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Opinión

ESTE VERANO, QUÉDATE EN CASA. Callejo 13, una historia de dignidad y resiliencia.

“Este verano, quédate en casa” es el eslogan que utiliza la Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria (SAREB) en sus redes sociales.

Sin embargo, mañana 21 de julio, en plena ola de calor, con termómetros que alcanzan máximas de 42 grados en la capital y con algunos territorios de nuestro país confinados en sus domicilios como consecuencia de los rebrotes provocados por la COVID-19 y el resto del país pendiente de un posible confinamiento general, la SAREB quiere desahuciar a cuatro mujeres que llevan, desde el 2014, peleando por la regularización de su situación mediante la concesión de un alquiler social en las viviendas de la Calle Callejo nº 13, un edificio situado en Puente de Vallecas que, desde hace algunos años, rezuma dignidad.

La historia de Callejo es la historia de sus habitantes, de cuatro leonas a las que, hasta la fecha, se les ha negado el acceso a ejercer el derecho a la vivienda, y han tenido que ejercerlo por su cuenta. Pero también es la historia de los rescoldos del boom inmobiliario del 2008. El típico edificio para el que una constructora pide financiación, Caja Madrid, por supuesto, se la concede. Y años más tarde, como no podía ser de otra manera, la constructora quiebra y no puede devolver el préstamo.

Es entonces cuando en el año 2011, BANKIA inicia un procedimiento de ejecución hipotecaria que culmina con la adjudicación de las viviendas y el traspaso de esas viviendas a la SAREB, entidad creada en el año 2012 por Luis de Guindos, con un 45% de capital público y un préstamo de la Unión Europea por valor de más 50.000 millones de euros cuya finalidad es quedarse con todos esos “activos tóxicos” para después vendérselos a fondos buitre y SOCIMIS y “limpiar” así los balances de las entidades.
Hasta aquí, una operación especulativa, como otra cualquiera, a la que tanto nos han acostumbrado en estos últimos diez años. Pero como decía, la historia de Callejo es la historia de la resiliencia de sus vecinas, de Lotta, Victoria, Susana y Angélica.

Las cuatro llevan años tratando de negociar con la SAREB y los diferentes intermediarios que ha ido utilizando la entidad, para conseguir un alquiler social que regularice su situación. Las cuatro tienen a sus espaldas, una situación de precariedad que azota sus vidas. Las cuatro llevan años solicitando vivienda social a administraciones públicas que ni contestan, y en definitiva, las cuatro llevan agarrándose al derecho a la vida digna desde hace años.

Porque sí, el derecho a la vivienda es el derecho a la vida. Es el derecho a vivirla sin violencias, sin constantes injerencias en forma de cartas de desalojo, es la necesidad material de poder tener un espacio de seguridad y de reproducción. Un cobijo frente al frio en invierno y el calor en verano, un lugar que es, condición necesaria para garantizar la supervivencia. La primera barrera frente al maldito virus, como ha definido la ex Relatora de Vivienda de Naciones Unidas, Leilany Fahra en su último informe.

La pandemia nos ha enseñado a resignificar el valor de la vivienda, aunque para la SAREB sigan siendo cuatro meros activos tóxicos. Pero es que, en el caso de Callejo, esta re significación adquiere aún más fuerza al conocer que el pasado mes de mayo nació allí la pequeña Adelehin, hija de Angélica, o que a Victoria la intervinieron por quinta vez en una operación de corazón el pasado mes de junio por la que aún se encuentra convaleciente, de hecho está ingresada en el hospital, o que los únicos ingreso de Susana, una mamá con dos niñas a cargo, proceden de la Renta Mínima de Inserción, o que Lotta actualmente carece de ingresos y por tanto de capacidad para encontrar una vivienda alternativa, máxime teniendo en cuenta la burbuja de precios de los alquileres que padecemos en ciudades como Madrid.

La historia de Callejo 13, es la historia de estas cuatro, o más bien de estas siete mujeres, (también es la historia de las tres niñas) que han sido capaces de resistir a un proceso judicial con constantes amenazas de desalojo mientras tejían una comunidad a la que mañana quieren expulsar de su hogar, un vínculo de sororidad y apoyo entre cuatro mujeres bien distintas, de diferente etnia, edad y raza, una alianza de clase, que ha sido capaz de situar un problema privado y en principio, doméstico, y sacarlo a la esfera pública e incluso transformarlo en un problema político.

Porque no olvidemos, que al fin y al cabo, la resolución de este asunto, al igual que su origen, tiene una solución política que pasa conseguir la cesión de las viviendas de SAREB y por suspender todos los desahucios sin alternativa habitacional adecuada, ¿hasta cuándo? Pues el Comité de Derechos Económicos Sociales y Culturales lo tiene claro, hasta que haya una alternativa habitacional adecuada. Y yo creo que es de sentido común que se paralicen, al menos, hasta que haya vacuna. Sobre todo para poder seguir el cínico consejo de la SAREB y quedarnos en casa. Nos va la vida en ello.

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