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Cultura

Hip hop. Y la cultura brotó donde no había nada (Parte I)

El centro de Londres bulle de actividad, las luces de neón y las pantallas gigantes nos recuerdan de forma permanente que el capitalismo es maravilloso y el más colorido de los sistemas posibles. En el epicentro mismo de Piccadilly Circus se ha formado un enorme círculo donde la gente se arremolina y apelotona para poder ver –y en muchos casos grabar con el móvil– el espectáculo: la música atruena mientras un grupo de jóvenes atléticos hacen todo tipo de acrobacias, piruetas y giros imposibles sobre el liso hormigón. Después los jóvenes pasarán la gorra y los turistas les darán unas monedas. La misma escena, jóvenes bailando break-dance a cambio de unas monedas, la podemos encontrar en cualquier gran urbe occidental, de París a Sidney pasando por Berlín y Barcelona. El break-dance es un baile universal, muchos de sus pasos los podemos encontrar en los clips de «música urbana» que inundan nuestras televisiones y redes sociales. ¿Pero cómo se ha llegado a esto? Tenemos que retroceder en el tiempo, a principios de los años 70, a los barrios de Nueva York.

El Bronx, Nueva York, 1973. Un bloque de edificios está ardiendo, será el primero de muchos. La ola de incendios que azota el Bronx parece no tener fin y se la conoció como la década del fuego. La crisis económica hace estragos y la pobreza se ceba con los más vulnerables: muchos incendian su casa para poder cobrar el seguro y empezar de cero. El paisaje es dantesco. Existen zonas del Bronx que parecen un país en guerra, edificios quemados, bloques semiderruidos, solares enormes llenos de basura y ratas y ausencia completa de servicios públicos, menguados hasta el extremo tras las sucesivas políticas de recortes. A ello hay que añadir el auge de la heroína, la droga que hace estragos en las zonas más desfavorecidas. Mientras la cocaína reporta estatus y es consumida por ejecutivos blancos que viven en una fiesta que parece no tener fin, la heroína, un opiáceo mucho más tóxico y mucho más adictivo, devasta sin piedad a las comunidades más pobres, especialmente la afroamericana y la latina. Aumentan los delitos, la represión policial de corte racial y la sensación de inseguridad; si Manhattan se ha convertido en un enorme basurero lleno de chulos, prostitutas, camellos y garitos de dudosa reputación en donde atruena la música disco, el sur del Bronx nos ofrece paisajes más propios de un país subdesarrollado.

Surge también la violencia entre bandas, cuando no te sientes seguro y la vida vale tan poco, es natural juntarte con los tuyos, sean los de tu calle, los de tu barrio o los de tu raza. Proliferan infinidad de grupos que pelean entre sí por lo que siempre han peleado las bandas: el control de territorio. En un principio adoptan la estética de una de las bandas más famosas de la historia de los EE.UU, Los Ángeles del infierno. Los miembros de las bandas decoran sus cazadoras vaqueras (a las que les arrancan las mangas) con los estrambóticos nombres de las bandas. Visten como moteros pero no tienen motos, son pobres.

Mientras la guerra de bandas vive su momento más álgido, la crisis económica e inmobiliaria golpea con más fuerza y las drogas devastan comunidades enteras, un treintañero de origen jamaicano decide que es el momento idóneo para poner a la gente a bailar. La música disco vive su momento dorado, pero Studio 54, The Fun House y otros templos de la música no son para la gente pobre del sur del Bronx. Kool Herc inaugura las primeras block parties o sound systems, fiestas ilegales que se celebraban en los edificios abandonados y solares. Por 25 centavos para las Ladys y medio dólar para los Fellas (hablamos de agosto de 1973) puedes bailar desde las 21:00h hasta las 04:00h de la madrugada.

Lo más interesante, al margen de tratarse de un tipo de ocio completamente al margen de los circuitos comerciales, es la música que suena: mientras en las discotecas atruena la música disco que arrasa en las radios y listas de ventas (ritmos que serían la antesala del house, voces con falsetes y sintetizadores), los djs de estas block parties pinchan viejos discos de soul de los años 60. Pero no pinchan la canción entera, seleccionan el momento instrumental: ese instante de la canción en el que sólo se quedan los tambores de la batería y quizá el bajo. Ese trozo de la canción, ese break, es la bomba, ¿cómo podría hacer que se repitiera? Bien sencillo, teniendo dos copias del mismo disco y una mesa de mezclas: pones uno, pones otro (a tempo, que hay mucho dj inútil), de forma indefinida. La gente enloqueció. Nace la técnica conocida como Beat Juggling.

Los miembros de las bandas cambian su ropa vaquera de Ángel del infierno sin moto por ropa deportiva, el chándal Adidas se convierte en la pieza más molona y cotizada. También cambian las botas puntiagudas de cowboy por zapatillas Puma. Ahora, con la vestimenta apropiada (la ropa sería el principal vehículo de asimilación de la nueva cultura que estaba por nacer), pueden bailar: en estas fiestas ilegales surge el break dance. El dj estira el break hasta la eternidad mientras los jóvenes compiten sobre el hormigón con piruetas imposibles y acrobacias al ritmo de los tambores que atruenan por el equipo de sonido. Las antiguas bandas forman ahora grupos de baile y compiten entre sí por ver quien realiza el giro más pulido, el paso más espectacular. El aplauso y jaleo del público decidirá quienes son los ganadores de la noche. Los perdedores volverán a su barrio y entrenarán y ensayarán con más ahínco para, la semana que viene, resarcirse de la humillación.

A su vez, en este tipo de fiestas, confluyen y se reúnen también los escritores de graffiti que desde hace algún tiempo bombardean la ciudad con sus tags y decoran los vagones del metro; intercambian bocetos, estilos y técnicas. Se cuelan por las instalaciones, burlan a la policía y decoran el exterior de los vagones con coloridas piezas artísticas. El alcalde de Nueva York declara la guerra al graffiti y aumenta el presupuesto para seguridad y aumenta el número de perros policía (de cuatro patas me refiero) que sigan el rastro e intimiden a los escurridizos escritores del metro. Pero era imposible cogerlos a todos, había un ejército urbano de miles chavales que decidieron poner su nombre con un spray por toda la enorme red de metro de la ciudad de Nueva York, algunos incluso dedican sus piezas al alcalde Abrahan David "Abe" Beame, el demócrata que gobernó la ciudad de 1974 a 1977 y le tocó evitar que la ciudad más importante de EE.UU se declarara en bancarrota. «Para mí era una diversión, ir al metro, colarme, hacer mi arte y escapar. Y luego subir al estadio de los yankies, coger la cámara. Se acercaba el tren, caramba ahí viene ahí viene! ¿Cómo lo sabes? Porque he pintado mi nombre en el otro lado. Te acercas, tiras del freno de mano, sales corriendo y tomas la fotografía. Y tan chulos» (Delta). Los escritores del metro, pese a tratarse de una manifestación netamente individual, también se reúnen y organizan en grupos o crews.

La subcultura está ahí, con sus distintas manifestaciones (el DJing, el break dance y el graffiti), con sus códigos, su formas y peculiaridades. Ahora falta que sea subcultura para sí, que se reconozca, que tenga conciencia de sí misma: en 1975, un grupo de dj’s, activistas y antiguos miembros de la violenta banda Black Spades, fundan la Universal Zulu Nation, una organización que le pondrá nombre a la subcultura que acaba de nacer allí donde no había nada, únicamente desolación, crisis y una ciudad al borde de la bancarrota. Ven a bailar break en nuestras fiestas. Intégrate. Deja las bandas y la violencia y forma tu propia banda de break dance o escritores de graffiti. Las drogas son una mierda, hermano. No nos importa si eres blanco, negro o latino. Ven y desarrolla tu creatividad. Somos muchos. Acababa de nacer el hip hop, una cultura inequívocamente urbana y racializada y que, pese a su nacimiento al margen de cualquier circuito comercial, hoy es un fenómeno universal que mueve millones de dólares por todo el globo. Una nueva cultura creada por la gente de más abajo en la que había sitio para todo el mundo; los mejores escritores de graffiti del metro eran blancos, los grupos de break dance con las acrobacias y pasos más imposibles fueron formados por la comunidad latina (puertoriqueños principalmente) mientras que los negros fueron los mejores en el rap. Y a todo esto ¿y el rap? El rap tardaría todavía algunos años en hacer su entrada triunfal. Pero eso lo contaremos la semana que viene.

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