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Política

Ética y política

Manuel Guerrero Boldó . Máster en Economía Internacional y Desarrollo e Investigador en el Departamento de Historia Contemporánea de la UCM

Los excesos de retórica y la apelación a la sensiblería del público han marcado una campaña electoral que podría resumirse en aquello de: “eso es lo que quiere el público”. Gran parte del público o del electorado madrileño, según se prefiera, lejos de reflexionar sobre si es esto lo que quiere o no tras décadas de vulgaridad y artificios, se ha mostrado doblemente motivado ante la falsa disyuntiva de “comunismo o libertad”.

Cualquier ciudadano que se preocupe mínimamente por la situación socioeconómica de la Comunidad de Madrid, se encontrará con datos tan escalofriantes como que el alquiler en Madrid ha subido el triple que los salarios desde 2008; que es la comunidad autónoma que menos invierte en Sanidad (solo dedica un 3,6% del PIB pese a ser la región más rica de España) ; está a la cola del gasto en servicios sociales, y lidera la segregación escolar en términos de clase en el ámbito educativo español, además de estar entre las que más lo hace en el mundo desarrollado. Podría citar unos cuántos índices vergonzantes más pero los considero una muestra lo suficientemente relevante para lo que nos ocupa.

Ante este panorama, la candidata que se autoproclama la principal defensora de la libertad, nos ha ofrecido alternativas tan atractivas como que “en Madrid el nivel adquisitivo es complejo [sic] porque se paga mucho, donde el precio de las viviendas lo es. Es una vida difícil pero apasionante, porque después de un día trabajando nos podemos ir a una terraza a tomarnos una cerveza”; o que “en Madrid puedes cambiar de pareja y no te la encuentras nunca más”.

El mayor problema de este tipo de aseveraciones ya no es, por ejemplo, la romantización evidente de la pobreza en el primer caso, sino que este pensamiento místico asumido y convertido en un sentido común, lleva a creer que el nivel adquisitivo y el precio de la vivienda son fenómenos meteorológicos que pueden combatirse con una caña. El vocabulario, por lo tanto, no es en sí el mejor pero lo que hay detrás es aún más preocupante.

Para una parte muy relevante del electorado de clase trabajadora, desde hace ya unos cuantos años, la apuesta por un conocimiento mínimo de su realidad material es una quimera. Sin entrar ahora a analizar las causas de este hecho por razones de espacio, podemos concluir que esto, hoy en día, se traduce en que lo relevante materialmente se ha sustituido por abstracciones y significantes flotantes como “comunismo o libertad” que seducen a no pocos trabajadores. Solo hay que echar un vistazo a los resultados de VOX, sumados a la jornada triunfal de Ayuso, en zonas como Alcorcón, Fuenlabrada, Móstoles o Torrejón sin ir más lejos, y que entroncan muy bien con el famoso lema del PP en la Comunidad de Madrid. Todo ello con una mayor participación electoral, rompiendo otro refugio moral más de la izquierda.

La batalla de las ideas es sumamente importante, pero el pensamiento de la izquierda ha de disputarla desde el materialismo, no abandonando su razón de ser. Y ante falsas disyuntivas y una ultraderecha de nuevo amenazante, “es el tiempo de la ética, es decir, ese en que el lenguaje se vuelve límpido y en que es posible usarlo incluso frente a los realistas”. [1].

Referencias citadas:

[1] Albert Camus, La noche de la verdad. Los artículos de Combat (1944-1947), Madrid, Debate, 2021, p.46.

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