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Opinión

¿Es posible una oposición de ultraderecha?

Nunca hubo en este país nuestro un líder de la oposición tan incapaz de defender el caudal de electores que ha tenido y aún mantiene el Partido Popular, no sabemos por cuánto tiempo después de las debacles de Euskadi y Cataluña. Si sobre Pablo Casado pesaban las sombras acerca de su formación académica, con un máster regalado similar al de su excompañera Cifuentes, esa incapacidad para ganarse un título por su propio esfuerzo es equivalente a la que está ofreciendo para encabezar su partido. Tan lamentable fue el papel jugado por don Pablo como alumno universitario como el que está representando al frente de la oposición.

Entre los argumentos previsibles que podía dar el Partido Popular para justificar el desastre de sus siglas en Cataluña a favor de la extrema derecha, no estaba en la agenda –por falta de costumbre– ejercer la autocrítica que bien merecía tan rotundo varapalo. Ni mucho menos esperar la dimisión de su líder, al que bien podría haber acompañado la lideresa Arrimadas del partido naranja. Pero tampoco parecía predecible que Casado se pusiera mayestático y viniera a acusar a la sede de su partido de una suerte de mal fario, capaz de proyectar la sombra de la desdicha sobre su cabeza, por aquello del dinero negro que se contó sobre a sobre en sus despachos y sirvió a su vez para reformar Génova 13.

Por tanto, y también quizá porque hacer frente a la hipoteca que pesa sobre el edificio podría ser una cuestión peliaguda a la vista de los nublados derroteros electorales que se avizoran, lo que don Pablo hizo valer en su comparecencia es el desalojo de la sede –según ocurre ante algún siniestro– y su traslado a otro edificio donde no campe por sus respetos el fantasma de Bárcenas, cuyo máximo objetivo en su vida de presidario se centra en hacer astillas de sus viejo partido y promover todo aquello que pueda aportar a favor de una extrema derecha briosa ante el desgaste del Partido Popular. De momento, no faltan los que creen que a Bárcenas le queda partida por jugar a favor de Vox, en donde con toda seguridad ha puesto sus complacencias.

Estamos ante una derecha sin norte ni guía, contagiada por el virus de su pasado corrupto, incapaz de adaptarse a la derecha europea y excesivamente medrosa y acomplejada frente a los avances electorales de la extrema derecha, cuya influencia en alguna alta autoridad de la judicatura va pareja a la que podría darse en algunos mandos policiales, según un reciente comunicado de la Asociación Reformista de Policías tras la contundente represión de las manifestaciones en pro de la libertad de expresión. Nada que ver ese celo policial con la tolerancia que se dispensa a concentraciones de claro signo neonazi y xenófobo.

Para colmar esa desolación de programa y liderazgo, ni siquiera se perfila una personalidad capaz de aglutinar un partido de centro-derecha respetable. La carencia de este, como consecuencia de los pactos y contagios con Vox del PP y Ciudadanos, amenaza con la posibilidad de que la ultraderecha –visto su avance electoral a costa de la derecha y el independentismo unilateralista y excluyente en Cataluña– pueda llegar a ser el principal partido de la oposición. Imaginarlo duele en la memoria y oscurece el horizonte.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Miguel A. González Hernández

    21 de febrero de 2021 09:08 at 09:08

    La regeneración de la derecha para por el nacimiento de un partido que, al estilo europeo, ocupe ese espacio y sea antifascista. Pero esto no es sólo una cuestión de liderazgos, 40 años moviéndose en sentido contrario, hacen que el electorado de derechas carezca de esa convicción, por lo que la tarea no es que sea ardua, es simplemente imposible.

  2. LuisC

    21 de febrero de 2021 09:38 at 09:38

    De facto, y puesto que el trifachito ha dejado libre el centro-derecha (y prefiere gobernar conjuntamente siempre que puede), ese espacio lo está ocupando el PsoE. En Catalunya ha funcionado: el PSC crece exclusivamente con votos que antes fueron a C’s

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