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Opinión

Entre amenazas y los Santos Inocentes

"El trueno asusta a los niños; las amenazas a los hombres tontos". Demófilo

Las amenazas de muerte recibidas por el ex vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, junto al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y a la Directora General de la Guardia Civil, María Gámez, sólo reflejan el contexto de impunidad con la que actúan quienes practican estas acciones.

En España siguen vigentes las prácticas más abyectas de la desigualdad social. Las inspecciones de Trabajo realizadas en esta legislatura exhiben resultados aterradores. Los Inspectores de Hacienda ven limitadas sus acciones por falta de recursos o voluntad política. De la misma manera, las instituciones que deberían actuar para mantener los valores democráticos de atención a los más vulnerables, se manifiestan en el mejor de los casos incompetentes para cumplir tales fines. La justicia en este país se sigue aplicando para producir alarma social con sus sentencias y decisiones. Quizá una composición cercana a las lealtades partidarias o religiosas de sus miembros distorsionen la claridad de juicio necesaria para resolver en beneficio común.

La permisividad o negligencia con la que se suelen tratar los casos de abusos, transgresiones a las prácticas financieras, o la cobertura de protección a los denunciantes de casos de corrupción, es ya un estado de cosas que produce alarma social.

Los santos inocentes, publicada en 1981, es una novela de Miguel Delibes que dio lugar a una película dramática rodada en 1984 con la dirección de Mario Camus. Alguno de sus principales actores fueron los recordados Terele Pávez, Alfredo Landa y Paco Rabal. Su trama refleja las vejaciones sufridas por los campesinos bajo el yugo de los señoritos.

Por su calidad y mensaje, el film ganó la mención especial del jurado en el Festival de Cannes en 1984. Esa España que muestra la obra sigue siendo la realidad que desean mantener los que amenazan a quienes desean una sociedad más justa, más libre y más honesta.

La literatura nos ofrece la mejor explicación del comportamiento servil de una parte del electorado, embrutecido por las campañas de mentiras y difamaciones sobre los rivales políticos. Por ello venden su voluntad a sus verdugos. Así, tal vez la desmesura de los señoritos es la recompensa hacia el rebaño para que se sienta parte. Lo cierto es que lo son, pero no de la manera que suponen en el devenir de sus miserables vidas. El besamanos, expresión del servilismo, conduce a las votaciones en favor de sus amos. Siempre bendecidos con la inestimable colaboración desde los púlpitos. Desde el acarreo de votos. Hasta el clientelismo local de los caudillitos de aldea.

Ahora, las investigaciones parlamentarias y judiciales de las acciones de las cloacas de las fuerzas de seguridad, empujan las aguas de la violencia al servicio de poderes inconfesables. Todo confluye. Se culpabiliza a las víctimas. Hasta le debemos a los Franco por el Pazo, según la justicia de A Coruña.

España debe limpiarse de corruptos. De lo contrario estaremos perdidos.

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