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Opinión

Guía del Madrid de La Movida: adiós a los prejuicios

Movida madriñela

Por Mariano Muniesa.

La “movida madrileña”... ¿habrá un tópico más manoseado, tergiversado, acaparado y patrimonializado por ciertas supuestas élites culturales que todo lo que se vivió en la capital del estado entre mediados de los años 70 y los 80 del siglo pasado? Si existiera, difícilmente podría encontrarse.

Por ello, saludo con gran satisfacción la publicación de esta “Guía del Madrid de la Movida”, porque sus autores, tras muchos, muchísimos años de convivencia con un discurso sociopolítico y mediático que hizo un reduccionismo sectario e interesado de todo lo que significó aquel fenómeno, han hecho en este libro, quizá por primera vez en 40 años, un documento que a través de un completo viaje por todo el paisaje urbano madrileño, por todos sus barrios, locales, salas de conciertos, emisoras de radio, tiendas de discos, etc. dibuja con trazo y rasgos firmes un retrato no exento de una cierta y comprensible nostalgia de lo que fue la movida madrileña, pero que en esta ocasión no reproduce el relato encorsetado y parcial que desde medios como la Radio 3 de los 80 o el diario El País se impuso acerca de lo que fue este fenómeno por motivos políticos.

Al contrario: Patricia Godes y Jesús Ordovás han hecho, ayudados por un amplio elenco de colaboradores, una exhaustiva investigación de todos los lugares clave de la movida, con algunos fallos y lagunas que es inevitable señalar, sin duda, pero ya no movidos por un ánimo deliberado de invisibilizar o censurar aquellas manifestaciones culturales, expresiones, estéticas o lenguajes que no eran aceptables para los “popes” de El País o Radio 3. En este libro, se recoge y se muestra todo lo que realmente fue la movida madrileña, que era obviamente mucho más que el “Penta”, Rock-Ola y el horror en el hipermercado, sin exclusiones e integrando todas esas manifestaciones marginadas en otros tiempos, felizmente lejanos ya.

La movida madrileña tuvo un componente muy importante de diversión, si se quiere, de hedonismo, de un sentimiento de libertad despreocupado, que quería obviamente marcar distancias con la generación inmediatamente anterior, marcada en gran medida por el compromiso político y la lucha contra el franquismo. Una parte importante – aunque no toda- de la primera generación que vivió su adolescencia o su juventud en un clima de cambio, de cierta libertad, creó una música, unas artes plásticas, una moda, en cierto modo se dio a sí misma una forma de vida que reflejaba el anhelo de libertad que se vivía en esos años. Y tras muchas décadas de represión, de oscuridad, de esa España rígida de toros, confesionario, televisión en blanco y negro y nacional-flamenquismo, frente a esa España básicamente casposa y aburrida, la movida trajo, por encima de todo, libertad, diversión y provocación. Esa era básicamente la movida de Pedro Almodóvar, de Paloma Chamorro, de Cesepe, de Paco Clavel, los Secretos, Nacha Pop, Gabinete Caligari o El Aviador Dro.

Pero al lado de esa movida, que fue convertida por los medios de comunicación en la “movida oficial”, existía otra movida menos hedonista, crítica con el sistema y con el discurso oficial, con otra estética, otro lenguaje y otra extracción social, básicamente obrera y proletaria, que además de querer romper con el pasado a base de diversión, también quería gritar su descontento, su rebeldía y su ira contra un Madrid que no era el de las clases acomodadas de donde venían Alaska o Mecano, sino contra el Madrid en el que ni las ratas podían vivir que vomitaba Rosendo Mercado al frente de Leño en 1979 desde Carabanchel.

Esa era la movida de Vallekas, San Blas, Villaverde, Usera, la movida de Asfalto, Cucharada, Topo, Ñu, Obús, del rock duro urbano, de los barrios de clase trabajadora, la movida que al ser contestataria, crítica, fue totalmente marginada de la versión oficial de la “movida madrileña”. En especial desde que el PSOE llegó al poder en 1982, en tanto en cuanto no quería ninguna clase de crítica o actitud reivindicativa desde la cultura, con el decidido apoyo de sus medios afines, desnaturalizó y vació de contenido todo el carácter transgresor que la movida tenía para convertirla en mero esteticismo, dándole una pátina supuestamente progresista pero reduciéndola en esencia a un fenómeno desideologizado, en el que lo más importante era ser un bote de Colón y salir anunciado en la televisión o maquillarse sombra aquí, sombra allá.

Por supuesto, toda disidencia de este discurso conllevaba el silencio y/o la censura, como le ocurrió a Javier Krahe cuando la dirección de TVE ordenó suprimir en el especial de televisión dedicado a la grabación del disco en directo de Joaquín Sabina y Viceversa en 1986 la interpretación del siempre cáustico cantautor cuando cantó su célebre “Cuervo ingenuo”, irónica e inteligente diatriba musical contra Felipe González y su cambio de chaqueta sobre la OTAN.

Todo lo que se excluyó de la movida oficial, por fin es puesto en valor, recuperado y reconocido en este libro. Del Barrio de las Letras a Prosperidad, de Chueca a Carabanchel o de Tetúan a La Elipa, todos los lugares en los que se generó en Madrid la cultura rompedora que caracterizó la movida aparecen en este libro, en el que por fin se habla con el mismo respeto, afecto y objetividad tanto de La Vía Láctea o Cock como de La Coquette, la sala Canciller, MM o el Nueva Visión. De Libertad 8 y de la discoteca Argentina. De la Sala El Sol y del Hebe de Vallekas. Todo ello acompañado de un excelente material fotográfico que proporciona a este libro un carácter de verdadero documento histórico y que en buena medida pertenece al archivo de uno de los fotógrafos más reputados del mundo de la música: Domingo J.Casas.

Como dije al principio, hay algunas omisiones que espero sean resueltas en futuras ediciones: si se menciona a los cines Alphaville, hay que mencionar el mítico cinestudio Covadonga, sala madrileña donde todas las películas relacionadas con el rock se exhibieron durante tantos años, al igual que si se habla de Record Runner, hay que hablar de Discos Melocotón, verdadero templo del coleccionismo discográfico, la Discoteca Osiris de Argüelles o en Lavapiés, el Pub “El Buscón”. O el legendario chalet instalado en el patio interior del edificio de la calle Diego de León 47, sede de Radio Juventud de Madrid / Radio Cadena Española, desde donde se emitía, entre otros muchos magníficos programas, “El Búho Musical” de Paco Pérez Bryan.

En cualquier caso, me felicito por el hecho de que dos grandes del periodismo musical como mi compañera Patricia Godes, con quien compartí micrófonos, cascos e ilusiones en la frustrada emisora de radio M21 entre 2017 y 2018 y Jesús Ordovás, del que siempre guardo su ya antiguo pero para mí siempre extraordinario libro “El rock ácido de California”, texto referencial para mi a la hora de conocer los sonidos del rock americano, hayan hecho un libro sobre la movida que por primera vez la muestra tal y como fue, sin exclusiones ni discriminaciones. Era necesario hacer esta labor. Debió haberse hecho seguramente hace bastantes años. Pero nunca es tarde cuando llega.

Es conocido que cuando volvamos a una cierta normalidad y se supere la pandemia que nos azota, existe un proyecto por parte de la Comunidad de Madrid para crear un “Museo de la Movida”. Pienso sinceramente que este libro podría ser un modelo muy válido para que ese museo recoja todas las expresiones que la movida tuvo y se conozca en toda su dimensión, no como la vendieron los medios plegados al poder político en los años 80. Si para entonces está usted aún como consejera de cultura, Sra. Rivera de la Cruz, le aconsejo que tome buena nota.

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