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Opinión

Enfermeras: de heroínas a fardos deshechos

La tan ansiada fase 1 para la presidenta Ayuso, abocó a Laura, María y Carmen hacia un limbo

"Es un éxito colectivo”, dijo uno de estos días el paciente y laborioso ministro Illa, refiriéndose a las enfermeras. Ellas, las llamadas heroínas, aplaudidas, adoradas y mitificadas. Aunque muchísimas cayeron enfermas o algunas muertas. La primera fila de la lucha contra esa maldita pandemia estuvo formada en todo momento por miles de batas blancas que están ahora a punto de rebelarse.

Durante las primeras semanas cuando el virus atacaba rabioso nuestras enfermeras-cuidadoras-mujeres fueron elevadas a los altares con estatus de fama extrema. Antes del COVID19 había una distancia social que mutó cuando en pleno infierno se desencadenó una relación con la opinión pública en general que devino en estrellato. El fulgor oscurecía lo que había detrás.

Laura Gonzalvez, 32 años, enfermera de profesión con muchos puntos en su curriculum. Y puntos significa haber hecho cursos de especialización, másteres, haber trabajado en la sanidad pública, méritos y demás etcéteras. Pero Laura estaba en el paro porque, cuando el Gobierno del PP, hizo sus recortes ella pasó de trabajar 35 horas a 37, que parece una nadería, la echaron para contratar a otra que haría el trabajo de dos y por 40 horas. Más pacientes y menos personal. Llega el COVID19 y acuerdan con  Laura sin ni siquiera mirar sus puntos. En el compromiso  de Laura ponía como cláusula aparte “que podían prescindir de ella en el momento en que no fuera necesaria para la dirección del Hospital”.

María Rodríguez, 25 años, sin puntos, sin experiencia y con una vocación acorde con su necesidad de trabajar. En las filas del  paro y es concertada en las mismas circunstancias que  Laura y, pese a su falta de experiencia y puntos, trabajan  en la misma unidad.

Carmen Dominguez, 30 años, llegó voluntaria desde Córdoba por ayudar en la pandemia de Madrid. Se necesitaba personal y Carmen abandonó en su ciudad un trabajo como enfermera en un hospital de prestigio, con alta puntuación  y un sueldo logrado a base de años, resistencia y esfuerzo. Carmen es una mística-misionera. De esas que sienten la llamada y lo mismo se van a una guerra que a una misión en Ghana o al COVID19 de Madrid. Su contrato es idéntico al de Laura y María.

Nuestras tres valientes han pasado por el mismo proceso e idéntico convenio. Al entrar en la fase cero, y con la tensión un poco relajada, la seguridad  cambió a peor para ellas. Les hicieron contratos de mes en mes.

Y no eran ellas tres solas. Su colectivo estuvo en el aire hasta que la necesidad de un número expresamente decidido por Sanidad, para no dejar vacía la posibilidad de rebrote o de nuevas infecciones, obligó a cogerlas de nuevo.

La señora Ayuso no daba el paso por sus santos ovarios y una mala asesoría. Terca , autosuficiente e ignorante, en concordancia con la doña de negro que habitaba en dos pisos de lujo con vida de jequesa de Qatar. En otro mundo. La presidenta tuvo que descender al barro porque no le daban la nota que pedía y no  merecía.

Fue  ese paso de funambulismo político el que cambió la suerte de las ya no tan épicas, pero si necesarias. Los vientos nazis sufrían colocones nuevos ante los denuestos al Gobierno y las calles cambiaron los aplausos por caceroladas-hippy-chic en tricolor. No tuvo más remedio que gastar erario en batas blancas con papeles calcados de los anteriores y fecha final diciembre.

“Los sindicatos no hacen nada por nosotras. Y no podemos salir a la calle porque siempre estamos en servicios mínimos cuando tenemos trabajo. Queremos decir que hay tantas camas y pacientes por poquísimas enfermeras y no es posible abandonar para reivindicar”.

“De los vítores no se vive y si las cosas no cambian en diciembre volveremos a nuestras anteriores situaciones. La famosa rebelión de las batas blancas se hará, porque vamos a tomar las calles, las que podamos. Nos necesitan y estamos hartas de que se nos utilice”.

¿Es cierto que a las personas mayores con enfermedades colaterales las cribaban en los hospitales cuando llegaban?: “Totalmente. Con o sin dolencias colaterales. Al menos en los peores momentos que faltaba de todo. Con 80 años no ponías un pie en las UCI, te pasaban a cuidados paliativos”, responden las tres el unísono.

El ojo distraído que mira no tiene la intencionalidad del ojo que admira las enfermeras, ¿están o no están? ¿Son necesarias para una verdadera política de salud pública o son fardos desarticulados que se las pone o quita según la extravagante metamorfosis de una presidenta volátil y muy ida? Entre quedaros aquí con esta incertidumbre o marcharos a otro país que os pague mejor y tengáis una profesión digna, ¿cuáles son vuestras preferencias? “Emigrar y poder ser un misma sin aplausos y sin infiernos”, responden.

Ahora, que se ha conseguido el gran objetivo de estas últimas semanas, es cuando habría que recordar las promesas hechas en momentos más angustiados, cuando se admitió la necesidad de dotar de mejores medios a toda la red sanitaria. De nada servirían ni aquellos discursos ni las muestras de cariño de la ciudadanía si no se produce una auténtica mejora del sistema.

Última hora y nunca mejor dicho. Las heroínas han sido premiadas con el Princesa de Asturias. Los medios, con su tradicional lenguaje sexista, se refieren a ellas como los sanitarios. Y no es cierto. Quienes estuvieron en la barrera de contención fueron las enfermeras. Y el galardón lo deben recoger este colectivo de esforzadas y valerosas mujeres.

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