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Opinión

El orden social entre la convicción y la disuasión

“Ninguna propensión maligna del corazón humano es tan poderosa que no pueda ser dominada por la disciplina.” Lucio Anneo Séneca

En estos tiempos de pandemia, la ciudadanía trata de entender el descontrol que se está observando. Se buscan culpables antes de ejercer la autocrítica constructiva. Así, a las apelaciones a comportamientos ajustados a los protocolos de prevención de los contagios, se contraponen las conductas negacionistas más allá de que se asimilen a ideologías de ultraderecha o a creencias religiosas que afecten al conjunto. En cualquier caso, luego de los argumentos de los grupos de exaltados, básicamente de ultraderecha de los últimos días en España, cabrían preguntarse las causas de esos comportamientos sociopáticos. Se los escucha apelar a la libertad. Se los observa destruyendo. Lo inexplicable de este escenario debe resolverse. En este punto es lícito apelar al concepto de disciplina.

Por tal, se debe entender a la capacidad de los individuos para diferir la satisfacción de las necesidades personales en atención a las colectivas. Así, esta capacidad supone el control de los impulsos que aparten a las personas de los objetivos, si estos se dedican a la atención del goce de los placeres más inmediatos. Esta conducta es la esencia del orden social colectivo. La solidaridad es el caso. La cultura del esfuerzo, otro. Así, la disciplina es el requisito indispensable para poner en práctica una serie de principios relativos al orden y la constancia, tanto para la ejecución de tareas y actividades sociales cotidianas, como en sus vidas privadas. No sería el caso de obtener títulos inmerecidos. Tampoco de pretender derechos sin cumplir con las obligaciones que ello suponga. Los casos de privilegiados que exigen el derecho de atender necesidades personales, sin atender al alcance de las consecuencias negativas que ello puede tener sobre los demás, es también un ejemplo frecuente. La utilización de símbolos comunes al conjunto ciudadano parece excusarlos de cumplir las normas de convivencia. Inaceptable.

Actuar de manera disciplinada es básico, tanto para lograr vencer a la pandemia, cuanto para la construcción de una sociedad mejor para el conjunto. Esto último, porque es una virtud moral asociada a la capacidad para llevar una vida ordenada en concordancia con nuestros principios democráticos, deberes, objetivos y necesidades. En definitiva, la observancia de las normas de comportamiento social de las que quedan excluidas las conductas vinculadas a la corrupción. Si una sociedad banaliza estos comportamientos indisciplinados, corre el riesgo cierto de derrumbar el edificio de la convivencia, ese en el que habitan las instituciones que deberían protegerla de tales desmanes. Como la Justicia, por ejemplo.

El individuo social debe actuar basándose en la convicción ética. Esta debería ser fruto del proceso socializador en el que, la familia y el sistema educativo son pilares fundamentales. Ahora bien, si las instituciones se ven amenazadas por comportamientos asociales, insolidarios, que hacen peligrar la “casa de todas las personas”, que es la sociedad democrática entonces, y con el mayor rigor, la autoridad atribuida por los ciudadanos a los gobernantes debe disuadir a los que alteren el orden público.

En los momentos críticos de un Estado se aprecia la medida de los comportamientos individuales y colectivos. En uno en el que la corrupción sale impune, el desorden social está garantizado. Será ese en el que el esfuerzo y el trabajo talentoso no son recompensados debidamente. En el que la Justicia produce alarma social. Ese, en el que ciertos grupos extremistas ocupan las calles quebrando las normas sanitarias. En esos casos, cuando no se aprecia una disciplina basada en la convicción, en la que los principios egoístas prevalecen, deben aplicarse las acciones disuasorias que lo consigan. De no hacerlo, se corre el riesgo de quebrar la paz social que nos merecemos en estos tiempos.

Sepamos defender el derecho del conjunto a una vida mejor.

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