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Cultura

Federico es mi país

Noelia Cortés | Pese al emocionante homenaje que ‘El Ministerio del Tiempo’ regaló el miércoles a Federico García Lorca, donde se podía escuchar a Camarón cantar sus versos, ésta ha sido una semana triste para su recuerdo.

 Resulta que las clases pudientes se están organizando para manifestarse en distintos puntos del país y protestar contra la gestión del Gobierno ante la pandemia. Resulta que lo están convocando los líderes de la derecha en pleno confinamiento y resulta que están saliendo con rojigualdas y aguiluchos de su España, mano en alto, saludo fascista mediante.

 No tuvieron otra idea, en uno de sus habituales guiños almuera la inteligencia, viva la muerte, que la de colocar su bandera en las manos de la estatua de Federico que está en la Plaza Santa Ana, en el Barrio de las Letras de Madrid. En las manos que están abiertas porque sostienen una alondra que siempre está a punto de alzar el vuelo por el cielo de Madrid que le cobijó en sus años de estudiante, lejos de su Granada. Ya sólo quedaba un paso para la humillación completa: fotografiar la estampa y compartirla con el mundo. Ahí está ese poeta vuestro, con la bandera en nombre de la cual le quitaron la vida; sabemos que os va a doler.

Seguramente ignoraban la funesta ironía: en el mismo lugar, en 1936, el Federico de carne y hueso, Santiago Ontañón y sus amigos, escucharon que estaban quemando el Teatro Español y se asomaron a la Plaza Santa Ana, donde descubrieron que en realidad ardía la iglesia de al lado, la Iglesia de San Ignacio. El poeta lo sintió como un presagio de lo que estaba por ocurrir, y se fue a casa, dejando allí a sus amigos y repitiendo con nerviosismo: pobreticos obreros, pobreticos los obreros. La plaza que lo vio aterrorizarse por la intuición del inminente golpe de estado y las represalias que sufriría la clase obrera ha sido testigo esta semana de una amenaza estéril que pretende advertir de intenciones similares, y que se bifurca en dos crueles caminos: el de pretender que sintamos nuestra esa bandera que sólo utilizan para ilustrar sus valores fascistas, y el de sacar a debate, junto a la fotografía de su hazaña, la afirmación de que Federico no era en realidad de izquierdas.

 ¡Que te maten por tus ideas, y hasta tus ideas te las quiten! A un hombre que firmaba manifiestos como Asociación de Amigos de la Unión Soviética, que fue denunciado por criticar a la Guardia Civil Española en su trato racista al pueblo gitano y que se declaraba “partidario de los pobres”, le quieren hacer yermo.

 Sé que hablo en nombre de muchas vidas y generaciones cuando digo que, en la búsqueda de nuestro patriotismo, Federico es un pájaro y un amigo. Una silueta en la que adivinamos un país del que hablar a todo el mundo, un país al que escribirle y un país donde nombrarnos. Recuerdo que veía las fotografías de los alcaldes en sus despachos, con el retrato del monarca presidiendo las paredes, y mi cabeza se iba al mismo lugar: Ojalá a los maestros de los colegios públicos les diera por cambiar esos retratos monárquicos de las aulas por una imagen de Federico, ojalá los alcaldes hicieran lo mismo”.

 ¿Quién iba a poder argumentar en contra, una vez hecho? Los colegios y los ayuntamientos están al servicio del pueblo, como él siempre estuvo. Y los pequeños actos simbólicos pueden desencadenar un cambio en los espíritus. Entonces resuenan los ecos oscuros y me aterrizan en la lucha constante, la del día a día, donde a Federico lo mataron. Donde yo necesito becas para estudiar y contratos dignos de trabajo, donde me piden que me esfuerce para conseguir mis metas los mismos que nacieron con recursos económicos que mis padres no alcanzarán ni en 80 años llevando adelante el campo.

 Aquí aparecen los Almeidas arrancando versos de Miguel Hernández del cementerio, los Casados llamando carcas a los que buscan en fosas a sus abuelos y los Ortega Smith difamando a las 13 Rosas, mientras te demandan que adoptes su concepto de patriotismo si no quieres ser un necio que sigue dividiendo el país en dos bandos.

 Al ver al pobre Federico con esa bandera siento la necesidad de gritar que la España de algunos está en los versos que recuerdan de memoria, en las historias que contaban sus abuelas, en los paisajes y en la música que los han acompañado. En las condiciones laborales dignas conseguidas en luchas y asambleas. No todos nos podemos permitir el lujo de encontrar el orgullo patriota en los símbolos oficiales: es difícil sentirte seguro ante La Legión si a las mujeres, hace menos de cien años, les rapaban la cabeza y las paseaban por el pueblo las fuerzas militares a modo de humillación y castigo hacia sus ideas republicanas.

 Es lícito que no te interese el discurso de un rey cuya presencia no has votado, y menos si a tus abuelos les dieron latigazos, prisión o muerte por mostrarse contrarios a que hubiera rey alguno. Nada de esto te convierte en menos español: esos versos también son españoles, y conseguir condiciones laborales dignas para tu país es quererlo de verdad. Nuestra España no es la que limpia el apellido Vallejo-Nájera, sino la que recuerda a todos aquellos presos rojos que ponían en jaque sus valores eugenésicos de la gran raza española, y a todas las madres que buscan a sus niños robados por culpa de este señor.

 Me gusta soñar un futuro donde el día de la hispanidad se celebre el 5 de junio, cuando Federico vino al mundo. El poeta español más universal, el que amaba tanto España que escribió sobre sus gentes perseguidas, su pobreza y sus campos, firmó manifiestos por sus libertades y acercó el teatro a los pueblos con La Barraca.

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