oros en unos mismos Juegos Olímpicos. Tras aquella gesta, Wilma Rudolph sería recibida por el Papa Juan XXIII y por el Presidente J.F.Kennedy. En ciudad natal, Clarksville, se celebró un desfile de bienvenida en el que participaron negros y blancos en contra de lo habitual. Este hecho se recuerda como el primer acontecimiento multiracial en esta ciudad.

Sus éxitos no acabarían ahí. en 1961 Rudolph participaría en una gira europea por diferentes países en donde los fans esperaban para lograr un autógrafo de ella. Wilma se había convertido en una estrella mediática mundial. Los franceses la llamaron "La Perle Noire" y la prensa italiana hablaban de ella como "la Gazella Nera". Fue en Moscú  donde igualaría el WR de 100ml (11,3) rebajándolo cuatro dias después en Stuttgart (11,2). Era la mujer más rápida del Planeta, y en EEUU no dudaron en concederle el Premio Sullivan a la mejor atleta del año. Era la gran dominadora. Y tan pronto brilló, como se apagó.

En 1962 anunciaba su retirada del atletismo de competición a la edad de 22 años en un encuentro atlético entre EEUU y la URSS que tuvo lugar en Stanford. Ante el asombro de la prensa y los medios en general, Wilma Rudolph anunciaba su firme compromiso en la lucha por la igualdad de la comunidad afroamericana y por la integración de la mujer en el deporte, poniendo en marcha la Fundación Wilma Rudolph , dedicada a ayudar a los jóvenes a través del deporte, y dando charlas  en las Universidades del país luchando activamente por la igualdad entre negros y blancos.

En 1977 publicó su autobiografía titulada "Wilma Rudolph on track", de un éxito enorme y que fue objeto de una película de la NBC titulada "Wilma" en donde debutaba, por cierto, un joven llamado Denzel Washington.

La vida de esta formidable atleta y persona siempre estuvo perseguida por la mala suerte. En 1967 tuvo un grave accidente de tráfico del que sobrevivió. En 1994 perdía a su madre, con la que estaba muy unida (en plenos éxitos deportivos en 1961 también perdía a su padre), y meses después le fue diagnosticado un cáncerde garganta y un tumor cerebral, cuyo desenlace fue su fallecimiento  el 12 de noviembre del mismo año. Un funeral que fue seguido masivamente.

La vida de Wilma Rudolph es la vida de un ser humano que dejó más que un legado deportivo: un legado de lucha y compromiso social del que muchos deberíamos aprender más de 50 años después.

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