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El Megáfono

Fundamentalismo constitucional

Con razón se han destacado las clamorosas omisiones del reciente discurso del Rey. Pero algunos de sus mimbres han pasado desapercibidos.

Este tipo de discursos institucionales, ya se sabe, exponen poco más que un conjunto de tópicos, es decir, esos nudos que definen y articulan el 'sentido común'. Y es importante explicitarlos para, también, poder debatir con ellos. Estos 'lugares comunes' marcan lo admitido y lo excluido por el juego político ordinario. Y el discurso del monarca incluía, en su trasfondo, un peculiar fundamentalismo constitucional que hay que rebatir.

En la parte final de su alocución Felipe VI dijo lo siguiente: "Una Constitución que todos tenemos el deber de respetar; y que en nuestros días, es el fundamento de nuestra convivencia social y política; y que representa, en nuestra historia, un éxito de y para la democracia y la libertad".

Afirmar que la Constitución del 78 es un fundamento implica sostener que es un documento inamovible, asentado y fijado de una vez para siempre. Pero en un contexto democrático una Constitución nunca puede convertirse en algo así.

La Constitución vigente fue la cristalización de un peculiar proceso constituyente en el que se alcanzó un pacto contingente. Pero no es algo definitivo. No es una losa que tengan que soportar para siempre las siguientes generaciones (especialmente las que no pudieron ni ratificarla ni rechazarla y que hoy integran, cuantitativamente, la mayoría del cuerpo electoral).

En democracia, bajo el principio de la soberanía popular, la Constitución es un armazón jurídico tan imprescindible como revocable, disputable. Negarlo, convirtiéndola en un fundamento fijo y definitivo, es, precisamente, pretender clausurar la democracia atándola indebidamente a algo inalterable.

Que desde la monarquía se promueva un fundamentalismo constitucional es una prueba más del déficit democrático de esta institución, fatalmente destinada a evitar, por miedo a que le sea desfavorable, el veredicto de la soberanía popular. La monarquía depende del Régimen del 78 y se agarra a él como a un clavo ardiendo (especialmente a su versión más reaccionaria, ligada a los distintos elementos de continuidad con la Dictadura: la Iglesia católica, el Ejército, una clase empresarial de privilegiados, los medios de comunicación conservadores, etc.).

El pacto constitucional del pasado no elimina ni suprime los pactos futuros. Salvo, desde luego, para un fundamentalismo constitucional incompatible con una genuina democracia. Y esto, implícitamente, estaba surcando el conjunto del mensaje navideño del heredero de Juan Carlos I.

Se dibuja aquí una de las tareas de la década que está empezando: ir tejiendo, con paciencia, empeño y perseverancia, los mimbres de una República Federal.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. J7

    3 de enero de 2021 15:28 at 15:28

    Los del 78 juntos con los del 39 se quedaron con la llave de la constitución y con muchas cosas más. La administran con sus afines del gran capital, pero no con el ciudadano. A esto les gusta llamar democracia. Pues vale…

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