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Opinión

Empacho de crispación

Hace muchos años, todos los que median entre mis comienzos en la carrera y los días que vivimos, conocí en unas jornadas de ingreso en la entonces escuela de periodismo de Pamplona a un hermano -también periodista- de Iñaki Gabilondo. Me consta por eso que la vocación periodística de la voz más carismática de la SER fue sólida y bien arraigada, como demostró con su currículo. 

También supongo que después de toda una vida de ejercer el oficio desde muy joven, al máximo nivel y con la mayor dignidad posible en la radio y la televisión, es hasta cierto punto muy de comprender que Iñaki se sienta necesitado de un descanso, por edad y presencia diaria en un trabajo que, en estos últimos años, se ciñó a su comentario político bien de mañana en la emisora de su vida. 

Gabilondo dice estar empachado por la polarización política, calificativo que bien podría ocultar otro con carácter indudable y peligrosamente extensivo entra la población, y basa su retirada -que no lo será del todo porque prestará escucha a los jóvenes en un programa semanal- en el "enconamiento partidista que soporta el país, esa superpolarización con su moldes de respuesta rápida y argumentarios permanentes para la exaltación" que ha dejado a un lado la esencia clave de la política, entendida cabalmente como ejercicio cívico  y razonado de persuasión. 

Lamentaremos la ausencia de Gabilondo, porque son contadas las voces que saben interpretar la actualidad política tal como lo hizo él, sobre todo cuando tanto se prodigan las voces airadas y sectarias que desde las ondas –año tras año- vomitan sobre este país, tan necesitado de memoria y convivencia, nefastos incentivos para azuzar el grito y el odio, reactivando lo más retrógrado de nuestra historia

"Para sumarse al día a día de una lucha partidista tan encarnizada hacen falta unas fuerzas que yo ya no tengo y una fe que flaquea. No quiero ser el cenizo pesimista de las 8:30", señaló Iñaki en su despedida, como si no cupiera otra alternativa que serlo ante la cansina crispación política fomentada, sobre todo, por quienes pretenden ilegitimar lo que la urnas dictaminan.

Tampoco dejó de hacer el periodista vasco una advertencia, visto que en nuestro país tenemos a una derecha identificada con el trumpismo, puesto que -en palabras de Iñaki- "no se puede vivir con el sueño de ver si se hunde todo lo que haga el Gobierno". La advertencia tiene nombre propio: “Trump siempre fue un fascista y un loco. Su fascismo hacía ocultar su locura y su locura ocultaba su fascismo. Es un ser extraordinariamente peligroso, que siempre lo pareció y que nunca, sin embargo, fue tomado lo suficientemente en serio". 

Ojo con el trumpismo, en aparente declive porque las urnas desalojaron a su líder de la Casa Blanca. En España cuenta con una feligresía muy devota en las filas de la extrema derecha parlamentaria y en algunos sectores de la iglesia, la judicatura y el ejército. Esa extrema derecha está dispuesta a la conspiranoia y a la agitación incluso del ruido de sables, aunque puedan parecernos oxidados. Procede tomarla en serio por su indudable efecto de contagio en medio de una pandemia que puede avivar el virus del miedo, del que se nutre el fascismo.

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