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Opinión

El rey táctil

El rey táctil

Así lo describió la periodista británica Selina Scott, tras pasar dos semanas entrevistando al rey emérito Juan Carlos I, en 1992. Táctil por tocón, por sobón, por tratar a las mujeres de manera inapropiada dada su condición de rey. Ya eran más que conocidos sus deslices amorosos, o más bien las infidelidades con las que humillaba a su mujer Sofía de Grecia, pero como todos sus cuestionables comportamientos, solo tenían altavoz en prensa extranjera. Y es allí donde ha huido una vez han explotado todas las iniquidades y han quedado al descubierto las financieras vergüenzas reales, por todas conocidas. Emiratos Árabes, otro paraíso monárquico, una suerte de Cueva de Alí Babá para el blanqueo de capitales, donde es legal el maltrato contra la mujer y las mujeres tienen la obligación legal de obedecer a sus maridos una vez contraído matrimonio. Puedo entender por qué el Borbón ha elegido este destino como refugio de avestruz.

Ahora que se ha roto el statu quo entre la prensa española y la monarquía borbónica y tal vez, solo tal vez, podemos hablar de las miserias reales sin correr la misma suerte que Pablo Hasel o Valtònyc, abramos un melón que los súbditos plumillas han dejado caer de maduro durante estos 40 años de servidumbre que nada tiene que ver con la ingeniería fiscal monárquica.

¿Qué pasa con la reina? Sofía de Grecia la reina consentidora, como si fuera cómplice de los desmanes del marido que le tocó en reparto. Pronto tuvo que poner en práctica lo que su familia y sobre todo su madre le enseñaron desde niña, a aguantar estoicamente y lidiar con las miserias que requiere ser una reina en una monarquía sálica, relegada a ser una chica de la Cruz Roja y a las labores benéficas de blanqueo de la Corona, no sabía que su cometido principal iba a ser el silencio y la humillación de tener que ver a su marido entregado a las pasiones carnales con quien le viniera en gana y públicamente, con la connivencia del cuarto poder y los súbditos del reino que le ovacionaban y le pondrían el mote de ‘El Campechano’.

A la India con sus hijos en pleno ataque de cuernos

Fue en 1976, cuando el rey ‘disfrutaba’ de una cacería en Toledo, cuando la enamorada reina Sofía cogió a sus tres hijos e iba a dar una sorpresa a papá. Se encontraría a su marido encamado con una mujer. Huyó a la India con sus hijos en pleno ataque de cuernos. Ataque de cuernos que fue sofocado convenientemente por su madre, su suegra y la abuela de su marido, Victoria Eugenia. Cual consejo de sabias de la corte, recomendaron a la reina que callase su real boca y tolerase los vicios de su marido, otra labor para la que fue debidamente preparada. “Los españoles son muy malos maridos y los Borbones ni te cuento”, llegaron a decirle las tres Moiras, fijando para siempre su destino de mujer florero, consentidora y fiel al estatus que debía mantener con su silencio.

Sofía de Grecia ha llegado a ser en el Estado español un referente de buen hacer y gusto. De estoicidad y clase. Un ejemplo de servicio abnegado a la Corona y a sus súbditos. Como si a estos servidores les placiera que su reina llevase más astas que una corrida goyesca. Sofía de Grecia es un ejemplo, así es, un mensaje para sus súbditos femeninos. Es el ejemplo del silencio que deben las mujeres a sus maridos, de la entrega por un bien mayor, la familia y el sistema, pese a todo, pese a la mujer. Hoy en día encumbrada como “la mujer que sabe callar”, caen sobre sus hombros las necesidades de la monarquía y es un claro mensaje de lo que debemos ser las mujeres para ser “buenas mujeres”. Sin divorcios ni escándalos polémicos, sin voz ni respuesta. Ella representa esa institución anacrónica, inútil y endogámica que sobrevive a pesar de los siglos, gracias a los súbditos y gracias a su silencio.

Y digo yo, no. Digo que es el ejemplo de la esclavitud a la que hemos sido sometidas, del cumplimiento del servicio que se nos ha impuesto, del modelo de familia judeocristiano y heteropatriarcal al que hemos sido entregadas y que la monarquía representa fielmente para ejemplo de todas las súbditas de su feudo. Y digo, no. El matrimonio no vale la vergüenza, no vale la humillación, no vale un trono.

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