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Opinión

El reto de nuestra época

Cada cacerola y afrenta en las calles, incitada por la irresponsabilidad de Vox y del PP, es un atentando contra la salud de todos y todas

Pilar Lima | Seis años han pasado ya desde que Podemos naciera para cambiarlo todo en nuestro país, pero si algo caracteriza a Podemos es que se gestó desde mucho antes. Recuerdo como si fuera ayer el 15M. Estaba ahí yo, en medio de las plazas de los barrios de Valencia gritando -sí, las sordas también gritamos- que “no nos representan”, a nuestra manera.

Un grito que se volvió el himno de una generación que tras la crisis del 2008 no estaba dispuesta a permitir que siguieran resolviendo los problemas quienes se beneficiaban de los mismos y cosechaban privilegios cuando la gente no tenía ni cómo pagar la hipoteca o el alquiler. Mirar atrás desde este contexto de crisis actual es una evidencia de lo mucho que hemos avanzado.

Hubo una vez que decíamos que era posible otra forma de gobernar a como lo habían hecho hasta ahora. Hoy lo demostramos. La mejor forma de ver lo que hemos avanzado es comparar la gestión de ambas crisis, la del 2008 y la que atravesamos hoy.

Para alguien que viene no solo del activismo, sino de la dureza de vivir discriminación y paternalismo, y de haber tenido que ganar a fuerza de mucha lucha el respeto a la hora de alzar la voz, es un orgullo ver que el proyecto político que Pablo Iglesias lideró y defendió desde 2014 -pese a los obstáculos desde dentro y fuera de Podemos- está hoy en el Gobierno. No solo se demuestra que los reclamos de un país se pueden convertir en políticas sociales, sino también -y esto me toca especialmente el corazón- que quienes nos quisieron quitar la voz son pasado.

Pero hoy tenemos entre manos un reto todavía más grande. Un reto que no es exclusivo de nuestro país. Un reto que tenemos por delante como humanidad y como planeta. Un reto histórico y se nos va la vida en ello: Reconstruir un país tras una pandemia que no sólo supone una amenaza sanitaria, sino que ha demostrado los límites de un sistema que pone por delante la economía, que da la espalda a las mayorías y que perpetúa desigualdades que en esta crisis se notan con más crudeza que nunca.

Enfrentamos una crisis y lo hacemos mirando directamente a los ojos de la gente. Lo hacemos fundamentando nuestra acción política en la cuarta pata del Estado de Bienestar y tenemos un dispositivo que permite hacerlo: La Constitución.

La transición del 78 supuso, como bien apuntó Vázquez Montalbán, una correlación de debilidades y puede que a muchos, como a mí, nos parezca que la Constitución del 78 contiene una serie de aspectos a perfeccionar, sobre todo después de que como pacto social ciertos artículos fundamentales como el 135 fueran modificados en contra de la ciudadanía en la oscuridad de los despachos y con nocturnidad.

Pero eso no impide ver que quienes hoy quieren hacerse llamar “constitucionalistas” lo hacen vaciando de contenido tanto la palabra como el documento. Se aprovechan falazmente de un término pues si hay algo que hoy refuerza todas las medidas del escudo social implementadas por el gobierno es, justamente, la Constitución que ellos utilizan sólo para golpear a quienes piensan distinto a ellos, pero nunca la leen.

No obstante, el constitucionalismo social que se encuentra evidenciado en la práctica en cada medida implementada tanto en el gobierno estatal como en los gobiernos autonómicos -como el valenciano-, no basta para hacer frente a esta crisis.

Una pata fundamental en la reflexión y la acción política que tenemos entre manos de cara al reto que enfrentamos tiene que ver con Europa. Llevamos años señalando los límites de una Unión Europea que no es fiel a los valores que la originaron. Llevamos también mucho tiempo señalando que otra Europa es posible y que somos defensores de esa posibilidad de unión entre países y pueblos basada en la solidaridad, igualdad, respeto y colaboración virtuosa.

Por ello es tan importante que tres gobiernos (España, Portugal e Italia) impulsen al unísono un ingreso mínimo vital europeo, pero también que otros gobiernos como el francés estén sumándose a la llamada de un eje de países que apelen a la reconstrucción de una UE solidaria.

Nuevamente, somos la ciudadanía la interpelada a encauzar este debate y exigir recuperar los valores que permitieron el nacimiento de una UE, sobre todo ahora que la amenaza de la extrema derecha no toca la puerta, sino que ha entrado de lleno en nuestros espacios de convivencia democrática.

La amenaza de la ultraderecha no es poca cosa. Lo vemos con las caceroladas de los últimos días que no constituyen una protesta o manifestación de pijos y pijas únicamente como señalan algunos. Cada cacerolada y afrenta en las calles, incitada por la irresponsabilidad de VOX pero también del Partido Popular, es en realidad un atentado contra la salud de todos y de todas: “sanitario currando, rico contagiando”.

Recordemos esto cuando pensemos en el reto de nuestra época. Nos toca defender cada derecho y libertad ganado con años de lucha de la mano de nuestra mayor fortaleza: la gente. A la ultraderecha se la combate demostrando una verdad irrefutable: que somos mejores que lo que ellos nos quieren hacer creer y que el valor de lo público, los derechos, la igualdad y la tolerancia vencerán sobre sus falsos discursos e incitaciones al odio.

Como mujer, como activista, como defensora de los derechos del colectivo LGTBI, como quien tuvo el honor de ser la primera senadora sorda de este país, tengo muy claro que los pasos avanzados nunca deben ir hacia atrás. Tengo claro al enemigo.

Y por lo mismo, por todo lo que nos jugamos como país, como Comunitat y como planeta, hay una verdad que no podemos eliminar de la ecuación: de esta crisis no se puede salir sin el pueblo.

Soy una convencida del poder popular. Pero no es un convencimiento terco, sino producto de la evidencia de nuestra historia. Solo la unión popular pudo vencer al fascismo y el poder partisano lo demuestra, sólo la unión popular vence los “no se puede” que convienen al poder y el 15M es una evidencia de ello, solo la unión popular logra echar a los corruptos y corruptas de las instituciones, y la moción de censura que fue apoyada masivamente por la ciudadanía es una muestra de ello.

Sólo la unión popular logra poner en el centro la importancia de lo público y las mareas de todos los colores que enorgullecen a este país son una evidencia de ello, solo la unión popular logra que las pensiones se respeten y el empuje de nuestros mayores es la más hermosa evidencia de ello, solo la unión popular vence al machismo y aquella unidad feminista de la histórica huelga de 2018 así lo demuestra. Solo la unión popular puede cambiarlo todo y las confluencias entre fuerzas del cambio que se unieron para lograrlo son una evidencia de ello, es un honor caminar al lado de fuerzas políticas como Izquierda Unida pues es en la unión que nos hacemos invencibles.

Sólo el pueblo salva al pueblo y sólo con el pueblo podremos reconstruir un país que esté a la altura de su gente y que deje atrás los privilegios de los menos para constituirse en un referente mundial de derechos para los más. Y es en ese país en el que pienso cuando sufro el drama de mis compatriotas en estos días duros por la pandemia.

Es en ese país entre iguales en lo que pienso para llenarme de fuerza y seguir con una lucha que empecé como Pilar hace más de una década, pero que hoy comparto con compañeros y compañeras en todo España. Es en ese país en el que pienso cuando miro a mi Comunitat Valenciana con rabia por los destrozos que nos dejó la corrupción metastásica del Partido Popular pero con la esperanza de poder contribuir a recuperar la década perdida desde las instituciones, como está haciendo nuestro vicepresidente Rubén Martínez Dalmau. Es en ese país en el que pienso cuando doy un paso al frente para asumir retos que en otros años me hubieran parecido imposibles de asumir. Es en ese país en el que pienso cuando me dicen que “no se puede”. Si algo sabemos los que venimos del activismo, las feministas y las podemitas desde que nació nuestra formación política es que no hay mentira más grande que esa. El “sí se puede” se ha convertido hoy en bandera y ruta a seguir. El reto de nuestra época es no olvidarlo y reconstruir con esa premisa en mente el país que merecemos.

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