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Cultura

First Dates: realities y clase social

La cita de Marcos y Sophie fue perfecta. Quedar con alguien que no conoces de nada siempre resulta un poco incómodo, pero ellos lo llevaron bastante bien. Se escucharon el uno al otro, pusieron interés en intentar conocer a la otra persona y contaron cosas sobre sí mismos que para ellos eran importantes. Marcos dijo que era un chico trans que había comenzado hacía poco su tratamiento hormonal y Sophie que había nacido con características de ambos sexos pero le habían asignado el masculino, con el que no se identificaba. Se notaba bastante conexión entre ellos, casi parecía que las treinta y dos cámaras que grababan todos sus movimientos y los dos millones de personas que íbamos a ver su encuentro no existíamos.

La cita de Marcos y Sophie rompió todos los récords de audiencia de First Dates. El programa solo llevaba unos meses en antena, pero hasta entonces nunca había conseguido una cuota de pantalla tan alta. El impacto en las redes sociales también fue bastante elevado, especialmente en tuiter. El hashtag del programa se llenó de tuits que comentaban la cita, muchos de ellos con felicitaciones por el tratamiento que se le había dado. Es probable que una buena parte de la audiencia descubriera lo que era la intersexualidad en aquel momento, pero el programa no lo trató como algo extraño o anecdótico. No hubo morbo ni fetichización. Simplemente vimos a un chico y una chica teniendo una cita.

La naturalidad en el tratamiento de distintas formas de vivir el cuerpo, los deseos y los afectos ha sido una de las marcas distintivas de First Dates desde sus inicios. En un mundo donde la representación que hace el cine y la televisión de todo lo que se salga de la norma está sujeta con frecuencia a fuertes dosis de violencia simbólica, ver que las personas trans o intersexuales no son tratadas como meros estereotipos resulta un alivio. La representación no lo es todo  -como decía la escritora trans Jen Richards en el documental Disclosure, vale de poco si no existen políticas que aseguren las condiciones materiales de esos colectivos-, pero es importante. Sin ella, es mucho más difícil hacer frente a la violencia material.

Esta representación positiva de colectivos vulnerables ha sido uno de los aspectos que ha colocado a First Dates dentro de un nuevo tipo de realities que buscan un tratamiento diferente de los contenidos. Otro ejemplo sería The Undateables, que, a pesar de su terrorífico título, trata con bastante sensibilidad la búsqueda de pareja en personas con diversidad funcional. Por el contrario, la mayoría de realities de citas han evitado incluir a personas que se saliesen lo más mínimo de la norma y, cuando lo han hecho, ha sido con un tratamiento bastante negativo. Mujeres, hombre y viceversa, Granjero busca esposa, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Love is Blind son solo algunos ejemplos de programas que, en el mejor de los casos, han tratado todo lo que se salía de la norma como algo meramente anécdotico y en el peor lo han explotado hasta el bochorno, como sucedió con el único concursante bisexual de Love is Blind.

Pero además, First Dates ha buscado una relación diferente entre el espectador y los concursantes. A diferencia de otros realities de citas, no se explotan los comportamientos extraños, ridículos, sexuales o violentos de los participantes, sino su normalidad. No hay comentarios de la presentadora que ridiculicen el poco bagaje cultural de los participantes, como en Mujeres, hombres y viceversa, y el montaje no incide en las imágenes de peleas o de abuso de alcohol, como en Love is Blind. First Dates busca que el público empatice con los concursantes, que los vea como personas corrientes. Su mensaje no es “eres mejor que este idiota”, sino “este podrías ser tú”, “esta podría ser tu próxima cita de Tinder”.

Pero aquí es donde las cosas empiezan a chirriar. ¿Realmente podría ser cualquiera? Si tenemos en cuenta la clase social, la respuesta es no. Los ricos no concursan en los realities. Basta echar un vistazo a los diferentes tipos de realities que se han emitido en los últimos años para darnos cuenta de lo difícil que es encontrar concursantes que no procedan de la clase trabajadora. No recuerdo a ningún concursante de Gran Hermano, Mujeres, hombres y viceversa, Confianza ciega o Hermano mayor que viniese de una familia de pasta. Tampoco de La casa de tu vida, Gandía Shore o cualquier otro de las decenas de realities que hemos visto. Es posible que haya alguno que no recuerde, al fin y al cabo los ricos siempre han tenido algún que otro hijo díscolo que hace turismo de clase, pero son una excepción. First Dates ha mostrado una diversidad de cuerpos, deseos y afectos que no hay en otros realities, y eso está bien, pero ha tropezado con la clase social. Podemos apuntar una primera razón: los ricos no venden su tiempo y su imagen tan barato. La remuneración de los realities, que en el caso de First Dates son cien euros, no les merece la pena, y, como hacen con el resto de trabajos mal pagados, se los dejan a los pobres. Si lo piensas un poco, cien euros por un montón de horas de viaje y grabación y por la cesión de tu imagen es una cantidad ridícula, pero para alguien de clase trabajadora supone la compra de la semana o las facturas del mes.

Es cierto que también hay realities protagonizados por ricos, pero suelen tener unas características diferentes, bien porque el formato les permite mantener su posición de poder, como sucedió con Trump en The Apprentice; o bien porque solo aparecen ellos o gente como ellos y no tienen que mezclarse, como en Esposas de Beverly Hills o en Las Kardashians. Además, los ricos que aparecen en estos realities no dejan de ser de un tipo muy concreto: generalmente personas con poca cultura, con puestos que no son de mucha responsabilidad y que han construido un personaje público polémico. Por otro lado, la forma en que los ricos rentabilizan estas apariciones es muy diferente a como lo hacen los pobres, baste como ejemplo el clan Kardashian.

Pero además, las productoras no solo se valen del dinero para encontrar participantes, sino también de otro concepto muy de moda últimamente entre los explotadores: vivir una experiencia. La mayoría de los concursantes de First Dates no consideran que van a trabajar, sino a vivir la experiencia de conocer un plató de televisión, hablar con Carlos Sobera y salir en un programa que seguramente ven a menudo. Eso es lo mejor que le puede suceder a un empresario: convencerte de que en realidad no estás trabajando para él, sino haciendo algo que te beneficia a ti, como divertirte, desarrollar tu talento o labrarte un futuro. Si consigue colarte eso, se puede permitir incluso no pagarte. De hecho, se puede permitir darle la vuelta a las cosas hasta tal punto que eres tú el que tienes que estar agradecido porque te hayan dado esa oportunidad.

Estoy convencida además de que mucha de la gente que participa en First Dates cree sinceramente que el programa le puede servir para encontrar pareja. No es que esta gente sea ingenua, esa es la forma en que el programa se anuncia y lo que su directora ha repetido una y otra vez en diferentes entrevistas. Siempre que un medio le pregunta, Yolanda Martín defiende que el programa selecciona a los candidatos para que sean compatibles entre sí, que los participantes no reciben ningún tipo de indicación sobre cómo debe ser la cita y que el objetivo es crear el mayor número de parejas posible. En una de las entrevistas afirma incluso que son como Meetic pero en programa de televisión. Esto en realidad no es cierto: el único objetivo de todo programa de televisión, al menos en las cadenas privadas, es tener la mayor audiencia posible para generar los máximos beneficios posibles. Si la audiencia cae, el programa se cancela. Es verdad que los concursantes no reciben indicaciones -al menos no actualmente, en los primeros años del programa sí les iban dando instrucciones por Whatsapp mientras se desarrollaba la cita- y que es posible que la intención del programa sea que las citas sean lo más parecidas posibles a la realidad, pero eso es solo la fórmula que utiliza el programa para captar nuestra atención. Es el medio, no el fin. En realidad, la comparación con Meetic es bastante acertada: una aplicación que pertenece a la multinacional que posee también Tinder, OkCupid y Match y que hace dinero vendiendo nuestros datos mientras nos hace creer que sirve para encontrar pareja. Empresarios que se hacen millonarios a nuestra costa fingiendo que nos hacen un favor. Lo de siempre.

El sesgo de clase de los concursantes que participan en los realities es, además, el contrario del de los personajes de ficción. En las series y películas hay una enorme sobrerrepresentación de la clase alta y una constante normalización de sus hábitos y formas de vida. Normalmente, la clase trabajadora solo aparece en series y películas que tratan sobre problemas sociales, conflictos laborales o marginalidad. Es decir, solo aparece asociada al conflicto. Los miembros de la clase alta aparecen como el sujeto universal, como el personaje tipo. Nosotros somos el otro.

En realidad, ambas cosas no se contradicen. La producción cultural está dominada por las clases altas, y cuando crean ficción, reflejan su forma de vida, que ellos tratan como la norma, como lo universal. Pero cuando crean realities, buscan justamente reflejar al otro, las conductas que resultan llamativas por diferentes motivos, ya sea por su morbo sexual, como en La isla de las tentaciones; por su violencia, como en Hermano Mayor o por reflejar una forma de vida considerada curiosa, como Granjero busca esposa. Los montajes de los realities suelen abusar de las imágenes en los que los participantes aparecen con comportamientos ridículos, violentos o eróticos porque el enfoque no deja de ser el del antropólogo del siglo XIX en la colonia, el del niño rico que un día decide darse una vuelta por el extrarradio, el de un turista en un poblado masai.

First Dates ha optado por un enfoque distinto, que busca más la empatía que el morbo en el espectador, pero ese morbo no deja de estar ausente del todo. Se trata de un morbo rebajado, cuqui, mucho menos cruel con los participantes que el de otros realities, pero que sigue estando presente. Al fin y al cabo, el programa nos hace presenciar un acto de intimidad entre dos personas y nos invita a juzgarlo, a apostar si los participantes van a ser rechazados o no y a valorar los criterios que guían la atracción hacia otra persona. Si además tenemos en cuenta que a las personas que estamos viendo y juzgando pertenecen a la clase trabajadora y a colectivos vulnerables, todo resulta bastante retorcido.

No quiero presentar a los participantes de los realities como meras víctimas, seguramente la mayor parte de ellos lo haya pasado bien y haya tenido una experiencia positiva. Pero tampoco se debe presentar como un mero acto de libertad individual, no cuando hay gente ganando mucha pasta con ello y cuando esa pasta va siempre a los mismos bolsillos. De hecho, muchos de los concursantes de realities son conscientes de que se trata de una relación laboral y lo utilizan como forma de conseguir otros trabajos. Muchos participantes de Mujeres, hombres y viceversa, por ejemplo, utilizan el programa como una forma de subir su caché en trabajos de relaciones públicas en discotecas y los de Gran Hermano como una forma de dar el salto a un puesto de tertuliano en un programa del corazón. Por supuesto, no todos lo consiguen: como en cualquier otro trabajo con una fuerte competencia y una fuerte exposición pública, es más fácil acabar como un juguete roto que con un puesto que valga la pena. Pero ahí está el discurso aspiracional para engrasar la maquinaria: no todos lo consiguen, pero tú puedes ser uno de ellos.

Tampoco creo que haya que culpar a los espectadores de estos programas o pensar que son idiotas por tragarse ese tipo de contenidos -además de que sería bastante hipócrita, yo también he visto muchos de ellos-. Es innegable que los realities enganchan y resultan entretenidos, y tampoco son más horribles políticamente que la mayor parte de los productos culturales que se generan. Creo que es mucho más útil poner el foco en el otro lado, en la gente que se está llevando la pasta gracias a la explotación de las personas que participan en esos programas. Y creo que es útil hacer eso porque una buena parte de la explotación que sufrimos en las relaciones laborales se basa en que creamos los postulados ideológicos que la sustentan. En que nos creamos sus mentiras. Si yo creo que está bien trabajar por vivir una experiencia o que la visibilidad es una buena forma de remuneración, es mucho más probable que acepte grados de explotación elevados que si tengo claro que eso solo es una mentira para que trabaje gratis. Por supuesto, saber esto es solo un primer paso, para lograr unas condiciones de trabajo dignas se necesitan muchos más, pero sin él es difícil dar los siguientes. Mostrar el andamiaje que sustenta la explotación no es mucho, pero quizá algún día sirva.

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