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Política

“El principal mensaje que recibí en mi infancia es que el mariquita de pueblo era un desgraciado que no tenía vida”

José María Nuñez ha dedicado su vida en cuerpo y alma a abrir los armarios del mundo rural para que las personas LGTB tuviesen referencias mucho más positivas de las que él tuvo

José María Núñez

José María Núñez (Barcarrota, Badajoz, 1971) se gana la vida como profesor de Economía en la Universidad de Extremadura, pero su vida la dedica en cuerpo y alma desde hace 25 años a abrir los armarios de Extremadura y de toda la España vaciada. Cuando ser homosexual o transexual equivalía a ser un bicho raro, este hombre tierno y generoso fundó en 1995 la asociación de ‘Par en Par’, desde donde empezó a cambiar las mentes obtusas y a construir espacios de socialización para los extremeños y extremeñas LGTBI.

Dos años más tarde, en 1997, puso en marcha Fundación Triángulo Extremadura, con la que ha conseguido que el Parlamento extremeño apruebe leyes que han cambiado la vida a decenas de personas de la región y que han producido vidas más felices para la diversidad sexual en el mundo rural. Uno de los ámbitos de su activismo de los que más orgullo siente este “gay rural”, como le gusta decirse, es que la cooperación al desarrollo de Extremadura en materia LGTBI esté entre las más importantes del mundo.

Hablar de José María Núñez, que desde 2012 preside Fundación Triángulo a nivel estatal, es hacerlo de alguien que ha sido y es protagonista e impulsor de los logros conquistados en los últimos 20 años por el colectivo LGTBI, pero también de un valiente que se atrevió a hacerse visible cuando el premio era la hostilidad, el estigma y cerrarse puertas. Intentó irse a estudiar a Madrid o Barcelona para conquistar la gran urbe y ser anónimo, pero la vida quiso que se quedara en Badajoz, a pocos kilómetros de su pueblo, para cambiarle la vida y las mentes a mucha gente del mundo rural.

¿Cuáles eran las referencias gays en los 90 y en un pueblo perdido de 3.000 habitantes de la provincia de Badajoz, pegando casi con Portugal?

Las referencias que yo tenía eran el típico amigo que era un poco afeminado, el mariquita del pueblo, los que habían salido huyendo o el capillita que se dedicaba a vestir los santos y ponerle flores a las vírgenes. Recuerdo que, al poco de salir del armario, el capillita se cruzó con mi madre por el pueblo y le dijo que tenía que estar orgullosa de su hijo porque había hecho lo que él no había sido capaz. El principal mensaje que recibí en mi infancia y adolescencia es que el mariquita del pueblo era un desgraciado que no tenía vida. Las referencias no eran muy positivas que digamos.

Cómo sentó tu salida del armario en tu casa

Nunca tuve hostilidad en mi casa. Salí del armario primero con mi madre y me dijo: a tu padre ya se lo digo yo. Tuve algún mensaje inicial de que no se entere tu padre, pero nunca hubo un atisbo de rechazo. Seis semanas más tarde mi madre tenía una pegatina pegada en la nevera de la asociación que creamos.

Cuándo te reconoces como gay

Con 20 años descubro que era homosexual, pero yo era un gay teórico, de sentimiento. No ligaba con nadie. Me había enamorado de un amigo hetero y eso me ayudó a reconocerme. Recuerdo que había mucha invisibilidad, la homosexualidad era un tema tabú, un tema oculto.

¿Cómo te da por el activismo?

Siempre había sido activista de otras cosas, de Cruz Roja o de Amnistía Internacional, así que para mí fue conectar algo habitual en mí con mi orientación sexual. El detonante fue que yo hacía un programa en Radio Barcarrota. Hice monográficos sobre diferentes causas para conmemorar el año europeo contra la intolerancia, allá por 1994. Entrevisté a una asociación de gitanos, de inmigrantes y también invité a un miembro de Cogam -colectivo LGTBI de Madrid- y con él tardé más que con nadie, 40 minutos. Al acabar me preguntó el director que si no me había pasado un poco con el tema. Le dije que no. Y ahí empecé a preguntarme por qué no existía nada parecido en Extremadura.

¿Y por dónde empiezas?

Un grupo de personas pusimos un anuncio en una revista de vender cosas que especificaba que queríamos crear un grupo para charlar. Yo quería formar la asociación, pero la gente se resistía. Empezamos a quedar, a quedar, y llegamos a ser 45 personas.

¿Cómo sale del armario ese primer grupo que se crea?

Ese grupo no sale de armario. Es un grupo social, pero no trasciende. Hasta que llegó el Orgullo del 95 y convencí a varios para escribir un artículo que se llamaba ‘Ser homosexual en Extremadura’, que  fue publicado en 'El Periódico de Extremadura'. A mí aquello me sirvió para reafirmarme. Y empezamos a quedar dos veces por semana. Los martes para ver una película o hablar y los viernes, los que querían, para hacer activismo o pegar pegatinas de la asociación por las farolas y semáforos de Badajoz. ¡Ah, y nos fuimos a Mérida a ver a Guillermo Fernández Vara, el actual presidente de la Junta de Extremadura, que entonces era consejero de Bienestar Social!

¿Y qué os dijo?

Para nuestra sorpresa, mucho más de lo que nos imaginábamos. Nos dijo que él tenía anotado que ese tema faltaba entre los asuntos que trabajaba su departamento y nos cedió un local en una de las calles más céntricas de Badajoz. Empezamos con voluntariado a abrir el local de lunes a viernes. Pusimos un teléfono de información a la población LGTBI que fue todo un éxito y dimos una rueda de prensa para presentar la asociación. Salimos en el periódico, lo que fue una salida del armario pública en toda regla.

¿Y al día siguiente de salir en el periódico que os decía la gente?

Cuando fuimos a hacer la entrevista íbamos dos gays y dos lesbianas, pero cuando nos tiraron la foto sólo salimos los dos chicos porque a ellas les dio miedo y se quitaron. Al día siguiente, todo el mundo decía en mi pueblo que era oficialmente mi novio. La entrevista tardó tres semanas en publicarse y caminaba por Badajoz como si una flecha enorme dijera: este tío es gay. Me entró el miedo porque pensé que mi abuelo me iba a ver en el periódico en el hogar del pensionista. Llamé preocupado a mi madre para contárselo y me dijo que mis abuelos ya sabían todo lo que tenían que saber.

¿Hubiera sido tu vida muy diferente de haber crecido en una gran ciudad?

He pensado muchas veces en eso, hubiese sido irme a la España moderna, habría tenido una vida personal más rica en relaciones, pero no hubiese contribuido a impulsar los avances que podemos disfrutar hoy en Extremadura y, en general, en el mundo rural.

¿Ha merecido la pena?

Sin lugar a dudas. En lo personal podría haber sido más feliz fuera, pero en lo colectivo me alegro de haberme quedado en Extremadura.

¿Cómo le explicarías a un o una adolescente LGTB cómo era la Extremadura en la que tú creciste?

No sería fácil porque cuesta trabajo que alguien se imagine tanta ausencia de libertad. He sido un poco incauto porque nunca sufrí tanta homofobia como pudieron sufrir otras personas. Yo tenía pluma y eso me salvó de que hicieran chistes delante de mí. Mi exnovio, que era muy varonil, sufrió mucho porque nadie se imaginaba que fuera gay. Salir del armario era una heroicidad, a mí me daban hasta la enhorabuena por la calle. Pero casi nadie salía. Mucha gente se iba y había gente que vivía vidas ocultas. Extremadura ha dado la vuelta como un calcetín, afortunadamente, aunque todavía hay gente que tiene miedo y sigue siendo invisible. Una vez, yo iba con mi pareja y una mujer agarró a su nieto, se  santiguó y salió corriendo. Eso hoy ya no pasa.

¿Por qué hay que salir del armario?

Porque hay que vivir, estar en el armario no es vida, es como estar todo el día comiendo sucedáneos de las cosas. Hay que saborear la vida y eso solo se hace si se vive sin miedo. Hay mucha gente todavía muy infeliz. El otro día hablaba con un chico de un pueblo de Badajoz que tiene pareja desde hace años y lo sigue ocultando.

¿Qué significa hoy ser LGTBI en el mundo rural?

Ya no hay tantas diferencias con la ciudad. Cuando yo me reconocí como gay sí había una gran diferencia entre reconocerte en Esparragosa o Badajoz o entre Badajoz y Madrid. Las diferencias que había entonces se han reducido muchísimo por las leyes y la pedagogía social. El audiovisual también ha servido mucho para romper la brecha entre lo urbano y lo rural. Antes un gay de pueblo no podía nunca ver una película con personajes LGTBI, hoy te metes en Netflix y hay decenas de películas y series.

 

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