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Cultura

El reggaetón en tiempos de pandemia: una mirada popular

Alba González Pérez | En los tiempos que nos interpelan, se vuelve relativamente complicado desechar como objeto de estudio la influencia del género musical urbano latino (llamémoslo reggaetón) a lo largo y ancho del mundo; sin embargo, las controversias sobre las que vira su producción nos obliga a echar una mirada a un pasado –por cierto, ya no tan reciente– para comprender qué supone este fenómeno de masas que nos pone a bailar cada fin de semana.

Cuando Vico C, Tempo y Baby Rasta comenzaron a escribir sus rimas desde los caseríos periféricos puertorriqueños en la polémica década de los 90, no solamente estaban asentando los posos de algo que ni la industria gringa podría ignorar en un futuro (y por tanto, mercantilizar), sino que también combatían su precaria realidad urbana a golpe y porrazo de letra protesta, aliñado de ritmos que, si bien no rechazaban la sonoridad del hip hop estadounidense, recordaban a largas tardes caribeñas al sol. Fue cuando Vico C nos cantaba aquello de "explosión, a todo aquel que dispara un cañón, que no se equivoque esa no es la misión; si tu jefe te da un arma pa'que seas matón, eso no es un amigo eso es un dictador" que se tuvo que enfrentar, junto con los panas que ensalzaban en aquel momento la escena urbana, a la censura política y a la persecución policial, dando con muchos de ellos silenciados e incluso presos.

De esta primera ola poco nos llegó al otro lado del charco, sin embargo, una nueva generación se preparaba dispuesta a seguir haciendo música urbana desde el caserío para el mundo. Es cierto, hay que reconocerlo: aprendimos a bailar con “Amor de Pobre” de Zion y Eddie Dee, “Yo quiero bailar” de Ivy Queen o “No quiere novio” de Tego Calderón y Ñejo, quienes nos decían que para perrear no hacía falta ni tener  dinero ni saber hacerlo, simplemente precisábamos ganas y compañía.

No importa que la gente sepa que soy del barrio, si al lado tuyo yo me siento como un millonario. No existe la palabra pobre en mi diccionario.

–Amor de Pobre, Zion y Eddie Dee.

Casi al unísono, Pina Records (discográfica enteramente puertorriqueña en sus inicios) comenzó a hacerse eco de los artistas que manejaban el ámbito festivo de las periferias, consiguiendo poner a bailar a medio mundo con temas donde, de una manera mucho más sutil –para burlar la censura–, nos seguían llegando mensajes que sonaban mucho a barrio y poco a lujo. Y es que cualquier persona se estaría quedando con nosotros si dijera que no conoce “Yo me voy p'al pary” de Nicky Jam o “En la cama” del dúo favorito de los primeros 2000, nuestros queridos Cangrys.

Era innegable que aquello que ponía a bailar a la periferia de San Juan de Puerto Rico estaba atravesando el mundo entero. Además, la explícita represión política en contra del género más contestatario surtía su efecto, dejando una escena musical más liviana en lo explícito pero igual de popular en su origen.

Segunda ola

Hicieron bien su trabajo y Universal Music Group lo aprovechó: desde su filial Machete Music comenzó a producir casi el grueso de las canciones que nos acompañaron durante toda la década de los 2000, así llegó “Gasolina”, “Pobre Diabla” o “El Teléfono”. Como una buena empresa de reproducción ideológica capitalista, subsumió casi de manera monopolística (junto a Sony BMG) a toda productora local (Mas Flow Inc, WY Records, El Cartel Records y sí, también Pina Records). Aquí se creó el imperio del reggaetón, una máquina de generación de plusvalía en la que era tarea sencilla colar mensajes que pudieran sonar en todo el mundo sin resultar amenazantes.

Les llegó el lujo, las zonas VIP y los billetes a los artistas, copando casi la totalidad de la primera y mitad de la segunda década de los 2000 con mensajes individualistas, ostentosos, machistas y alejados de cualquier estigma que sonara a caserío, violencia y rebelión. El sistema había hecho bien su trabajo (a pesar de la resistencia de Calle 13, algo que fue bonito mientras duró pese a su corta trayectoria encabezando las grandes listas de éxitos), llegando a crear esa suerte esperpéntica que se materializó en Pitbull, sitiado en Miami, uno de los lugares receptores de mayor migración opositora a regímenes contestatarios al modelo gringo –hay gente que todavía habla de casualidad–.

About my cash flow Let me take this shit

And send this letter off to Castro. Dale come mierda!

–Armada Latina, Pitbull.

El mensaje estaba claro en la escena urbana: misiva equidistante, estética ostentosa y cumplir estereotipos era la clave del éxito. De manera paulatina, el reggaetón fue dejando de relacionarse con los barrios humildes de Puerto Rico, sin embargo, la procedencia de la gran mayoría de los artistas seguía siendo popular. La industria tenía que seguir exprimiendo el talento del caserío, ya fuera en Medellín o en San Juan, ya que las fórmulas gringas duraban poco en los número uno y no eran tan rentables.

Tercera ola

Una tercera ola de artistas prometía continuar la inercia; se creó algo que se denominó Trap (lo que se considera una mezcla entre rap y reggaetón) que generó la puesta en escena de grandes nombres como Bad Bunny, Aanuel, Ozuna, J. Balvin, Becky G o Natty Nat. Todos ellos, aunado a sus referentes clásicos dentro del género, promovían letras provocadoras en lo sexual, con contenido altamente misógino y cosificador, donde el lujo y los quilates relucían en cada clip de vídeo. El imperio musical nunca temió porque aquello que crearon les saliera rana.

Sin embargo, en julio de 2019, salieron a la luz una serie de mensajes polémicos del gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, que generaron una enorme ola de protestas en la isla, algo que se podría considerar como el punto de inflexión en la continuidad del género urbano. Pronto, muchos artistas puertorriqueños comenzaron a instalarse en primera línea de batalla, defendiendo a golpe de manifestación y micrófono la dimisión del mismo: Bad Bunny –firmado con Hear This Music, filial de Sony– canceló su gira europea, nos regaló rimas con Residente y encabezó las protestas en cada calle de San Juan, Daddy Yankee exigía públicamente su dimisión y Aanuel nos obsequiaba con temas que regresaban a la crítica al sistema y su corrupción.

Y es que desde Puerto Rico siempre se ha defendido el carácter urbano y popular de dicha música, siendo el idioma vehicular de canalización de la protesta social, de la visibilidad de la miseria del barrio. Algo autóctono, algo negro, algo boricua.

Sin embargo y como ya comentábamos, poco más allá de Pitbull, la industria gringa no ha sido capaz de copar toda la referencia musical urbana latina, teniendo que ensalzar exponentes puertorriqueños que de proStates tienen, quizá, muy poco. Algo que es, primeramente, síntoma de resistencia popular, negación a comprar la copia, reivindicación de lo autóctono (y siempre lo fue). Artistas como Aanuel, Bad Bunny, Daddy Yankee o Nicky Jam proceden de la más profunda precariedad urbana, del tráfico de drogas para comer, de la necesidad vital como modus operandi para cantar. La matriz popular, como en toda lógica de trabajo capitalista, nunca dejó de ser el valor de cambio de la industria musical reggaetonera.

Regresamos, por tanto, a una vuelta a la reivindicación originaria, donde los artistas son el epicentro de la música y no lo colateral, donde el beneficio importa pero el compromiso más, dejándonos incluso mensajes públicos en sus redes que nada tienen  de ambigüedad política, por ejemplo, el de Bad Bunny: “el sistema ha sido diseñado para tenernos a su favor y aprovecharse de nosotros!!! De dividirnos como pueblo y no podemos seguir cayendo en su maldito juegooo!!!”, quien proclamaba esto en el epígrafe de un vídeo protesta mientras que Daddy Yankee apelaba a la dimisión del gobernador en los Premios de la Juventud, diciendo que ya basta, que Puerto Rico no se vende.

Y hablan mierda de mí

pero no hablan del Congreso.

–Delincuente. Aanuel.

A raíz de ello, todo apunta a que hemos llegado al fin de la despolitización y de la reproducción ideológica de la escena urbana en el ámbito musical. Se les acabó el rentable silencio a las grandes productoras. Se dan incluso pespuntes –muy tímidos y cuestionables– en cuanto a la problemática que nunca ha abandonado la panorama: el machismo. Anitta, Becky G, Karol G, Natty Nat e incluso la propia Ivy Queen (quien recientemente nos ha reeditado de manera estelar su himno “Yo quiero bailar”) parecen poner sobre la mesa su derecho a producir y dar perreo sin censura, en común y sin acoso. Bad Bunny con su álbum YHLQMDLG se ha enfundado sus mejores galas para alentarnos a perrear solas de la mano de la maravillosa voz de Nesi. Incluso sus homólogos urbanos españoles nos narran desde los barrios las miserias que se viven y la crítica al sistema que nos oprime: Bad Gyal, Kaydy Cain, Yung Beef, La Zowi, Rosalía... Quizá esa afirmación peque de atrevida, pero esperen segundas ediciones.

No necesitamos man que pague la cuenta

Las que estamos por aquí facturamos cada día.

–Hookah, Bad Gyal.

La industria musical se enfrenta a lo que parece haberse convertido en el himno de lo periférico, quizá sea porque nunca haya dejado de ser popular: ¿cómo intentarán frenar al monstruo?

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