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Entrevista a Enric Juliana: “Las bofetadas para decidir cómo gestionar los 140.000 millones del fondo de la UE se van a oír hasta en Manila”

- ”A derecha e izquierda, España es un país de castillos. Y los castillos, los asedias, o te los asedian”

- "Si Podemos no atiende a los jóvenes puede convertirse en un espectro, puesto que los jóvenes pueden ser, de nuevo, los más perjudicados por esta crisis”

- "Habría que hablar de otra austeridad. Austeridad política. Austeridad moral. Austeridad justamente repartida. Austeridad ecológica”

Dice el escritor Juan José Millás que Enric Juliana escribe sobre política española como si fuera un corresponsal extranjero. En esta entrevista, el director adjunto de La Vanguardia en Madrid, reflexiona sobre el peso de la herencia política de la izquierda. La conversación viene motivada por la publicación de su último libro, 'Aquí no hemos venido a estudiar' (Arpa, 2020), una mirada a la historia reciente de nuestro país que va más allá de la melancolía y que se niega a interpretar el pasado como algo clausurado, como una naturaleza muerta. Las victorias, pero también los fracasos –sobre todo los fracasos – abren surcos, y es en esos surcos donde germinan las apuestas y esperanzas de presente.

Tu libro recoge una amplia bibliografía que incluye memorias de los presos del franquismo, documentos del archivo histórico del PCE, actas de reuniones entre líderes internacionales, textos radiados desde la Pirenaica, sumarios de tribunales militares... ¿Cómo fue el proceso de documentación?

‘Aquí no hemos venido a estudiar’ es fruto de doce años de trabajo. Después de escribir una breve semblanza de Manuel Moreno Mauricio para una publicación local, entendí que aquel texto tenía que crecer hasta convertirse en un libro. He partido de mis recuerdos de juventud, hablando con diversas personas que conocieron a MMM durante varias épocas de su vida, he visitado archivos –el archivo central del Ejército, donde están depositadas las actas de los consejos de guerra, he consultado el archivo del PCE, he trabajado con una bibliografía de más de sesenta volúmenes… Doce años de trabajo lento, hasta que el pasado verano, percibí que el libro ya estaba maduro. Empecé a escribir en septiembre y acabé en enero de este año, arañando horas a mi trabajo de periodista, durante unos meses en los que no faltó ajetreo: repetición de las elecciones generales, sentencia del Supremo sobre los hechos de Catalunya, incidentes en Barcelona, pactos postelectorales, investidura… He de confesar que los domingos cuando me dedicaba al libro, me relajaba. Confieso que lo he escrito con entusiasmo.

Además de por los grandes momentos de la Historia reciente de nuestro país, 'Aquí no hemos venido a estudiar' está vertebrado por una historia con minúsculas, la trayectoria biográfica del dirigente comunista Manuel Moreno Mauricio. Tal y como cuentas, Moreno sufrió una doble derrota: política y vital. Decía Ernst Bloch que en los proyectos de emancipación derrotados del pasado hay un "excedente utópico" que puede nutrir nuestras luchas actuales. ¿Cuál es el excedente utópico que contiene la vida de "el hombre que no se puso de puntillas para salir en la foto de la transición", como le describiría Vázquez Montalbán?

Manuel Moreno Mauricio fue, ante todo, un resistente. Un heroico resistente. Trabajó para evitar que la República perdiera la guerra, como interventor de la colectivización metalúrgica de Badalona. Contribuyó a la derrota del nazismo en Francia como miembro de la resistencia francesa (Fuerzas Francesas del Interior) en la región de Orleans y en París. Dirigió la reconstrucción del PSUC en el sur de Francia. Aceptó ser enviado clandestinamente a Valencia en 1946 para reconstruir la dirección política de la Agrupación Guerrillera de Levante, cuando aún se creía posible un firme movimiento de los aliados contra la dictadura. Fue detenido, torturado y condenado a muerte en 1947. Escapó milagrosamente a la ejecución (el libro arranca con ese episodio). Condenado a 30 años de prisión en la cárcel de Burgos se puso al frente de la organización clandestina del PCE en el penal más duro de la dictadura y fue uno de los organizadores de la legendaria ‘Universidad de Burgos’: los cursos clandestinos de formación que convirtieron la cárcel en Academia. Se opuso a las tesis voluntaristas que creían inminente el final del franquismo, razón por la cual vivió un año de ostracismo en el último tramo de su condena. Al salir de la cárcel en 1964, se encontró con una esposa hundida psicológicamente y un hijo al que apenas había conocido. Rechazó el ofrecimiento de exiliarse en Praga o en Budapest, para dedicarse a su familia, sin más vaivenes: su primer empleo fuera de la cárcel fue el de vigilante de obra. Al cabo de un tiempo, su hijo enfermó gravemente de esclerosis múltiple, una dolencia difícil de diagnosticar en los años sesenta. Se mantuvo fiel a sus ideas y volvió a ser detenido en 1974 durante una operación policial contra la organización del PSUC en la comarca del Baix Llobregat (en aquel tiempo trabajaba como contable en una empresa de la construcción de El Prat). Asistió a los acontecimientos de la transición sin ponerse de puntillas, intentando aconsejar a los más jóvenes. Le entusiasmaba dialogar con los jóvenes. Su hijo murió de manera atroz, la transición dibujó su parábola y el PSUC se rompió. Todo lo que quería  y todo por lo que había luchado se hundió. Y siguió resistiendo. Nunca expresó resentimiento. Poco antes de morir, gravemente enfermo, pidió visitar unas pistas de atletismo que se estaban acabando de construir en su ciudad. Le entusiasmaba el atletismo. De joven había sido gimnasta.  Dijo a sus acompañantes que quería dar una vuelta completa a la pista. Solo, sin ayuda. Avanzaba lentamente, con grandes esfuerzos, en más de una ocasión estuvo a punto de caer, pero logró completar la vuelta. Al acabar les dijo a sus amigos: ‘Ahora ya me puedo morir’. Este era Manuel Moreno Mauricio. Que cada uno saque sus conclusiones.

Relatas como Moreno Mauricio, inventó durante sus años en la prisión de Burgos la coca de patata. Un plato que según dices todavía hoy se prepara en algunas casas de Badalona bajo el nombre de "coca Moreno". Para G.K. Chesterton la tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas, ¿qué fuego se transmitió en "la prisión más fría de España"?

Permíteme una anécdota: MMM era hijo del confitero de Vélez Rubio, provincia de Almería. Uno de los dulces más renombrados del establecimiento familiar era el cuerno de hojaldre con batata. A él también le gustaba la repostería y en la cárcel inventó la coca de patata. ¿Qué fuego transmitió la prisión más fría de España? La voluntad de resistir, sin duda alguna. Las comunas fueron fundamentales en las cárceles del franquismo, sobre todo en los años más duros. Toda la ayuda que los presos recibían de sus familiares, fuesen alimentos, ropa o dinero, se ponía en común y se distribuía equitativamente entre los miembros de la comuna, con especial atención a los enfermos y los más viejos.  Después de la cena en la cárcel, no muy nutritiva, siempre había un complemento alimentario. Todos recibían una modesta paga semanal para comprar tabaco, papel de carta y sellos o algún otro producto del economato de la prisión. Las comunas evitaban el aislamiento y la desesperación. Las comunas eran la base de la organización clandestina en el interior de la cárcel.  El intendente de cada comuna recibía un nombre muy significativo: la ‘madre’.

Señalas cómo el Plan de Estabilización (1959), resultado de la victoria de los tecnócratas del Opus frente a los falangistas dentro del franquismo, ha determinado la política económica de nuestro país hasta el momento actual. Además lo situas en el origen de Comisiones Obreras...

Efectivamente, el Plan de Estabilización de 1959 traza las líneas maestras de la política económica española durante décadas. La línea trazada en el 79 nunca se ha roto desde entonces. Apertura a los capitales extranjeros, previa devaluación de la moneda. Apertura al turismo, con sus divisas y sus costumbres. Construcción del primer corredor mediterráneo: la autopista A-7, entre La Jonquera y Alicante. Crecimiento de la industria, maquinización del campo y emigración masiva hacia las grandes ciudades y el extranjero. Tasas de crecimiento de un 7% anual entre 1960 y 1974. Una economía de sesgo liberal bajo disciplina autoritaria. Las líneas maestras del plan de 1959 han proseguido durante la democracia, con modulaciones. En el libro destaco una de las figuras clave del Plan de Estabilización de 1959, el economista barcelonés Joan Sardà Dexeus, jefe de estudios del Banco de España. Sardà fue otro hombre que no quiso ponerse de puntillas en la foto de la transición. Tuvo un papel determinante, pero no ambicionó protagonismo político. Sardà no era un tecnócrata del Opus Dei. Su biografía es poco conocida: poco después de completar estudios en la London School of Economics en los años treinta, asesoró a Josep Tarradellas en el diseño de la economía de guerra de la Generalitat, incluidas las colectivizaciones. No tuvo papel político, pero ya influyó entonces. Acabada la guerra, con la ayuda de unos familiares muy cercanos a Franco, consiguió blanquear el expediente e iniciar una carrera académica en España hasta que le ofrecieron un puesto de asesor del Banco Central de Venezuela, la próspera Venezuela de los años cincuenta. En Caracas entró en contacto con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y eso interesó a Mariano Navarro Rubio, ministro de Hacienda de Franco, que le fichó como jefe del servicio de estudios del Banco de España y proyectista de la liberalización de la economía española. El hombre que ayudó a Tarradellas a poner en pie la economía de guerra de la Generalitat republicana ayudó a Franco a salir de la economía de guerra. En ese marco histórico nace Comisiones Obreras, en mi opinión la creación social más genuina del pueblo español durante la dictadura. Comisiones Obreras nace con el seiscientos, la nevera eléctrica y el piso pagado a plazos en la periferia de la gran ciudad. 

Analizas también la centralidad que tuvo para el devenir del PCE la discusión en el interior de la organización comunista sobre la fragilidad del franquismo. Este debate se produjo en tres espacios, con distintos niveles de información - el exilio, las prisiones y la clandestinidad – y se expresó en distintos momentos. En 1948, en una visita de Carrillo y la Pasionaria a Moscú, Stalin puso sobre la mesa la necesidad de poner fin a la lucha guerrillera en España y comenzar a trabajar dentro de los sindicatos de masas del régimen. ¿Qué consecuencias tuvo el paso de una estrategia guerrillera a una estrategia que priorizaba la implantación en la clase obrera?

En su memorial sobre el PCE, Fernando Claudín sostiene que Stalin se reunió con los comunistas españoles en 1948 porque estos unos meses atrás, habían pedido ayuda al dirigente yugoslavo Tito. Se estaba incubando el enfrentamiento entre soviéticos y yugoslavos y Stalin quería tener controlados los movimientos de Tito. En esa reunión les vino a decir que la lucha guerrillera no llevaba ya a ningún lado, puesto que las cartas del nuevo reparto del mundo ya estaban dadas. ‘Les jeux son faits’. No se lo dijo en francés, se lo dijo en ruso: ‘tarpenie, tarpenie…” (paciencia, paciencia…) Y efectivamente, les aconsejó que se infiltrasen en los sindicatos verticales, cosa que sorprendió a los dirigentes del PCE, convencidos de que los trabajadores españoles odiaban al sindicato oficial. Sin embargo, Comisiones Obreras tardó más de diez años en nacer y lo hizo de manera bastante espontánea. No hubo una correlación automática entre el consejo de Stalin y el nacimiento de CC.OO., que al cabo de un tiempo empezó a crecer utilizando inteligentemente las estructuras del sindicato vertical.

En 1962, en la prisión de Burgos, se da otro intenso debate entre aquellos que apostaban por poner en marcha una oleada de protestas dentro de la cárcel para acelerar la caída del franquismo y los que consideraban que el deber del preso es resistir y formarse. Se impuso la acción al estudio, ¿qué lecciones se extraen de esa discusión intramuros?

Esa discusión constituye el núcleo argumental del libro. En 1962, hay huelgas muy importantes en Asturias y el País Vasco, la Iglesia empieza a cambiar de posición, la Universidad vuelve a moverse… Algo está cambiando en la sociedad española y la cárcel de Burgos viene a ser la cueva de Platón: los presos ven el reflejo de nuevas sombras en el fondo de la celda y deben interpretar su significado. Unos creen ver el final inminente del franquismo y otros creen que la dictadura no es tan frágil. Es una discusión intuitiva que adelanta el gran debate que al cabo de unos meses tendrá lugar en el seno de la dirección del PCE. Es una discusión dramática. Si gana la primera tesis, hay que poner la cárcel patas arriba, tensar las protestas y olvidarse de los cursos de formación. Si gana la segunda tesis, hay que dar prioridad a la ‘Universidad de Burgos’. Primero pareció que ganaba la segunda tesis y al final de impuso la primera: ‘Aquí no hemos venido a estudiar’.

El tercer debate sobre la debilidad del régimen se produce en el exilio en el año 1963. Lo protagonizan la troica de "los italianos" – Claudín, Semprún y Vicens – que interpretaban que el desarrollo económico apuntalaba al franquismo, frente a la lectura de Carrillo y de gran parte de la dirección del PCE, que apostaba por un rápido colapso de la dictadura.

La discusión intuitiva de Burgos se convirtió en una discusión en toda regla dentro del PCE y del PSUC. Una discusión que duró casi dos años y que acabó mal, con la expulsión de los disidentes. Fue una discusión dura, durísima, pero con método. Las tesis de los disidentes llegaron a ser publicadas en la revista ‘Nuestra Bandera’, publicación teórica del PCE, con acotaciones de la dirección. En las actuales organizaciones políticas es casi imposible que una discusión política de alto voltaje dure cerca de dos años. Algunas cosas importantes se ventilan hoy con dos tuits y un vídeo de dos minutos en las redes.

”A derecha e izquierda, España es un país de castillos. Y los castillos, los asedias, o te los asedian”

Finalizas el libro concluyendo que la historia ha acabado dando la razón a los disidentes comunistas, ¿qué se perdió por el camino?

El PCE no supo aprovechar en beneficio propio las chispas de aquella discusión. Perdió energía. No supo aprovechar la energía que liberaba la discusión. Los partidos comunistas no admitían corrientes, la minoría estaba obligada a aplicar las resoluciones de la mayoría, de acuerdo con el método leninista del centralismo democrático. El Partido Comunista Italiano, que en muchas cosas se parecía a la Compañía de Jesús, le dio la vuelta a la norma leninista: las corrientes no estaban reconocidas como tales, pero existían y respetaban un método de trabajo común. Eso ayuda a entender, entre otros factores, la enorme fuerza que adquirió el PCI. Pedirle esa flexibilidad al partido clandestino español quizá era pedir demasiado. Claudín, Semprún, Vicens y Solé Tura abogaban por esa flexibilidad. No es fácil mantener en pie y de manera estable una organización política con corrientes internas. Hace falta lealtad y un método claro. Hace falta entender el valor político de la flexibilidad, que muchas veces en España se confunde con la ambigüedad y la falta de coraje. A derecha e izquierda, España es un país de castillos. Y los castillos, los asedias, o te los asedian.

Cuentas cómo, acorralado entre los intelectuales y los sectores más radicalizados del partido, Carrillo, emprendió un viaje a la moderación que cristalizó en la estrategia de reconciliación nacional. Sin embargo, Carrillo no se convirtió en Berlinguer y el PCE, a pesar de la legitimidad obtenida durante la lucha antifranquista y su capital militante, no se transformó en el principal partido de la izquierda de la España democrática. ¿Cómo se explica que un PSOE que "acababa de salir de la nevera" se hiciera con el espacio que estaba destinado a ocupar el PCE?

Carrillo no era Berlinguer, sin duda. Carrillo era un joven socialista del ala caballerista que se adhirió en los años treinta a la Internacional Comunista. Listo, astuto, con una fortaleza psicológica de hierro, implacable en los momentos más duros, era un hombre con gran voluntad de mando y una inequívoca tendencia al ‘grandismo’: se veía siempre en el centro de la escena. Siempre he pensado que Carrillo fue un socialista, un socialista del ala izquierda que quiso convertir el PCE en el partido sustituto del PSOE. Berlinguer, de antiguo origen catalán, era un hombre inteligente y abnegado que estaba al frente de un colegio cardenalicio. Berlinguer sintetizaba ideas, aunaba corrientes, tomaba distancias de Moscú y tuvo una gran intuición: intentó darle la vuelta al concepto ‘austeridad’ después de la crisis del petróleo, proponiendo una austeridad pactada: nosotros moderamos los salarios y vosotros pagáis más impuestos y descolonizáis el Estado, abriendo el juego democrático. Creo que el discurso de Berlinguer sobre la austeridad sigue siendo actual. Habría que liberar el concepto austeridad de la maldición neoliberal: bajada de salarios y pensiones, mientras unos cuantos se forran gracias a la colonización de las  estructuras del Estado y sus principales palancas de decisión. Habría que hablar de otra austeridad. Austeridad política. Austeridad moral. Austeridad justamente repartida. Austeridad ecológica, podríamos añadir. Un nuevo contrato social. Los pactos de la Moncloa de 1977 intentaron inspirarse en esa línea, pero el PCE no tuvo suficiente fuerza para imponer una potente comisión de seguimiento que el PSOE no quería, puesto que a Felipe González no le interesaba la concertación con Adolfo Suárez. González quería ser la alternativa a Suárez.  

Si bien las elecciones del 77 penalizaron duramente al PCE, que obtuvo un 10% de los votos, no ocurrió lo mismo con el PSUC que alcanzó un 18% de los votos en esos comicios. ¿Cómo se explica esta desproporción? ¿Cuál es la especificidad catalana respecto a la cuestión comunista?

Creo que la rémora principal del PCE fue su nombre: Partido Comunista. El franquismo aplanó la sociedad española. El franquismo extirpó la pasión política del interior de la sociedad española, sobre todo en las generaciones más mayores. El franquismo sembró miedo. Y el franquismo se legitimó ante las potencias occidentales como bastión anticomunista. Las primeras elecciones democráticas se celebran en el interior de una fuerte crisis económica que ha encarecido la vida y pone en peligro los empleos. Para no sucumbir, el régimen ha impreso moneda y por eso sube la inflación. El valor de los salario es ficticio. En este contexto la mayoría de la gente quiere democracia sin mayores estropicios. Evidentemente, las vanguardias politizadas aspiran a cambios más radicales y veloces, pero se impone el moderantismo de UCD, con una ley electoral hecha a medida. En 1977, el nombre ‘Partido Comunista’ estaba arruinado, por la decrepitud del sistema soviético y cuarenta años de tenaz propaganda anticomunista. Después de la Primavera de Praga de 1968 ese significante estaba en claro declive. Los dirigentes del PCE creyeron que la orla heroica de la lucha antifranquista y sus esfuerzos para distanciarse de Moscú compensarían ese factor negativo. Y no fue así. Unos años antes, Ramón Tamames le propuso a Santiago Carrillo que el PCE pasase a llamarse Partido Laborista. Carrillo le dijo que aún no era el momento, que quizás más adelante. Se habría producido un cisma interno, pero seguramente habría obtenido un brillante resultado electoral. Siempre he creído que si el PCE no hubiese sido legalizado y se hubiese tenido que presentar como plataforma electoral con otro nombre, pongamos por caso, Alianza Progresista, con candidatos más jóvenes y no vinculados al exilio, hubiese obtenido un mejor resultado. El PSOE no tenía ese problema. Llevaba la etiqueta socialista y lo habían tenido en la nevera durante cuarenta años. Felipe González insistió mucho a Suárez para que legalizase al PCE: no quería enfrentarse a una plataforma electoral progresista que se presentase como víctima de una democracia limitada. El PSUC, es verdad, obtuvo mejores resultados que el PCE. En 1977 no bajó del 30% en el área metropolitana de Barcelona, por su fuerte implantación en el cinturón industrial, por su penetración en sectores profesionales y pequeño-burgueses, por su eficiente interrelación con el catalanismo, por su apertura al mundo católico y porque no llevaba el nombre de comunista. Si hubiese concurrido a las elecciones como Partit Comunista de Catalunya hubiese sacado menos votos. La ambigüedad era su gran capital político. ¡Ay, la ambigüedad!  En un momento dado, la  mitad de los militantes y dirigentes del PSUC no quisieron ser ambiguos y ahí se acabó el éxito del partido que el escritor Josep Pla había calificado en 1938 como “el partido rosa de la revolución”. Este país se divide entre los que adoran la ambigüedad y los que la detestan. Creo que es una división a partes iguales. Ya puedes suponer a qué bando pertenezco. 

En tu libro reflexionas también sobre algunas diferencias y analogías entre Portugal y España. ¿Qué influencia tuvo la experiencia portuguesa de la Revolución de los Claveles en la transición española?

La Revolución de Abril de 1974 tuvo importantes consecuencias para España. Entusiasmó a muchos jóvenes españoles, dio alas a la lucha por la democracia en España, motivando incluso la formación de un valiente núcleo de jóvenes oficiales demócratas (la Unión Militar Democrática) que fueron duramente reprimidos. Puso en guardia a la cúpula franquista del Ejército español y a los mandos de las fuerzas de seguridad, que asistieron aterrorizados al desplome de la dictadura salazarista. Arias Navarro y los mandos del Ejército estaban dispuestos a atacar Portugal si Estados Unidos se lo solicitaba, cosa que estuvo a punto de ocurrir. (Henry Kissinger tenía en la cabeza el plan de propiciar una guerra civil entre los sectores moderados y revolucionarios del Movimiento de las Fuerzas Armadas portugués, con entrada de tanques españoles por Extremadura. Afortunadamente, el embajador de Estados Unidos en Lisboa, Frank Carlucci, que trabajaba para la CIA, le disuadió). La revolucion de Portugal puso en guardia a Estados Unidos y ello contribuyó que los norteamericanos aceptasen el programa de reformas que les planteó Juan Carlos I. Años antes, Richard Nixon era partidario de una ‘dictablanda’ en España, plan que sin duda alguna habría contado con el apoyo del almirante Carrero Blanco. Quiero llamar la atención sobre este punto. Discrepo radicalmente de quienes sostienen que la transición fue una ‘bajada de pantalones’ de las fuerzas democráticas. El plan inicial de los reformistas duros del régimen (Fraga, Areilza y compañía) era la ‘dictablanda’, una evolución muy lenta y controlada hacia la democracia. La dimisión de Nixon, el asesinato de Carrero Blanco, la revolución portuguesa y la movilización democrática, alimentada por las protestas sindicales, a su vez excitadas por la crisis del petróleo del 74, impusieron otro ritmo al final del franquismo. La ruptura era imposible. 

El Concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII con el objetivo de renovar a fondo la doctrina católica, supuso un viento de esperanza para iniciar un posible diálogo entre el marxismo y el catolicismo. ¿Qué queda hoy de esa batalla?

Hubo diálogo cristiano-marxista en los años setenta, con fuertes consecuencias políticas y culturales, algunas de las cuales aún hoy perduran. ¿Dónde se reunía la gente de Comisiones Obreras? En las parroquias. ¿Quién enviaba medicinas a la enfermería de la cárcel de Burgos para que las monjas pudiesen atender mejor a los presos enfermos? El monasterio benedictino de Montserrat. ¿Desde qué publicaciones se podían difundir las ideas progresistas? Desde las publicaciones de la Iglesia, no sometidas al mismo régimen de censura que la prensa comercial. El día que la policía de Barcelona tuvo que disolver a porrazos una manifestación de jóvenes sacerdotes que gritaban ‘libertad’ frente a la catedral (1966), el régimen supo que se le venía encima un serio problema. La Iglesia santificó a Franco y una Iglesia más joven socavó a Franco. La Iglesia por otra parte fue la gran animadora del resurgir del catalanismo. La Iglesia vasca amparaba al PNV y la primera reunión de ETA tuvo lugar en un seminario. No es poco. Nunca hay que menospreciar a la Iglesia católica. Tampoco ahora.

Cierras el libro diciendo que los surcos de los últimos ochenta años siguen abiertos. No vuelve el comunismo, pero sí los ecos del comunismo. No vuelve el nacionalcatolicismo, pero sí sus ecos. ¿Qué hay de ese mundo olvidado que describes en 'Aquí hemos venido a estudiar' en el presente político?

Escribí hace unos meses un artículo que se titulaba ‘Surcos y marcas’. En las últimas elecciones generales quedaron claros los surcos históricos de la política española y naufragaron algunas marcas, como Ciudadanos y Más País, dicho sea sin el ánimo de meterle a nadie el dedo en el ojo. ¿Cuáles son los surcos? Los ecos digitalizados del franquismo (Vox). Una derecha conservadora interesada por Europa, pero con fuertes reflejos defensivos y ansias de control del Estado (Partido Popular). El Partido Socialista Obrero Español, fundado en 1879. El surco del PCE y el PSUC, hoy de alguna manera reinterpretado por Unidas Podemos. El surco foral vasco-navarro. El surco del catalanismo, siempre con grandes peleas en su interior, a los años treinta me remito. El surco de los regionalismos fuertes, como el gallego, el valenciano y el canario. Y nos quedaría por averiguar qué queda del surco de la CNT; creo que el surco anarquista está hoy muy presente en amplias zonas de la sociedad española que han dejado de creer en la política, quizá sea el surco abstencionista. Una marca sin surco queda a merced de la pulsión aventurera de sus dirigentes. Albert Rivera no identificó bien el surco y se pegó una gran castaña.

”Si Podemos no atiende a los jóvenes puede convertirse en un espectro, puesto que los jóvenes pueden ser, de nuevo, los más perjudicados por esta crisis”

Hablando de surcos y encrucijadas... El pasado verano, durante las negociaciones para formar gobierno, abogaste porque Unidas Podemos aceptara la oferta del PSOE que limitaba su presencia en la ejecutiva. Hoy hay un Gobierno de Coalición con una presencia histórica de una fuerza de izquierdas y una mayor capacidad de influencia que no se hubiera logrado con la propuesta inicial...

Sigo creyendo que la repetición de elecciones fue un fenomenal error. La repetición de elecciones debilitó aún más la confianza de la gente en la política, desconfianza que en estos momentos alcanza proporciones muy considerables. Esa desafección social sobrevuela constantemente el escenario político y agudiza sus debilidades y contradicciones. El crecimiento de Vox surge de esa desafección. El actual Gobierno de coalición tiene poderosos enemigos. Me parece que esto está más claro que el agua. Es un Gobierno legítimo, fruto de la libre voluntad del Parlamento. Ese Gobierno, hoy obligado a hacer frente una gravísima situación histórica, cuenta con una mayoría parlamentaria de goma: una mayoría que se encoge cuando una votación no pone en riesgo la estabilidad del Ejecutivo, y que se expande cuando la estabilidad del Gobierno está en riesgo. Lo vimos durante el estado de alarma. No es fácil tumbar al actual Gobierno – han intentado tumbarle y van a seguir en el empeño-, pero una mayoría parlamentaria convertida en una permanente jaula de grillos puede tener efectos erosivos si no consigue transmitir al país una línea clara de actuación. La situación es grave. En estos momentos en España se acumulan al menos cinco crisis: una crisis sanitaria que está rebrotando peligrosamente, una crisis económica de diagnóstico insondable, crisis de reputación de la monarquía, crisis de reputación de los partidos políticos y crisis territorial, con proximidad de elecciones en Catalunya. Si el pasado martes 21 de julio, el Consejo Europeo hubiese fracasado en la aprobación del plan de recuperación, hoy estaríamos sumidos en una fenomenal depresión, en una peligrosa depresión colectiva. Afortunadamente, Europa ha respondido. Pero no caerá maná del cielo, ni veremos helicópteros lanzando billetes de cincuenta sobre las azoteas. El otoño será muy complicado. En este gravísimo contexto, hay que saber identificar el centro de gravedad: generar confianza y luchar por un horizonte creíble. Sinceramente, no creo que la Monarquía vaya a caer, ni creo que ese sea hoy el deseo de la mayoría de los españoles. No veo ninguna república en el horizonte, ni plurinacional, ni uninacional. El centro de la cuestión no está ahí. El centro de la cuestión está en la reconstrucción económica del país y en cómo se gestionan los 140.000 millones de los que dispondrá España para hacer frente a la crisis, gracias al programa europeo de recuperación. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuáles serán las prioridades? ¿Cómo se decidirán las prioridades? ¿Planes de industrialización o mantenimiento del actual modelo productivo? 140.000 millones es mucho dinero, por lo tanto habrá una gran lucha política por la definición de los programas y por su control político. Las bofetadas se van a oír hasta en Manila. El programa europeo estabiliza España en la medida que le puede dar un horizonte de recuperación, pero avivará la tensión política, aún más si cabe.

En lo que respecta a Podemos diría que esta formación política nació cómo respuesta a la crisis del 2008, haciéndose eco de la indignación de millones de jóvenes y de no pocos de sus padres. Ese ciclo se ha acabado y ahora empieza uno nuevo. La fuerza propulsora de Podemos fueron los jóvenes indignados por el hundimiento de expectativas durante la anterior crisis. ¿Qué pasará ahora? Si Podemos no atiende a los jóvenes puede convertirse en un espectro, puesto que los jóvenes pueden ser, de nuevo, los más perjudicados por esta crisis. Observo siempre en Podemos una gran pasión por la lucha ideológica. Quizá el país esté hoy saturado de luchas ideológicas. La prioridad es lo material, lo concreto, la ideación de un futuro posible, no la proclamación de un futuro utópico. En un ensayo titulado ‘Meditación del pueblo joven’, Ortega y Gasset escribió: “¡Argentinos, a las cosas!

Pues eso, a las cosas. Las cosas inteligibles y posibles. 

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