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Opinión

El mundo rural. Apuntes sobre algunas idealizaciones

El mundo rural. Apuntes sobre algunas idealizaciones

MANUEL ONETTI

El mundo rural, tras el último y cíclico boom literario, que viene ya durando unos años, desde el eterno Thoreau hasta los patrios y actuales Tierra de mujeres (María Sánchez. Seix Barral) y La España vacía (Sergio del Molino. Turner) se ha introducido en los medios como un ente político por sí mismo, derivado de las llamadas “políticas de identidad”, incorporando conceptos y conflictos como el del paisaje, territorio, despoblación (éxodo rural, España vacía, España vaciada...), política alimentaria o relación humano-animal, entre algunos otros. En esta época de extremismos, que no radicalismos, el debate se fija entre las posiciones de extrema derecha, que a base de alabanzas a la permanencia de las tradiciones intentan apropiarse del sujeto rural, y las socialdemócratas del nuevo Green Deal, que desde sus marcos teóricos están siendo modificadas y burocratizadas al ritmo que marca el capital. De este modo, este movimiento, a través de proclamas más literarias que políticas, está generando una idealización (seguramente de forma inconsciente, en algunos casos) que desde este espacio creemos que es en sí misma y para sus propósitos materiales, una barrera contra su propia lucha.

Como primer ejemplo de lo que quisiera desarrollar me gustaría fijarme en la figura del jornalero, una de las figuras más representativas del imaginario colectivo sobre lo rural. En un campo ultramecanizado, con cada vez más cultivos intensivos que no requieren apenas mano de obra como el de la aceituna o la almendra, o el sistema esclavista de inmigrantes establecido en los grandes núcleos de concentración de invernaderos (Huelva y Almería), el jornalero ha quedado reducido a pequeños grupos que sobreviven con suerte vendimiando en Francia o sufriendo cada vez más la falta de derechos que se producen en los distintos tajos, como bien denunciaba este año el SAT durante la campaña de la recogida del ajo en varios municipios andaluces, donde los trabajadores no llegaban a percibir ni treinta euros por día de trabajo. Precisamente, el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) ha quedado como único heredero de las históricas luchas campesinas que se desarrollaron durante el mal llamado Trieno Bolchevique y que se vieron abocadas al extermino al estallar la Guerra Civil.  Este sindicato ha sabido mantener la acción como principal vía de reivindicación a través de la ocupación de fincas en desuso o el tan mediático asalto a grandes superficies de alimentación. Pero no sería injusto decir que la lucha jornalera se ha ido diluyendo al ritmo que el jornalero se ha visto apartado de las necesidades de los grandes terratenientes. Así, algunos de ellos, en otros tiempos de bonanza, pasaron del mero trabajador a ser pequeños agricultores, con un desclasamiento paralelo al cambio de necesidades materiales. Un ejemplo de este proceso lo podemos observar en las últimas huelgas convocadas desde la conformación del último Gobierno por parte de las asociaciones de pequeños agricultores, que tal pymes y emprendedores del campo subidos en sus tractores, personificaban las protestas en varios miembros del Gobierno. Y es que la desaparición del jornalero como sujeto, ha hecho que la problemática del campo se centre básicamente en los precios, no sin razón, pero mantener un sector basado y sujeto por la PAC (Política Agraria Común) de la cuál siempre se han beneficiado los grandes propietarios, ha hecho que toda posible mirada al pasado y a una reforma agraria que nunca llegó para beneficiar a los trabajadores, se vislumbre inalcanzable, por lo que parece ser que las nuevas reivindicaciones desde lo rural cuando se trata de trabajar la tierra, se han centrado en la propiedad de esta como individuos y no como colectivo, es decir, crear una élite de pequeños capitalistas, con sus propias ideas más o menos progresistas, pero dentro del mismo sistema.

Si a través de la figura del jornalero les he hablado del trabajador y la tierra, ahora me gustaría señalar otro de los puntos clave que han definido lo rural desde que la vida rural es tal, y son los animales. En el espacio que se le da a este retomar, recuperar y mejorar la vida rural, la posición de los animales en el discurso sigue siendo la misma, y evidentemente no han pasado a considerarse parte de la clase trabajadora como el historiador Jason Hribal defiende en su ensayo Los animales son parte de la clase trabajadora (ochodoscuatro ediciones). Echamos en falta, por ejemplo, en el agroecologismo, una preocupación real por la posición y el destino de los animales, en vez de en los resultados que estos pueden obtener para sus otros propósitos. Es decir, que dejen a un lado sus intereses económicos y señalen las penurias del mundo rural en este sentido. Parece un tabú aún señalar y atacar estas carencias que desde estos nuevos discursos desde lo rural omiten una y otra vez. Tal como dice RMA, una trabajadora rural que prefiere mantenerse en el anonimato, el rural es auténtica dureza, atroz para los animales: perros encadenados, gatos apaleados, gallos y gallinas con los cuellos rebanados, conejos desnucados, vacas, cerdos, pollos, corderos y visones en un hacinamiento perpetuo, toros, becerros y aves usados para festividades donde primero los lesionan y luego los matan bajo un gran sufrimiento, animales “salvajes” perseguidos y asesinados en los bosques, y muchos otros desplazados por apropiarnos de su hábitat. Todo intento de reconvertir esta situación a través de legislación y educación es usado desde un extremo y el otro con la excusa de una supuesta superioridad urbanita, aunque estas demandas provengan de gente que habita el entorno rural pero que no posee el altavoz mediático necesario. En este sentido Laura Luengo Mata, cofundadora del Santuario Vegan, nos traslada desde su experiencia como mujer rural nacida en un pueblo ganadero y agrícola y que dedica su vida al rescate de animales que han vivido explotados por la industria de la alimentación: la veterinaria de grandes animales está enfocada a la producción. Los animales no reciben cuidados individuales, sino que toda la atención veterinaria está centrada en que el lote produzca más y sea más rentable, dé más beneficios a la explotación, señalando otro de los temas obviados a la hora de ensalzar las formas de proceder en un supuesto nuevo mundo rural: la cuestión veterinaria, que desde su posición dentro de la cadena alimentaria se ha erigido en representante por ejemplo de la tan aplaudida ganadería extensiva sobre la que Laura nos comenta: aunque pueda parecer contradictorio muchos de los animales que llegan hasta el santuario provienen de la ganadería extensiva, ovejas enfermas o mayores para seguir el ritmo del rebaño, corderos o cabritos procedentes de partos múltiples que nacieron pequeños o débiles y fueron dejados atrás para que murieran deshidratados o depredados por otros animales. Tendemos a romantizar este tipo de ganadería extensiva o ecológica pero la realidad sigue siendo como en cualquier explotación, que lo animales son tratados como simples recursos y sometidos a una vida sin dignidad. Y añade: es curioso porque los casos más graves que han llegado hasta aquí provienen de ese mundo idealizado donde pensamos que las ovejas pastan felices y los animales son cuidados, pero la realidad es que en este tipo de ganadería se limita el uso de medicamentos por lo que animales enfermos en ocasiones no reciben tratamiento o son subalimentados en épocas de sequía, con las consiguientes hambrunas, para terminar abandonados y depredados hasta que se realiza el cobro de la subvención. Laura, además, nos recuerda al igual que RMA la hostilidad que se puede llegar a experimentar en el mundo rural si te sales de los márgenes que la herencia caciquil ha marcado –especialmente contra las mujeres–: una verdadera revolución de lo rural consiste en una apuesta por la sostenibilidad y no contentar a cazadores y ganaderos o proyectos que destruyen el entorno.

Reflexionando sobre esta evolución necesaria, precisamente en estos días, tal y como retrató el documental Febrero. El miedo de los galgos.  (Irene Blánquez. 2013), se hace frecuente la imagen de estos animales solitarios y moribundos por las carreteras secundarias del estado, que año tras año se repite. Este es solo otro ejemplo interminable más de ese paisaje a abolir. La recuperación de cierto lenguaje rural (incluso ancestral), los viejos saberes, las antañas formas de hacer...están destinadas a la idealización de una situación que durante siglos se ha basado en hacer de la necesidad virtud –cómo sobrevivir si no–, pero que sin una crítica radical y propósito de modificación, que es en definitiva el fin de todo ideal humanista, una modificación de las condiciones y estructuras existentes en beneficio de lo común, se quedarán en un camino que desgraciadamente todos conocemos, el camino de las fallidas socialdemocracias europeas. Y aunque, evidentemente, el ámbito rural tenga sus propias características, como el urbano, en el fondo sufre del mismo mal: la falta de oportunidades, la carencia de medios, desarrollo, y una precarización persistente que no podemos obviar ni camuflar con pequeños negocios rurales que no son más que el símil urbanita de la burbuja emprendedora; ni mucho menos, basados en la explotación animal. Hay que desarrollar un proyecto político en el que el mundo rural ocupe el lugar que le pertenece históricamente, como principal motor de la ciudad y como un ente con identidad propia simultáneamente, pero en el que la explotación tanto humana como animal sea abolida, a través de la recuperación de la tierra y la colectivización de los medios al alcance, así como el desarrollo de las nuevas tecnologías en pro de la humanidad y la naturaleza y no del capital, sacudiéndonos de todo romanticismo sobre el que solo unos pocos han sido capaces de desarrollar sus vidas mientras la gran mayoría vive anclada a los caprichos de las élites rurales, abocadas a una miseria perpetua.

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