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Opinión

El odio acosa a la democracia

Discrepar sólo admite el debate en ningún caso la represión violenta

“A la larga odiamos lo que usualmente tememos.”

 William Shakespeare

 Si la Justicia permite que el odio sea quién se manifieste como respuesta a su incapacidad de llegar al poder por medios pacíficos, entonces es que hemos fracasado como sociedad. Si las fuerzas de seguridad se muestran impasibles antes acciones manifiestamente violentas por parte de la extrema de derecha, entonces es que la integridad física de los discrepantes está en un riesgo cierto. El sistema democrático está basado en las garantías. Sin embargo, si esas garantías se confunden o se altera su propósito de contribuir a la convivencia, entonces los mecanismos que garanticen la libre expresión y los límites hasta los que pueda llegar se habrán roto. El desorden social admitido por sectores institucionales, bajo la forma de trivializar sus efectos puede ser peligroso a la hora de salvaguardar la imagen de figuras electas o la de cargos gubernamentales. Esos niveles de entropía que algunos centros de poder promueven, con la esperanza de recuperar el control, deberían ser corregidos. De lo contrario, sus efectos serán perjudiciales para todas las personas e instituciones democráticas porque no han estado a la altura.

El odio como sentimiento negativo, es un intento por rechazar o eliminar aquello que genera disgusto a su portador. Es decir que es un sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su destinatario. El odio se basa en el miedo a su objetivo, ya sea justificado o no. Difunden el miedo. Manifiestan amenazas. Rechazan la confrontación pacífica de ideas.

Todo, porque el odio es la expresión de un estado de cosas latentes. De cuestiones sin resolver. De creencias erróneas basadas en privilegios supremacistas de los grupos que derrotaron al legítimo gobierno de la II República. El odio es antiguo en España. Tiene profundas raíces que deben resolverse para hacer de este país un lugar mejor para vivir. El odio está en contra de que se afronte la lucha contra la pobreza, ya sea económica, educativa o sanitaria. No le preocupa la desnutrición. También se manifiesta cuando se quiere dar a conocer la “verdad histórica” que se ha ocultado con “mentiras oficiales”, en las páginas de los acontecimientos más oscuros desde la guerra civil en adelante. Mentiras que aún hoy las instituciones democráticas, como la educación, permiten que se implanten en las mentes de los niños y jóvenes las semillas del odio a los diferentes y a los discrepantes. El odio se alienta desde los platós, micrófonos y portadas de los periódicos del sistema.

También el odio se vuelve furibundo, cuando se pretende afrontar con la equidad correspondiente, las obligaciones fiscales por los ingresos de los beneficios monopólicos que son la fuente que permite atender las necesidades de los más desfavorecidos. Por ejemplo, sosteniendo las pensiones, la educación pública y aconfesional, y la sanidad o la dependencia públicas.

Por eso, cuando se quiere liberar a los explotados de unas condiciones laborales esclavistas en el campo, con el modelo de recogida, por ejemplo, se termina atacando a la ministra de Trabajo que ha afrontado un sistema de control legal como las inspecciones, que hace cumplir las obligaciones de las partes. Eso exacerba el odio.

Además, el odio no admite que se elijan formas diversas de vivir la sexualidad. Eso los provoca y hace que se lleven a cabo acciones violentas contra las personas que han optado por otras formas de vivirlas. Las turbas al grito de “maricón” deberían tener mayores consecuencias de las que se aprecian. Las instituciones están lejos de cumplir con su cometido. Especialmente cuando figuras de responsabilidad pública pertenecen a esos colectivos.

Qué decir del odio hacia la mujer. En buena medida ese odio es pura debilidad personal. Incapacidad de comprender los conceptos de igualdad en todos los aspectos de la vida de las personas. La violencia de género es una consecuencia del fracaso del sistema judicial, político e institucional.

Los ataques por parte de la prensa, al gobierno de coalición, es la mayor manifestación de odio que se ha visto desde la muerte de Franco. Esta situación o se aborda, o se corre el riesgo de producir reacciones que no serán menores.

Recordemos que en un sistema democrático el monopolio de la violencia es del Gobierno del Estado. Ahora bien, si su uso no es el correcto, se corre el riesgo de desestabilizar los propios fundamentos del Estado de Derecho. El matonismo debe ser erradicado. Por el bien de todas las personas de este país, porque discrepar sólo admite el debate en ningún caso la represión violenta.

El odio debe dejar de acosar a la democracia.

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