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Política

El poder mediático

La Transición y el proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación que ha caracterizado el régimen del 78 han dado como resultado un panorama mediático muy particular.

El poder mediático

Nos lo decía el ex secretario general del PCE Gerardo Iglesias el pasado miércoles, cuando lo llamé por teléfono con el objetivo de redactar un artículo después de que el Tribunal Constitucional decidiera inadmitir a trámite el recurso de amparo que interpuso para que el policía jubilado Pascual Honrado pudiera ser juzgado por las brutales torturas que le infligió cuando Honrado era agente de la siniestra Brigada Político Social –dedicada a perseguir a la disidencia política durante el franquismo– e Iglesias luchaba por los derechos de los trabajadores: “Tengo familiares enterrados por las cunetas –y, como yo, tantas familias–, y se van muriendo todos los que sufrieron o sufrimos directamente la represión brutal, el tiro en la nuca sin más explicaciones”. “Es una vergüenza que a estas alturas todavía el Parlamento español no haya condenado explícitamente el régimen de dictadura y se pretenda blanquear algo que fue una dictadura terrorista”. “La crisis institucional, política y social que vive este país tiene mucho que ver con no haber resuelto debidamente la superación del franquismo”.

Que el régimen del 78 es heredero directo del franquismo no admite discusión. Lo es entre otras cosas porque fue el general Franco quien designó como sucesor al jefe del Estado sobre el que pivotó la Transición del franquismo al régimen de 78 o porque esa Transición no constituyó una ruptura sino una reforma –“de la ley a la ley, a través de la ley”– que en apenas tres años transformó el franquismo en el régimen del 78 no sólo sin juzgar a los gerifaltes y a los esbirros del franquismo sino también sin apenas tocar sus estructuras. Por ejemplo, la franquista Brigada Político Social –denominada oficialmente Brigada de Investigación Social– fue reorganizada en vísperas de la ratificación de la Constitución de 1978, pasando a llamarse Brigada Central de Información pero manteniendo en su seno a la inmensa mayoría de los miembros de aquella; muchos de ellos, torturadores franquistas.

Con el poder mediático pasó algo parecido: muchos de sus miembros pasaron de un día para otro de propagandistas del franquismo –desde entonces, oficialmente “la dictadura”, aunque sus gerifaltes y esbirros siguieron y han seguido sin ser juzgados– a propagandistas del régimen del 78 –desde entonces, oficialmente “la democracia”, a pesar de todos sus déficits democráticos, producto en buena medida precisamente de aquella Transición–, fieles al relato impulsado por las élites que auspiciaron el proceso de Transición del franquismo al régimen del 78. Y algunos de ellos lo hicieron incluso sin dejar de ser propagandistas del franquismo.

Desde entonces hasta ahora, en el Estado español sólo un puñado de periodistas se ha atrevido a poner de una u otra forma el dedo en la llaga del verdadero y crucial papel de los grandes medios de comunicación en el régimen del 78.

Como refleja Pascual Serrano en su libro ‘Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles’, la historia de los grandes grupos de comunicación españoles es la de sus propietarios –actualmente, fondos de inversión y bancos en su inmensa mayoría–, una historia de finanzas, manejos de Bolsa, fraudes fiscales, especulaciones urbanísticas, violaciones de las medidas contra la concentración del capital, atropellos laborales mientras altos directivos disfrutan de sueldos millonarios y contratos blindados, ejecutivos con sentencias judiciales que los implican con la mafia, fortunas nacidas a la sombra del nazismo, empresas que comercializan armas para dictaduras… La historia de quienes se han apropiado de la libertad de información y de la información misma para convertirlas en mercancía para lograr dinero y poder.

El pasado miércoles, la noticia de la inadmisión a trámite, por parte del Constitucional, del recurso de amparo que Gerardo Iglesias interpuso para que las brutales torturas que le fueron infligidas durante el franquismo pudieran ser juzgadas pasó para los grandes medios de comunicación prácticamente –para algunos de ellos, totalmente– desapercibida. Casos como el del ex secretario general del PCE y víctima del franquismo no están en la agenda de esos medios.

El poder mediático –estrechamente vinculado al poder económico–, altavoz o silenciador –según convenga– de ideas y denuncias, creador de opinión y responsable de la legitimación de unos relatos y de la deslegitimación de otros, no es aséptico. Tampoco tiene por qué serlo, pero elegir un tema y descartar otro es tomar partido. Y abordar los temas desde una u otra perspectiva ideológica, también. Eso sí, la Transición y el proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación que ha caracterizado el régimen del 78 –acelerado desde la crisis de 2008– han dado como resultado un panorama mediático muy particular, en el que no sólo la ocultación sino también la intoxicación y la mentira –que, al menos oficialmente, no están amparadas por la libertad de información– en no pocas ocasiones han campado a sus anchas.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Agustín Montes C.

    31 de enero de 2021 12:01 at 12:01

    La humanidad empequeñece ante lo grande. Pero a esta humanidad que ha hecho dejadez de sus funciones persiguiendo lo más alto, lo más rápido… ese brillo dorado que parece solo tienen las estrellas más distantes, le va a salir muy caro porque prácticamente todos somos Gerardo.

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