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Cultura

Estopa: los últimos plebeyos de la música pop

A Antena 3, por ejemplo, le llamó tanto la atención el hecho de que vinieran de una fábrica que los llevó a esa misma fábrica para hacer un reportaje. ¡Trabajadores, personas humildes haciendo arte, qué cosa más exótica!

“Y escupiendo en escaparates caros…”

Vivimos la época del revival. En la música, el cine o los videojuegos son constantes las miradas hacia atrás que pretenden llevarnos a algún paisaje idealizado de nuestra infancia, juventud o, en definitiva, de cualquier tiempo pasado. Sin demasiadas dificultades podemos escuchar un recopilatorio de éxitos con algunas canciones inéditas de nuestro grupo de música favorito, divertirnos con nuestro juego favorito de la infancia pero con gráficos de última generación y ver la última e innecesaria secuela de nuestra saga cinematográfica favorita. No es un fenómeno exclusivo de la industria cultural: la nostalgia es inevitable en un mundo cambiante, sin perspectivas de futuro y atravesado por la incertidumbre. Que la disputa por el botón rojo de la Casa Blanca del imperio norteamericano en decadencia sea entre dos candidatos seniles como Trump y Biden es, quizá, la metáfora más tragicómica de nuestro tiempo.

Nadie escapa a la nostalgia y un grupo como los Estopa, que fueron la banda sonora de toda una generación, menos. El 18 de octubre del año pasado se cumplieron 20 años del lanzamiento de su primer disco, de título homónimo, con el que consiguieron vender más de un millón de copias; desde entonces ningún disco debut ha conseguido batir esa cifra y podemos pensar, atendiendo a la situación del CD, que nadie lo hará. Sin embargo, los hermanos Muñoz huyeron de manera plenamente consciente del clásico homenaje a la trayectoria, algo más propio de referentes acabados o artistas con crisis de inspiración. Al contrario, decidieron sacar un nuevo disco (un mismo 18 de octubre no por casualidad), Fuego, con el que lograron recuperar mayor protagonismo en la escena musical española que con los discos anteriores.

No es difícil imaginar a familias enteras canturreando juntas sus canciones delante de la televisión en el último especial de Navidad en TVE. Sin embargo, esto no estaba escrito en aquel 1999. Quizá los más jóvenes no lo recuerden, o directamente no lo sepan, ya que no lo vivieron, pero el arrollador recibimiento popular del debut de Estopa estuvo acompañado por otras miradas de sospecha. Pongámonos brevísimamente en situación: dos jóvenes de barrio, trabajadores de la SEAT y con una imagen propia de su realidad, entran sin permiso en un panorama musical tan pijo que cantar un par de palabrotas parecía un acto de transgresión sin precedentes. Lo cierto es que entre tanta gente guapa y bien hablada ellos destacaban, de ahí que muchos entrevistadores se dedicaran en aquellos primeros años frenéticos (de 1999 a 2002) a intentar que dijeran o hicieran algo “gracioso”; no llevaban el discurso aprendido y no fingían ser lo que no eran. Recordemos que en aquellos años arrancó la primera edición de Operación Triunfo, que supuso la homogenización total de lo que el rapero Toteking denominó tontipop.

Las trazas de realismo costumbrista tan presentes en los primeros discos, especialmente en Estopa y Destrangis, fueron vistas con malos ojos por algunos sectores. Hoy puede sonar naif tras la consolidación del rap como crónica urbana (fuera de los circuitos comerciales) o el éxito del reguetón con su lenguaje explícitamente sexual, pero en aquellos tiempos no era fácil colarse en la radiofórmula manteniendo una conexión evidente con “la calle”. Sin embargo, podríamos pensar que dicha conexión fue una de las claves de su éxito: por fin alguien hablaba de cosas presentes en la cotidianidad de la gente corriente, algunas de ellas escondidas, como la suciedad, debajo de la cama, como es el caso de las drogas. En España la música del barrio siempre serán el flamenco y la rumba. Lo resumieron Los Chichos, una referencia más que evidente, explicando que Los 40 Principales los vetaba por denunciar en las rumbas lo que les correspondía a los políticos.

Sin embargo, los Estopa nunca han hecho algo parecido a la “canción protesta”. Desde el primer momento se mojaron políticamente cuando tocaba, en entrevistas o declaraciones en los propios conciertos; han lanzado vivas a la clase obrera y al Che Guevara, se han solidarizado con luchas sociales y han cantado En la plaza de mi pueblo con el puño en alto; pero, más allá de algunos pequeños guiños muy concretos, como en Gafas de rosa, o las referencias sutiles a los maquis en Te vi, te vi, no se puede hablar en ningún caso de un grupo militante. Y, aún así, recibieron malas miradas.

Recuerdo una advertencia de algún maestro cuando, en la escuela, ufanos, nos pasábamos el primer casete: “esos tienen pinta de oler mal”. El clasismo adoptaba dos formas distintas. Esta última, más explícita, los despreciaba por no ajustarse a los cánones que se esperan de un artista (las pintas, el vocabulario y la propia actitud), pero la otra, más sutil, pretendía convertirlos en una caricatura: a Antena 3, por ejemplo, le llamó tanto la atención el hecho de que vinieran de una fábrica que los llevó a esa misma fábrica para hacer un reportaje. ¡Trabajadores, personas humildes haciendo arte, qué cosa más exótica!

Después de los vertiginosos primeros años regresaron en 2004 con ¿La calle es tuya? La portada ya era en sí una declaración de intenciones: salían de un bar botellín en mano. El disco, producido por la familia sabinera tras algunas desavenencias con el mítico Sergio Castillo, arrancaba con el single Fuente de energía, hablando de un tipo al que ya no se le levantaba, e incluía canciones en las que se reían de las críticas exageradas al consumo de marihuana, loaban al Lute y ponían música a la alienación capitalista y a Tiempos modernos de Chaplin. Después de esos primeros años hacia un territorio desconocido, mantenían los pies en el suelo, algo que pueden seguir diciendo a día de hoy, con la gira de Fuego todavía pendiente por las consecuencias del coronavirus. Es cierto que ese realismo costumbrista, esa mirada callejera, se fue perdiendo hacia reflexiones más introspectivas, pero como ellos mismos afirman en El libro de Estopa, se trata de un proceso honesto: siempre permanecerán fieles a sus orígenes, siguen despreciando todo aquello que engatusaría al nuevo rico, pero sus vidas son distintas.

La semana pasada, el 28 de junio, Día del Orgullo, subieron una foto a su perfil de Twitter que los convirtió en Trending Topic. La imagen consistía en una bandera arcoíris, pixelada, con la palabra Estopa escrita en una fuente cutre, ligeramente ladeada y descentrada. En aquella imagen, mitad en serio, mitad en broma, se concentraba la esencia que todavía hoy hace de Estopa un grupo especial: mientras infinidad de artistas dedican un número importante de horas a trabajar su perfil público desde el más primoroso y austero de los cuidados, ellos utilizan las redes sociales presumiblemente de la misma manera que las utilizarían si siguieran siendo esos trabajadores anónimos que llegaban a casa destrozados tras jornadas laborales de toda la noche.

Estopa nos ha regalado himnos de por vida a quienes en 1999 éramos niños o adolescentes. Han pasado 20 años desde aquellas actuaciones en Música Sí, pero cuando los volvemos a ver en la televisión, en las redes sociales o en un concierto los seguimos reconociendo. Hacer un repaso a la trayectoria en su conjunto siempre es difícil porque cada disco, cada canción, evoca situaciones, imágenes y sentimientos de una época concreta que, además, no volverá. Como decían los raperos Natos y Waor, quizá lo que echamos de menos no es lo que hacían antes nuestros artistas favoritos, sino a nosotros mismos.

Hay algunas lecciones que solo se pueden brindar en silencio y con la tranquilidad del paso del tiempo. Respeto eterno a quienes vienen de abajo y, aunque logran subir, no olvidan que el discurso del “si quieres, puedes” es una falacia que pretende enmascarar una desigualdad estructural de oportunidades.

Humildad, conciencia de clase y autenticidad. ¡Gracias Jose por no cortarte la coletilla que tanto disgustaba a los padres y a los maestros de la aséptica generación que nacimos en los 90!

 

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