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¿Entretenimiento o ideología? Lo que enseñan las telenovelas

Las telenovelas, que han difundido su edulcorante mensaje a millones de personas, se convirtieron en un instrumento de penetración ideológica

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José Juan Pacheco Ramos

Lejanos están los tiempos de las primeras telenovelas, esas inacabables series surgidas en América Latina a mediados del siglo pasado con la televisión en blanco y negro y que por sus tramas enrevesadas y lacrimógenas se llamaban aquí "culebrones" y allí "telelloronas".

En realidad, eran herederas directas de las radionovelas cubanas y mexicanas, que hicieron suspirar y llorar a generaciones enteras de mujeres –a quienes estaban dirigidas–, condenadas por una sociedad machista al rol de amas de casa, cocinando, lavando y planchando, y que encontraban en estas triviales historias una válvula de escape a su vida cotidiana.

Una de las más conocidas, “El derecho de nacer”, nos ilustra sobre el tipo de trama que tenían las telenovelas. Con “Los preludios” de Franz Liszt como música de fondo, una chica de rica familia es embarazada y abandonada por su novio cuando rechaza el aborto; su padre encarga al capataz de su hacienda que mate al bebé para evitar la “deshonra” de la familia, pero Mamá Dolores, la sirvienta negra, salva al recién nacido quien, ya adulto y convertido en médico de renombre, curará el derrame cerebral del abuelo que quiso terminar con su vida. Una obra melodramática que, según su autor, el cubano Felix Caignet, fue un alegato contra el aborto y contra el racismo y cuya primera versión radial cubana de 1948 fue seguida por innumerables versiones radiales, televisivas y de cine, en múltiples países latinoamericanos.

Las telenovelas no tenían mayores pretensiones artísticas, pues eran productos que en innumerables capítulos combinaban amor, intrigas, celos, venganzas hasta llegar al siempre feliz final y estaban patrocinados por fabricantes de jabones y detergentes, máquinas de coser y medias de nailon, que constituían ante todo un producto barato y novedoso que generaba ingresos en una incipiente industria del entretenimiento.

La rutina de los hogares estaba marcada por los horarios de las telenovelas, y las compras, tareas y comidas se hacían de tal manera que nadie se perdiese los diarios capítulos con los sufrimientos, desengaños y amoríos de la humilde protagonista con que todos se identificaban.

El grado de sometimiento colectivo era tal que en Cuba las tiendas dejaban de vender a las 7 pm a pesar de estar abiertas hasta las 9 pm, para poder seguir las penurias de Isabel Cristina; en Nigeria, los televidentes lincharon a los empleados de la empresa eléctrica por un apagón ocurrido durante la final de una telenovela mexicana; en México, la telenovela "El candidato" favoreció la posterior victoria electoral de Vicente Fox.

Con el tiempo, la trama de las telenovelas se estandarizó –generalmente, una chica pobre llegada a la capital se enamora del hijo de su patrona y es embarazada por éste, siendo expulsada por la presión familiar hasta que, después de muchas penurias, triunfa y vuelve convertida en una mujer rica para casarse con su amado–. Es decir, la ficción de ensueño universal capaz de endulzar las duras jornadas de trabajo doméstico, el melodrama simple con final feliz deseable en cualquier lugar del mundo.

Las telenovelas, que habían difundido su edulcorante mensaje a millones de personas, se convirtieron en un instrumento de penetración ideológica cuando comenzaron a ser exportadas a toda América Latina, Portugal, España, Italia, Grecia, Europa del Este, Asia Central, el Cáucaso, Turquía, China, Filipinas, Indonesia, Israel, Eslovenia y también a algunos países africanos, encontrando hacia el año 2000 un hueco en el mercado mundial del entretenimiento al internacionalizarse su público espectador. La creciente especialización del género en un mundo cada vez más globalizado también provocó que la producción fuese asumida por países recién llegados al género, viviendo así hoy en día el curioso fenómeno de que los países latinoamericanos consumen telenovelas producidas masivamente –y a menor costo– en países como Turquía y China, fenómeno comparable a las exportaciones de patatas holandesas a los países andinos.

En este contexto, pues, de permanente cambio de centros de producción no debería sorprendernos demasiado que el sueño de la humilde chica de provincias seducida por el rico hijo de familia de la capital, al que conquistará sólo después de haberse labrado una posición económica sólida, nos sea servido esta vez por jóvenes actores chinos presentados por la CGTN en español. ¿Son estas telenovelas tan aceptadas como las originales? Eso sólo lo dirá el futuro, pero lo que sí está claro es que el mensaje alienante es hoy, como ayer, el mismo.

 

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