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Opinión

Es tortura

Las mujeres que tenemos cierta presencia pública y que nos lanzamos a decir lo que pensamos, cómo no, pagamos también un extra por ello.

El patriarcado se nos lanza encima con toda su furia, dispuesto a desgastarnos y lograr, a hostias, que nos callemos la boca. Porque, como todas sabemos, estamos más guapas cuando la tenemos cerrada.

Acoso, insultos, menosprecios, amenazas y demás ataques son una constate para todas las que, de un modo u otro, simplemente opinamos, hablamos o decimos lo que creemos respecto a determinados temas.

Gorda, puta, zorra, sucia, enferma, tarada o loca son algunos de los términos utilizados. Siempre seguidos de la locución: “de mierda”, para que quede claro que damos mucho, pero que mucho asco.

También se estila bastante el decirnos que queremos que nos violen, pero para pena nuestra nadie nos viola.

Frases como: "no te toco ni con un palo" o "ya te gustaría que te pasase", son demasiado cotidianas cuando denunciamos agresiones sexuales.

Y dentro de esa frase queda claro que para demasiados hombres la violación es un premio. Un regalo que nos hacen. El regalo de forzarnos, penetrarnos, chuparnos, tocarnos y violentarnos, porque para eso es en realidad para lo que creen que existimos o estamos en el mundo.

El derecho internacional no contempla la tortura como forma de violencia machista, pese a que somos las dueñas de una violencia selectiva, sistemática y concreta.

Y eso tiene que ver precisamente con el patriarcado y con el hecho de que perro no come perro o al menos hasta ahora no ha gustado de probarlo.

¿Cómo puede no considerarse que los matrimonios forzados, la mutilación genital femenina, los feminicidios, las desapariciones, los desplazamientos forzados, la trata o la violencia en la pareja y la agresión sexual, sean formas de tortura contra nosotras?

Sencillamente, para el derecho en general y para el sistema heteropatriarcal, siempre hemos sido cosas de usar y tirar.

Es tortura. Y reconocerla como tal es una demanda necesaria si queremos poder dibujar un horizonte en el que pueda haber una igualdad real.

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